FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios a la crónica teatral de Manuel Gutierrez Nájera




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "En el centenario de Manuel Gutiérrez Nájera. -El teatro de su tiempo contado por él mismo.-El amor por las coristas españolas, francesas o italianas". Novedades, 1959. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



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Columna El Teatro

En el centenario de Manuel Gutiérrez Nájera. -El teatro de su tiempo contado por él mismo.-El amor por las coristas españolas, francesas o italianas

Armando de Maria y Campos

Se pierde en la oscuridad de los tiempos pasados la evidencia de que las cómicas trashumantes llegaban a las ciudades a representar... y a romper la paz de los hogares. La vida y costumbres de los cómicos, en los principios del teatro español, distaban mucho de ser ejemplares. Testimonio: el Viaje entretenido, de Agustín Rojas, impreso en 1603, pero escrito algunos años antes. Recogidos los actores de entre la parte del pueblo menos culta y morigerada, su escasa moralidad no redundaba ciertamente en provecho de las costumbres de los pueblos por donde pasaban. Las más altas autoridades, de Carlos V para abajo y hasta nuestro días, se han preocupado siempre por reducir a los cómicos, en particular a las cómicas y si es posible a los autores, a los cauces lícitos de una honestidad aparente... por lo menos. Durante mucho tiempo –¡siglos!– las cómicas debían ser mujeres casadas trabajar en las farándulas en que también actuasen sus maridos y tener permiso de éstos para poder hacerlo. Aún así, no faltaba joven, viejo verde o marido aburrido de tomar el mismo chocolate todas las noches, que no corriese alguna aventura con cómica guapa y generosa.

No debe extrañarnos que esto continuase ocurriendo en el México de las mocedades de Gutiérrez Nájera. La prostitución –¿por qué no decirlo?– no estaba reglamentada en México. Era clandestina. Durante mucho tiempo se identificó a las mujeres que otorgaban sus favores por dinero por el uso del castor lentejueloso, el corpiño bordado y las zapatillas de color verde o rojo. Es decir, lo que después fue la típica "china poblana". Fue preciso que una noche la actriz española María Cañete apareciera en el escenario del antiguo teatro de Nuevo México vestida de tal guisa, para que el público, después de un mutismo de estupor, empezase a reconocer que ese traje, por muy mexicano, lo podía usar cualquier mujer del país o extranjera, dejará de ser el uniforme de las mujeres galantes mexicanas.

La llegada de tierras lejanas de un equipo de mujeres, que representaban sobre la escena historias o aventuras de amor, muchas de ellas menos actrices que escrupulosas, incitaba la impaciencia de los jóvenes y exaltaba las reservas amatorias de los hombres maduros. Era de buen tono para todo caballerete que se estimase hacerse de una "amiga" corista o cosa así, y por eso apenas los carros de ferrocarril vaciaban en la estación de Buenavista su cargamento femenino, las "chicas" del coro –españolas, francesas o italianas– eran disputadas y tenían fácil acomodo. Las de más categoría lograban acomodo más categórico. Eso hizo exclamar a Gutiérrez Nájera, a raíz de la segunda visita de la compañía de ópera francesa de Mauricio Grau:

"La emoción que causa en los círculos galantes la llegada de una cuadrilla de bufas, no es precisamente una galantería para las mexicanas. Salen de aquí al encuentro de una parvada de coristas con el mismo entusiasmo de los corsarios que apresaron el navío de las cien vírgenes. La estampilla francesa puesta en cada una de ella, hace subir su precio fabulosamente. No hay que fiarse, sin embargo, de las estampillas, porque la mercancía suele estar averiada. Las mujeres que nuestro pollos de buena fe apellidan pomposamente parisienses, son como el agua de sidra que nos venden los almacenistas a cinco pesos botella con el nombre de champagne. Lo que pagamos es el nombre de fábrica, puesto con grandes letras de oro en una etiqueta que se ha impreso en México. Son como los tabacos de cierto amigo mío, que compra puros del 'Destino' y los condecora con la cinta roja de la legión de honor, esto es, con los anillos de los trabucos habaneros. Lo que yo extraño más, es que también incurren en el pecado de inocencia los hombres que han vivido en París algunos años. No habiendo tomado champaña en Inglaterra, el único país del mundo en donde se toma champaña, puede creerse a pie juntillas que la sidra es una gran bebida aristocrática. Pero los que han paseado algunas noches por el bulevar de los italianos y confunden a las coristas de la ópera con las grandes mujeres de París, no pueden alcanzar perdón del cielo. María Aimeé, por ejemplo, es una parisiense vieja, pero es una parisiense".

Gutiérrez Nájera conocía París de oídas o, mejor dicho, al través de lecturas. Sin embargo, se atrevía a dar consejos a sus contemporáneos: "Nuestros grandes calaveras –dice– han creído con la mayor bonhomie del universo, que tienen a sus órdenes una completa colección de damas parisienses. Esta es una equivocación lamentable". En seguida se pregunta: "¿Debemos confesar que la belleza es una mercancía muy rara en México?" Y continúa: "Si así fuera, comprenderíamos cómo hay hombres capaces de resistir cinco o seis horas eternas de ferrocarril, con el solo objeto de saludar primero que los otros a esa turba de 'ratas' de bastidores. Los que han llevado al cabo semejantes hazañas, pueden irse disponiendo para salir al encuentro de los indios que formaban el serrallo del indio Victorio".

No sabemos qué indio sería ese que en América podría darse el lujo de tener un "serrallo". Lo cierto es que no faltaban entonces "calaveras" que iban a recibir a las coristas a tres o cuatro horas de su llegada a México a caballo, en coches, en guayines...