FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios a la crónica teatral de Manuel Gutierrez Nájera




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "En el centenario de Manuel Gutiérrez Nájera. -El teatro de su tiempo contado por él mismo.-Una crónica sobre Chavero, autor mexicano". Novedades, 1959. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Columna El Teatro

En el centenario de Manuel Gutiérrez Nájera. -El teatro de su tiempo contado por él mismo.-Una crónica sobre Chavero, autor mexicano

Armando de Maria y Campos

Gutiérrez Nájera, con mucha finura, pero muy efectivo, le señala a Alfredo Chavero imitaciones y parecidos y, después, lo elogia. Es ésta una crónica "entre azul y buenas noches", como se decía entonces y que equivale ahora a una de cal y otra de arena. Gutiérrez Nájera trata "con muchísimo respeto" a los autores del Siglo de Oro, tanto que a Lope de Vega le llama "señor" y con igual pleitesía a sus contemporáneos mayores en edad, saber y gobierno, aunque no en inspiración, fantasía y frivolidad.

"La traza y disposición de las escenas –continúa– tiene algún parecido con la que artificialmente emplea Tamayo en su Drama nuevo. La providencia, que en el drama español se llama Shakespeare, toma aquí el nombre de Villamediana. No se crea que hago cargos por esto al señor Chavero, la imitación está lejos de ser baja y servil: el modelo es muy bello y hay grande originalidad en el desenvolvimiento de la acción. Tamayo mismo, para escribir su Drama nuevo, debió inspirarse, y se inspiró probablemente en la escena de los farsantes en el Hamlet.

"Lo verdaderamente digno de alto encomio en el poema dramático del señor Chavero, es la acertada reconstrucción del medio social y de los personajes. Así, así, eran los corrales en que lucía Josefa Vaca su hermosura, y el señor Lope de Vega su ingenio peregrino; así eran los poetas cortesanos de aquel siglo; así era el autor de la compañía, y eran así los alguaciles y corchetes. Todo está dibujado con absoluta verdad y exquisito arte. Para escribir esos preciosos diálogos, en que la frase culta muestra su corpiño de seda y su chapín bordado; para hacer que estos personajes se movieran y hablaran, como debieron hablar y moverse; para presentar redivivos a esos grandes poetas, el señor Chavero necesitó sin duda alguna de grande estudio; fue preciso que, revolviendo códices, gacetas y librajos, adivinase el carácter real y positivo de cada uno de esos personajes que intervienen, por más o por menos, en la fábula dramática; y fue preciso que reconstruyese con el pensamiento ese mundo de poetas y farsantes que conocen tan poco y tan mal los graves historiadores españoles. Pero este largo estudio y esta prolija tarea, ¡oh discreto amigo! no la comprende el amodorrado espectador que va al teatro a hacer digestión. Reúna usted a don Rafael Angel de la Peña y a don Alejandro Arango y Escandón, a Pimentel y Altamirano, a Riva Palacio y al obispo Montes de Oca, lea usted su poema ante un concurso de eruditos y poetas, consulte luego su opinión, y estoy seguro que celebrarán a una las crujientes galas del lenguaje, lo oportuno y feliz de las ideas, la sencillez amable de la fábula y sobre todo la poderosa reconstrucción de aquella sociedad que hablaba en verso y se batía a la luz de los retablos."

No es obra de público. No la entenderá el pueblo espeso y municipal, que diría años más tarde Darío. El público de ayer, como el de antes de ayer, el de ahora, el de mañana y el de siempre prefiere en el teatro el conflicto puro –puro conflicto– y no exquisiteces literarias.

"Ese grueso comerciante que bosteza en su platea –comenta y sentencia Gutiérrez Nájera–, ese hortera ventrudo que apenas cabe en la butaca, ese joven prendido como dama, no conocen el mundo que usted evoca ni han vivido en comercio intelectual con los ingenios de esa corte estrepitosa. Usted les habla en griego o en hebreo: no le comprenden. Para ellos no hay más Alarcón que cierto escribiente de oficina; ni más Villamediana que cierto boletero de tranvías. La prosa culta que emplea usted en los diálogos y escenas, les parece el recitado de alguna ópera italiana. Dígales usted que así discurrían y tan enfáticamente hablaban los cortesanos de Felipe IV; pues no lo entenderán incuestionablemente. Quieren que el autor crispe sus nervios con una causa célebre, o aguardar con titilaciones sádicas el momento en que Giroflé muerde borracha los azahares de su corona y las hebillas de sus ligas. Déles usted enredos complicados que recuerden las angustias que padecen al desatar, antes de acostarse, la cinta de sus zapatos bajos; que la Señorita Rusquella se case en el último acto con Amato; que Delgado trepe por un estrecho caracol de palo para ir al tapanco de la cocinera; que Pedrito Servín desempeñe el papel de onisití y haga paseo de argollas en las bambalinas; pero que no diserte D. Juan Ruiz, que no satirice don Francisco Quevedo, que no maldiga deslenguado el pobre conde de Villamediana, ni se sigan los aplausos que tributa el auditorio al preclaro autor de La verdad sospechosa.

"Alguno me decía al oír Los amores de Alarcón, que esos poetas atrevidos y mordaces que insultan a la Gerónima y que sólo para eso sirven en la fábula, son personajes absolutamente inútiles, figuras decorativas y no más. Yo no juzgo así. Lo que el señor Chavero se propuso diseñar, no fueron precisamente los amoríos de nuestro Don Juan y la Gerónima, Este era nada más el elemento de pasión indispensable al drama; pero lo esencial era poner saliente y de relieve esa figura noble del poeta, desconocido, menospreciado de sus contemporáneos, hecho objeto de mofas y de befas; y para ello son absolutamente indispensables esos personajes que completan el cuadro, explican los sufrimientos de Alarcón, y personifican admirablemente la envidia, la mordacidad y la maledicencia".