FICHA TÉCNICA



Título obra Patate

Autoría Marcel Achard

Notas de autoría Carlos León / traductor; Antonio Haro Oliva / adaptador

Dirección José de Jesús Aceves

Elenco Guillermo Orea, Carlos Cores, Rosenda Monteros, Angelines Fernández, Mayra Dualde

Escenografía Antonio López Mancera

Espacios teatrales Teatro Milán

Eventos Festival Achard

Productores Antonio Haro Oliva / empresario




Título obra Todos eran mis hijos

Autoría Arthur Miller

Dirección Seki Sano

Elenco Virgina Manzano, José Elías Moreno, Wolf Ruvinskis, Adriana Roel




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Patate y Todos son nuestros hijos". Novedades, 1959. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Novedades

Columna El Teatro

Patate y Todos son nuestros hijos

Armando de Maria y Campos

El asunto de la tragedia grotesca de Achard no es nuevo en el teatro, salvo el tratamiento del mal de la adolescencia francesa contemporánea. La anécdota la constituye las rencillas entre dos amigos que lo son desde la escuela. León Rollo –Patate– y Noel Carradine. Un buenazo resentido, eso es Patate, envidioso de la buena suerte de su condiscípulo Carradine. León posee un secreto de juventud con el que puede desbaratar la magnífica situación económica de su amigo millonario por su casamiento con una gris mujer que aportó la riqueza. Bien; los dos se odian y se temen. Patate sablea sin misericordia a Carradine, que le da el dinero y lo desprecia. En un momento inesperado Carradine convierte en su amante a una hija adoptiva del pobre buenazo rencoroso, y éste que tiene la oportunidad en unas cartas que Carradine escribió a su amante adolescente con la imprevisión infantil, trata de humillarlo en forma pueril: que se le arrodille y le pida perdón. Carradine acepta la humillación, burlándose en el fondo del pobre amigo, se arrodilla y en ese instante aparecen la amante adolescente y las esposas de los dos, personajes falsos estos últimos; el de la adolescente a la medida de los que transitan por las novelitas pornográficas de la Sagan, de la Buenos días, tristeza.

Nada nuevo, repito, ni trascendente, salvo la formidable figura del personaje central Patate, que es el de un pobre hombre que sufre una inútil obsesión conmovedora, la de lograr humillar al poderoso que lo ha humillado toda la vida, y la muy bien trazada del amigo rico, ensoberbecido y malo de corazón. El espectáculo, pues, debe estar y está en la interpretación. El tipo Patate es trágico dentro de lo cómico, risible en lo trágico, pero humano, y su misión es hacer pensar al espectador y en determinados momentos hacerle sentir su honda, su grotesca tragedia. No tiene voluntad, no sirve para nada, y el hombre a quien más odia le arrebata la ilusión puesta en la hija adoptiva en una aventura verdaderamente vulgar. ¡Pobre Patate! En este caso, doblemente pobreteado porque no es interpretado por un actor con cuerda o resortes dramáticos. El excelente comediante que es Guillermo Orea hace de él un tipo cómico, a la medida de una Brillas o de un Ortiz de Pinedo, cuando en verdad lo que pide el tipo es un actor de corte y la hondura de Fernando Soler o, puestos más en la realidad operante, a un Miguel Manzano. Orea merece elogios por su excelente labor, bien entendido que el personaje lo anima al revés, probable o seguramente porque así lo vio, lo sintió y se lo puso el dinero José Aceves.

Carlos Cores da a la medida el tipo a él confiado. Lo dice y lo actúa con vertical severidad y con la frialdad que requiere quien todo en la vida lo ha hecho con el cerebro más que con el corazón. Interesante el tipo –no hay que confundir personaje con tipo–, de la adolescente precoz que fue confiado a Rosenda Monteros, joven actriz de voz frustrada y de inquieto temperamento. Físicamente da a medias el tipo (atendiéndonos a lo que de ella se dice en la obra), pero es de justicia reconocerle aciertos aislados, sobre todo en aquellos instantes en que no muestra la prematura podredumbre de su sentimiento. El resto de los personajes, las esposas de Patate y Carradine, son simple hechura de autor, sin humanidad ni emoción. Angelines Fernández está, como la esposa de Patate, en su sitio de buena actriz, no así Mayra Dualde, de origen argentino, nueva en nuestro escenarios y también como actriz, y por esto aún sin lugar en la escena.

La dirección de Aceves se limita a lo profesional. Muy "movida", en el primer acto, se asienta en los restantes, pero en término generales superficial y equivocado en el aire que debe soplar en escena.

No el aire del melodrama, no el aire de la comedia procaz, sino el suave y helado aire de una tragedia, de una tragedia grotesca.

La escenografía de Antonio López Mancera es una más de este escenógrafo. Una más, y no de las mejores.

Veinticuatro horas después asistimos al estreno formal del drama en tres actos de Arthur Miller Todos eran mis hijos, con un reparto excepcional dentro de lo que el cine y la televisión permiten ahora presentar en teatro: Virginia Manzano, José Elías Moreno, Wolf Ruvinskis... Dirección de Seki Sano. Todo esto es garantía para el público y seguridad de que espectadores y críticos estaremos ante un espectáculo de la mayor responsabilidad artística.

Arthur Miller no es un desconocido para el buen público de México. Arthur Miller es como se sabe uno de los mejores dramaturgos contemporáneos y el príncipe de éstos en Norteamérica. Para mí en lo particular la obra de Miller me despierta simpatía por un antecedente teatral que lo liga a México.

A principios de la década del 40 sometió a varios agentes teatrales su pieza dramática Moctezuma. El crítico John Gassner, quien tuvo la oportunidad de leer el libreto, asegura que en algunos aspectos este drama es superior a la producción posterior de Miller. Pero los productores norteamericanos movieron enérgicamente sus cabezas: "No. Imposible". ¿Por qué? –había de preguntar el nuevo dramaturgo. Los productores se asombraron de tanta ingenuidad. ¿A quién iba a interesar en Nueva York lo que le ocurrió a un tipo en México con el nombre de Moctezuma, hace ya tantos siglos? ¡Lógica apabullante de los productores comerciales en todas las latitudes del mundo teatral! Dispongámonos a gozar con Todos eran mis hijos.