FICHA TÉCNICA
Título obra El malentendido
Notas de Título Le malentendu (título en el idioma original)
Autoría Albert Camus
Notas de autoría Carlos Solórzano /traducción
Dirección Gilles Chancrin
Elenco Amparo Villegas, Ofelia Guimain, Luis Lomelí, Aurora Molina
Escenografía David Antón
Espacios teatrales Teatro del Seguro Social
Productores Teatro Universitario de México
Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "El malentendido, de Albert Camus, en el Teatro del Seguro Social". Novedades, 1958. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
Novedades
Columna El Teatro
El malentendido, de Albert Camus, en el Teatro del Seguro Social
Armando de Maria y Campos
La organización Teatro Universitario de México, continúa desarrollando una labor fecunda y de altura en favor de un teatro con responsabilidad de documento, que no es otra la misión de los autores que se colocan sobre las debilidades de la taquilla y de un público que acude a las salas de espectáculos únicamente con el propósito de divertirse. El Teatro Universitario de México no persigue fines comerciales, por eso su labor de aliento es digna del mejor estímulo.
Ahora ha montado una de las obras que recogen una época de angustia que siempre será un testimonio histórico: El malentendido, de Albert Camus, cuya presentación debe considerarse como estreno, pues si es verdad que una versión de esta obra fue representada por un grupo de actores experimentales hace algunos años, también es cierto que pasó inadvertida y sin que el público que entonces auspiciaba el nacimiento de un pasajero auge teatral entendiera su mensaje de desesperanza y de dolor. La versión que ahora presenta el Teatro Universitario es la última que sobre el original ha hecho Camus, acendrado algunas escenas, purificando los diálogos y dando relieve a las apariciones de un personaje simbólico. La traducción de Carlos Solórzano está lograda, cumplida en un castellano flexible, apasionado y dramático.
En 1944, al día siguiente de la Liberación, Camus hizo representar Le malentendu en el teatro de Mathurins, de París. Conviene recordar el argumento, porque si el lector lo ignora, le será difícil comprender el pensamiento del autor.
En Moravia, una madre y una hija, Marta, regentean un hotel aislado en el campo. Cuando se presenta un cliente rico, le hacen beber un somnífero, lo despojan y luego lo arrojan al río. Un día, Jan, que había partido hacía veinte años, llama a la puerta. No lo reconocen, porque él oculta su identidad... y va a reunirse con los otros clientes. Ese lugar desierto, poblado de criminales, es nuestro universo absurdo; Jan, el extranjero que llama a la puerta, es el problema que se plantea; el cadáver que se pudre en la represa del río es la respuesta. Sobre la escena vemos un mundo cerrado, sin horizontes, asfixiante; un mundo en gris. Marta mata para evadirse, para reunirse con el mar, para conocer el sol. Pero, al mismo tiempo, aumenta ese horror y subraya uno de los aspectos de este mundo: la destrucción. La madre dice en un momento crucial: "Pero este mundo no es razonable, y bien puedo decirlo yo que lo he gustado todo, desde la creación hasta la destrucción".
El angustioso problema que es el nudo de la acción dramática es la presencia del hijo que llama a la puerta. Extranjero en este universo, poseía hasta entonces la felicidad, en un país de sol, con una mujer joven y amada. Él imagina que reencontrar su país significaría la posibilidad de hacer felices a todos los que ama: madre, hermana, esposa, pero teme que no haya respuesta, que la puerta no se abra, que la realidad rehace su ideal. La puerta se abre, pero su corazón no halla la respuesta suplicada. A la patria deseada de opone la tierra podrida; a la paz, la violencia; al amor, la soledad.
En definitiva, toda la gris historia de la madre, la hija y el hijo pródigo no es un hecho distinto, un malentendido accidental, sino la imagen necesaria de nuestra condición, que en soledad y amor burlado. Madre e hija han matado, sin saber quién es, al pariente que viene de las tierras del sol, en busca de una razón de paz o de amor. Pero sólo encuentra grises, grises, y soledad, soledad por dentro y por fuera. El personaje de la madre, criminal cansada de sus crímenes, se impone desde luego a pesar de su inverosimilitud sicológica. Jan y Marta son personajes más abstractos, como símbolos de la pregunta y de la respuesta en un mundo sombrío.
Un huracán de tragedia griega cruza por la escena y un estremecimiento de pavor sacude los corazones...
La representación es casi excelente. El joven y talentoso escenógrafo David Antón creó a base de grises y de ocres el clima de sombras gélidas que precisa la acción. La cama que aparece en el segundo acto, cubierta con una colcha púrpura, parece el enorme coágulo de sangre en que se ahoga la humanidad. La ilustre actriz Amparo Villegas creó a la madre con intenso y profundo dramatismo. Su dicción clara y la emoción que puso en todos sus parlamentos sorteó la lisura del tomo monocorde en que el director se propuso hablaran los tres protagonistas.
Ofelia Guilmain –que vuelve a interpretar comedias artificiales y de degradarse artísticamente en intervenciones en teleteatros de diversos calibres– compuso (creo que este es el término justo) un carácter más allá de lo dramático normal. Como si fuera una estatua del rencor tallada en odio, hace sombría hasta la tiniebla y perversa hasta la degeneración un carácter que no es sino la llama viva de la duda, y no deja que se levante al cielo el flamígero deseo de conocer el mar, de calentar su cuerpo al sol. Su voz, de mezzosoprano profunda, rica en tonos graves, la manejó como una línea en un horizonte sin anfractuosidades. Monótona en todo su límite. Creo que la señora Guilmáin viene exagerando la clasificación de actriz dramática en que ha desenvuelto los últimos años de su triunfal carrera artística. Ahondar el odio con la voz, momificar la faz, moverse como si estuviera tallada de una pieza, pueden ser recursos que emplee una buena actriz dramática, pero no son la actriz dramática. Tanto emplea Ofelia el tono grave, que su garganta parece zozobrar cuando el agudo sale y tiembla falto de apoyo. Tal vez, ojalá y así sea, se mostró monocorde –tanto en la voz como en el gesto y el ademán– por culpa del director de origen francés que no habrá acostumbrado aún su oído a los finos, innumerables y múltiples matices que robustecen nuestro idioma natal. También el galán Luis Lomelí, de rica voz y apasionado acento –y eso que simboliza en la obra la pregunta anhelante– estuvo gris, como si al entrar a escena su garganta se ahogara en nieblas. La joven y temperamental Aurora Molina sirvió con nerviosidad y oportuno dramatismo su episódico personaje de la esposa.
Debutó en México el joven director francés Gilles Chancrin, que tiene, al parecer, un buen sitio en el teatro en Francia. Aclarado ya, que no acertó al hacer hablar a sus personajes, digamos ahora que su juego escénico, juego en serio por supuesto, aunque limpio, es simple, a veces elemental, como si quisiera subrayar, y no es contradicción, el paisaje esquemático en que vienen, muriendo, los cuatro dramáticos personajes de Albert Camus.