FICHA TÉCNICA



Título obra Los fantoches, Mea culpa, El crucificado

Autoría Carlos Solórzano

Espacios teatrales Teatro del IMSS

Notas Comentarios sobre las obras en un acto Los fantoches, Mea culpa y El crucificado




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Las tres piezas en un acto de Carlos Solórzano". Novedades, 1958. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Novedades

Columna El Teatro

Las tres piezas en un acto de Carlos Solórzano

Armando de Maria y Campos

El talentoso escritor dramático Carlos Solórzano, de origen guatemalteco, pero honda y profundamente identificado con el sentimiento mexicano; ha estrenado en el teatro del Seguro Social tres obras en un acto tituladas Los fantoches, Mea culpa y El crucificado, está última ya editada en libro y por esto más conocida de los aficionados de teatro responsable, al teatro con mensaje y con ideas, que es tan poco cultivado en América, sin excepción.

Carlos Solórzano se debate en una angustia que encuentra formadas de expresión –de expresión interrogante– en el teatro. Solórzano usa del escenario para interrogar a la vida sobre sus dudas, que son las de tantos hombres que precisar de una respuesta clara, terminante, sobre su destino, sobre su antes y sobre su después. ¿Existencialismo? Desde luego pero existencialismo personal, diría mejor, existencialismo individual. En las tres piezas –Los fantoches, Mea culpa y El crucificado–, Solórzano interroga al destino, trata de hallarle una explicación al paso fecundo del hombre por la tierra, y se preocupa por destruir fanatismos que él cree que más ayudan a desorientar los pasos del hombre que a encauzarlos por un buen camino. Sus tres piezas en un acto son las de un autor valiente, no porque se atreva a decir lo que dice en ellas, sino porque consciente de lo que significa usar el teatro, lo emplea para combatir verdades o destruirlas. El mismo lo declara al asegurar que sus tres piezas, escritas en distintas épocas, tienen como principal objetivo el ilustrar una preocupación siempre constante: "la del vacío que halla el hombre de hoy al buscar la resolución de todas sus dudas en una doctrina que me parece cada vez más ineficaz y que responde, a la angustia racional, con una invariable y rígida forma de evasión: la fe". Él presenta a sus personajes en el preciso momento en que su destino se decide hacia lo práctico, hacia lo cómico, o hacia ambas posturas a la vez, viviendo, pues, ese "momento decisivo" por el que, necesariamente, tienen que pasar todos los seres vivos.

La pieza Los fantoches, en la que éstos, como muñecos, discuten y tratan de evitar su muerte inevitable porque su alma está en la pólvora y escapará cuando les llegue la hora de ser quemados, es una preciosa joya de teatro existencialista, y muy mexicana, por la hábil e inteligente presentación de los personajes como muñecos de cartón y carrizos que viven toda una vida cada sábado de gloria. De las otras dos piezas la más importante es El crucificado, inspirada en la forma como los aborígenes, no sólo de México, sino de toda Hispanoamérica, preparan e interpretan la famosa Pasión de Cristo, por semana santa. Solórzano localiza la acción muy cerca de Ixtapalapa, pero en verdad ésta puede ocurrir en cualquier pueblo donde subsiste esta costumbre anual. Como pieza de teatro está lograda en absoluto: interesa y apasiona de principio a fin, y sus personajes, en su doble personalidad de campesinos ignorantes de figuras de la Pasión, se mueven con un estrujante y angustioso realismo. Solórzano tiene la franqueza de declarar que "el fondo ideológico parecerá discutible a muchos, y que él se limita a decir lo que piensa". Puede suceder, y sucede, desde lugo, que gran parte del público no piense como él. Yo, entre ellos. Pero él dice su verdad, la dice con valentía, y, lo que es más meritorio, la fundamenta. El tiene conciencia de lo que es un escritor en su libertad y en su responsabilidad. De ambas hace uso en perfecto derecho, y como autor teatral revela que cada quien con su verdad puede lograr un teatro responsable, valioso por mucho que se le discuta y aun se le rehace.

No falta quien pida para Solórzano los peores castigos por haberse atrevido a llevar al teatro asuntos y personajes que una malentendida moralidad opina deben estar excluidos los escenarios. Solórzano sabe lo que hace, y tan lo sabe que declara que "si entre los espectadores algunos se ven impedidos a abandonar la sala y otros a aplaudir, las otras habrán cumplido con la misión que les fueron impuestas al ser escritas". Yo creo que en un escenario caben todos los géneros teatrales, a condición de que sean tratados con talento, y si son escabrosos, con audacia –que equivale a valor– y con buen gusto, lo mismo por parte de los autores que de los intérpretes. El teatro escrito con talento siempre es buen teatro.

Recuérdese la anécdota de Solón con Tespis, cuando, reprendido sobre lo inmoral y detestable de algunos casos que representaba, le contestó que se fijase en que todo aquello eran burlas, el legislador, golpeando fuertemente con su cayado en el suelo, le replicó: "Pero si tal cosa se tolerase, muchos, de las burlas, pasarán a las veras". Sócrates, y no una vez sola, protestó contra lo peligroso de las lecciones de teatro. En Roma tuvo contradictores el drama, cuando se atrevió a decir verdades. El cristianismo, que no podía tolerar unas diversiones en las que se difundían ideas contrarias al pensamiento medio o común, fue el que, por la boca y la pluma de sus más grandes teólogos, fustigó sin descanso el teatro llamado irreverente. Es verdad, la Iglesia mató los espectáculos paganos; pero ella misma allá, en las oscuridades de la Edad Media, dio origen y nacimiento a los teatros modernos.

Carlos Solórzano reivindica para el teatro mexicano un profundo sentido de responsabilidad. Es el suyo un teatro hecho con talento y con una ansia de profundidad sin precedente en las Américas. Por esto sólo merece respeto y justicia.