FICHA TÉCNICA
Título obra Tengo 17 años
Notas de Título Bodas de plata
Autoría Paul Vanden Bergue
Notas de autoría José de Jesús Aceves / traducción y adaptación
Dirección José de Jesús Aceves
Elenco Guillermo Herrera, Emperatriz Carvajal, Carlos Cores
Escenografía Julio Prieto
Espacios teatrales Teatro Arcos Caracol
Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Tengo 17 años, en el teatro Arcos Caracol". Novedades, 1958. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
Novedades
Columna El Teatro
Tengo 17 años, en el teatro Arcos Caracol
Armando de Maria y Campos
Probablemente no se llama con el título que la anuncian la pieza melodramática de Paul Vanden Bergue que cubre la cartelera del teatro Arcos Caracol. Poco se sabe del autor de esta pieza, que lo es también de una cuya acción ocurre en un campo de concentración alemán y en la que exhibe, sin llegar a soluciones que satisfaga al espectador, varios problemas de seres desventurados que hacen vida común en uno de estos lugares que la maldad humana inventó para torturar con sufrimientos cercanos a los que el fanatismo católico reserva a quienes por sus malas acciones en la tierra van derechito al infierno.
Creo que la pieza de Paul Vanden Bergue titulada Tengo 17 años ha sufrido varias modificaciones –cortes o mutilaciones– al ser "adaptada" para nuestro público. Generalmente toda adaptación supone un ataque alevoso a la pieza original. Si las sociedades de autores de todos los países se ajustaran a un código de honor prohibirían bajo severas penas las adaptaciones o los arreglos, porque siempre significan una traición con alevosía y ventaja a la obra original. ¿Qué fue lo que adaptó don José de J. Aceves en esta obra? Hace meses que la tenía en cuarentena, no decidiéndose a representarla por... escabrosa. En algún momento, la actriz Emperatriz Carvajal, advirtiendo que el público empieza a cansarse de los temas vodevilescos, se negó a representarla. ¿Se creyó, pues, que la pieza de Vanden Bergue en un vodevil? Entonces, ¿la adaptación de Aceves significa que la volvió menos cruda? ¿Qué fue, en suma, lo que suprimió Aceves? Una pieza de teatro, cuya acción se divide en varios cuadros es como una mano extendida al espectador. Si de esa mano suprimimos un dedo, o simplemente la mutilamos, ya no queda como la creó el supremo autor que es la Naturaleza. Se puede ocultar la mutilación con un guante. ¿Esto fue lo que hizo el director y traductor Aceves con la pieza de Vanden Bergue?
El tema principal, la tesis propiamente de esta pieza, es nueva en el teatro, caso insólito, y estremecedoramente apasionante. Una mujer divorciada durante el segundo año de su matrimonio y un hijo de este enlace, que cumple diecisiete años cuando se levanta el telón se enamoran del mismo hombre, y el jovenzuelo se ve preso en las redes desesperadas de los celos y aún trata de disputarle el amante en subconsciente confuso a su madre frívola y alocada. Tan tremendo suceso ocurre en el límite indeciso de la adolescencia en que parece ser tan común la confusión de sentimientos. Esto, visto desde cualquier ángulo teatral, no es amoral, menos inmoral, ni crudo, ni escabroso. Es, simplemente apasionante por su planteamiento escénico, por su nudo teatral, por su desenlace lógico.
Las primeras escenas prometen al espectador una comedia picaresca. Una madre que ha fracasado en su matrimonio, que viaja por los sitios de la diversión y del placer cosmopolitos, llevando consigo un hijo a punto de trasponer los límites de la edad crítica, y que habla de sus amigos, no de sus amigas, porque no las tiene. Aparece en la vida de los dos –la madre y el hijo– un hombre en la persona de un novelista frívolo, y se hace amigo primero del chico que de la madre. La situación está planteada. El hombre atractivo, un poco personaje de sus propias novelas y cerca de la cuarta década de su vida, se enamorará, forzosamente se enredará con la divorciada joven, que, forzosamente se inclinará a él. El chico ha vivido cerca de las faldas maternas, lee a Bergson y al anticuado Wilde, y hace versos, que le muestra tímido al novelista, amigo suyo tolerante por las relaciones que ya sostiene con la madre. La figura del novelista poco a poco se hace humana. Es buena creación de un buen autor. ¿A dónde iremos a parar? La acción desemboca a un segundo acto melodramático de técnica corriente, durante el que el muchacho se entera de las relaciones de su madre con el novelista. El espectador está sobre ascuas. La revelación anonada al muchacho y... lo conduce a una delación de sus sentimientos: está enamorado del amante de su madre y profundamente celoso. ¿Cosas de los diecisiete años? El autor no puede haberse limitado a una simple exposición de hechos o situaciones que pueden ser frecuentes en casos de adolescentes que crecen al buen tun tun, sin la disciplina del hogar y expuestos a los vaivenes de las pasiones de los extraños que los rodean. El personaje del novelista reacciona simplemente como un hombre normal. Comprende al muchacho y decide alejarse, como cualquier personaje de sus novelas, organizándose un largo viaje. El adolescente –al fin y al cabo, cuando está a punto de que el autor escriba la palabra "telón" –tiene diecisiete años–, abraza a su madre dejando correr el llanto de angustia, y la madre, al parecer, encuentra en ese abrazo al hijo tierno y alucinado que no supo ver crecer. ¿El hijo abraza a su madre o a su rival? No lo sabemos. El telón ha separado un mundo de ficción de este otro en el que vivimos los espectadores, también cargado de problemas que enchinan la piel.
La pieza de Vanden Bergue interesa por el tema, pero probablemente está mal construida. El segundo acto, en la casa del novelista, es de melodrama corriente. El primero, de largas y labrínticas exposiciones, está construido con habilidad. El tercero, el mejor de los tres.
El personaje del adolescente es el más importante de la obra. El joven actor Guillermo Herrera está en la edad precisa, pero no cuenta con los recursos para darle positiva humanidad. Lo dice, lo mueve mucho –Aceves tiene la manía de no dejar quietos a sus personajes– y lo llora demasiado. Detrás de tantas lágrimas el espectador no ve nunca lo que hay en la mirada del joven personaje. Hay galanes el en teatro que deben ser interpretados por actores maduros. Ya lo dice un refrán teatral: eso... es más viejo que un galán joven. Emperatriz Carvajal está en gran actriz, no obstante lo superficial de su personaje. Pero la sorpresa la da el comediante argentino Carlos Cores, que vuelve a nosotros convertido en un gran primer actor, centrado en su arte, vertical en su actuación, ponderado y profundo, claro y responsable y, en este caso, tan equilibrado, que convierte en noble y generoso un personaje que en otro actor menos maduro resultaría hueco y deleznable. La escenografía, de Julio Prieto resulta con habilidad y buen gusto.