FICHA TÉCNICA
Título obra Un millón en el aire
Notas de Título Make a million (título en el idioma original)
Autoría Norman Barasch y Carroll Moore
Notas de autoría Francisco Córdova / traducción
Dirección Enrique Rambal
Elenco Juan Verdaguer, Malú Gatica, Carlos Ancira, José Solé, Francisco Córdova (Pancho), Gerardo del Castillo, Josefina Leiner, Freddy Fernández, Mónica Serna
Escenografía Julio Prieto
Espacios teatrales Teatro Virginia Fábregas
Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Estreno de Un millón en el aire, en el teatro Fábregas". Novedades, 1959. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
Novedades
Columna El Teatro
Estreno de Un millón en el aire, en el teatro Fábregas
Armando de Maria y Campos
Para su segunda salida como actor de teatro eligió Verdaguer, el gran maquietista o caricato uruguayo, una comedia de origen norteamericano titulada Make a million, que significa en español Haz un millón pero que se creyó más conveniente nunciarla con el título de Un millón en el aire. Sus autores, Norman Barasch y Carroll Moore nada dicen al espectador mexicano, ni tampoco al crítico quien, como es natural, no puede estar enterado de la aparición de todas las medianías autorales que abastecen los teatros de todo el mundo cuyo único propósito consiste en divertir, teatros también llamados comerciales o de empresa.
Cada país que se precie de mantener un buen clima teatral ha contado siempre con este tipo de autores. En Francia se llama a las producciones de éstos pochade, término intraducible a menos que con mucha libertad se quiera utilizar el de bazofia. Los españoles llamaron a este género durante mucho tiempo "de sal gruesa", saladísimos de tanta sal en trozos que los autores usaron en su condimento. ¿Qué término merecen ya en los Estados Unidos esta clase de piezas que deben llenar de regocijo a los públicos bonachones del gran país vecino? Allá, cumplirán ampliamente su propósito, porque con evidente desenfado ponen en caricatura lo mismo a sus más ilustres gobernantes, que a sus soldados o marinos de cualquier graduación, que a sus mujeres y que a sus costumbres. Nada escapa a estos humoristas de brocha gorda o de sal gruesa. Acá de este lado, provocan la risa de quienes siguen paso a paso las costumbres de nuestro vecinos y comprenden su ingenua forma de divertirse. En el país del Norte, como en todos los grandes y populosos, hay varias clases de público, y habrá cientos de miles de espectadores que no se satisfagan con piezas del tipo de Make a million. Pero si a escena mexicana nos sirve platillos de esta clase, nuestro deber es juzgarlos considerando aquellos paladares... y también los nuestros.
En Haz un millón los autores ponen en solfa las vicisitudes por las que pasa un publicista y productor de un programa de televisión, patrocinado por un pintoresco fabricante de refrigeradores, programa que, para decirlo pronto y ahorrarle al lector inútil gimnasia mental, es algo así como "el programa de los 64,000 pesos" que ha hecho popular el grito de triunfo ¡Aurrerá! Una chica soltera va en los cien mil dólares cuando un desmayo frente a las cámaras descubre que va a ser madre y no sabe quién es el padre de su futuro hijo. El soldado John, dice. Los más altos jefes del ejército lo buscan y lo encuentran, y en esas peripecias transcurre la acción de la comedia. Por supuesto, la chica de Haz un millón no se casa con el soldado anónimo, pero el niño por nacer encontrará un padre en un antiguo novio de la chica que llega a buscarla desde un remoto poblacho. El publicista y productor y el patrocinador respiran, al fin, a sus anchas y cae el telón sin que en la escena hubiera ocurrido nada.
La traducción
La traducción del actor Francisco Córdova debe haber sido convenientemente adaptada a chistes de su propia cosecha, no obstante que habrá utilizado muchos de la comedia original. Pero al final de chistes, el público no ha reído lo suficiente como para estimar esta obra éxito de risa. Todo es alegre, pero todo forzado. Algún día llegará a gustar en México este teatro, como también gustaron en su tiempo las pochades francesas o las alegres comedias de sal gruesa españolas.
Con tan deleznable material el buen actor que Verdaguer se nos mostró en Blum, no aparece por ninguna escena. Está bien, cumple, provoca la risa por cuenta propia, pero en vez de dar un paso adelante se queda, por lo menos donde está. Lo mismo ocurre con la mayoría de los intérpretes de esta obra que tienen algún sitio en nuestros escenarios. Malú Gatica, Carlos Ancira, José Solé, Pancho Córdova o Gerardo del Castillo. La señorita Josefina Leiner, a la que fue repartido el papel de protagonista, todavía no comienza a enverdecer. Está menos que verde como actriz, posee bonita figura y tanta buena voluntad como simpatía. El popular galán de cine Freddy Fernández defrauda como actor de teatro no obstante su visible empeño por agradar. La señorita Mónica Serna, mal dirigida o peor aconsejada, sigue un camino a la inversa que el que la conduciría a convertirse en actriz.
La dirección de Enrique Rambal no logró mejorar la mediana calidad de esta comedia –en dos actos, cada uno dividido en dos cuadros–, no obstante el ritmo ágil que supo imprimirle. No es una mala dirección, por supuesto, pero dista mucho de corresponder al crédito que público y crítica le han abierto a este gran hombre de teatro.
La escenografía es de Julio Prieto. Sin embargo de que luce monumental, adolece de algunas fallas funcionales. La iluminación en escena, excelente. La eficacia de los efectos musicales, discutible. Al fin de cuentas vimos un espectáculo sano, divertido, bien interpretado, respetuosamente ensayado y montado con mucho decoro.