FICHA TÉCNICA



Título obra Mi adorado asesino

Autoría Saint John L. Clowes

Notas de autoría Eleazar Canale / traducción

Dirección Víctor O. Moya

Elenco Francisco Jambrina, María Teresa Rivas

Notas El autor también comenta sobre las atribuciones de los empresarios en el montaje de una obra




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Los dos últimos estrenos: una comedia policíaca y una comedia poética". Novedades, 1958. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Novedades

Columna El Teatro

Los dos últimos estrenos: una comedia policíaca y una comedia poética

Armando de Maria y Campos

El tiempo de Talía (ahora invadido por los mercaderes) descansa sobre cuatro columnas que pueden rotularse así por orden jerárquico: el autor, director, el intérprete y el empresario. Cada cual, dentro de sus fuerzas, debe meter el hombro para sostener el edificio común. Pero, entre nosotros, poco a poco, el empresario ha ido absorbiendo las atribuciones de los otros tres, y espoleado por un simple propósito comercialista ha conducido a nuestro teatro a una de las más graves crisis que ha padecido de veinte años a la fecha. Han colaborado con los empresarios en estado de cosas los autores, porque, casi sin excepción, se encuentran mercantilizados. Algunos de ellos, hasta escriben sobre la mentada decadencia del teatro como arte, cuando observan que sus obras no obtienen el éxito económico que habían previsto. En cambio, si sus producciones logran, por los caminos tortuosos del sensualismo o del sexualismo, el favor del público, aseguran que nuestro teatro se encuentra en auge y que éste es de los más lisonjeros. Comentarista ha habido –Sigfrido Gordon Carmona– que ha asegurado en un vespertino que el auge actual del teatro en México es superior a otros anteriores y que está muy por arriba de los mejores ambientes teatrales europeos.

A propósito de cronistas nacidos en España y avecindados en esta Ciudad de Palacios –y no "de los" palacios, como se ha deformado la frase original de Humboldt– quiero traer aquí, tomándolo de su libro El teatro y sus enemigos, un comentario de don Enrique Diez Cañedo, maestro de cronistas de teatro en lengua castellana: "Yo no exijo un teatro de obras maestras –ojalá pudiera exigirlo–, ni que se arruine quien se conforme con vivir de un comercio que puede ser honesto y sin horizontes. Sólo denuncio las miras puramente comerciales, que establecen una oferta mezquina y quieren hacer pasar su género por el único admirable".

Repásese la cartelera actual. Once teatros de comedia abren sus puertas incitando la curiosidad pública. ¡Qué pocas obras de importancia encontramos! La mediocridad de nuestros escenarios refleja desgraciada y fundamentalmente, aspectos relativos a su especulación comercial. Claro que hay alguna excepción. No hay teatro malo sin excepción, como no lo hay bueno sin ella. Lo cierto es que cuando nuestros empresarios y la mayoría de nuestros intérpretes, entre los que los profesionales van del brazo y por la escena con los aficionados, con los experimentales y aún con los simples aspirantes, hablan del éxito de una obra o elenco, no se refieren a la calidad de la primera ni a la armonía y justeza del segundo, sino a los resultados económicos contenidos en la explotación del negocio. Y para fundar estos "éxitos" recurren a supuestos o auténticos "centenarios de representaciones", y a otras garambaínas por el estilo. Recuerdo ahora que el secretario general nada menos que de la Asociación Nacional de Actores, licenciado y ex diputado Rodolfo Echeverría o Landa, al conmemorar cierto centenario de una obra tan mediocre y vodevilesca como Gigoló, felicitó a empresarios y traductor por esta "magnífica labor cultural".

La subversión ha llegado a ser tan natural, que indigna y entristece a la vez. Rara vez se parte de la obra como obra de creación, fundamento esencial del espectáculo, sino del concepto oportunista y especulativo que prive en la empresa que se dispone a explotarla. Y como abundan los teatros abiertos, escasean las primeras figuras auténticas. No contamos con una actriz –aparte de las que por consagradas tienen ya su sitio– que arrastre público por sí sola. Y casi ninguna es verdaderamente actriz. Una joven y valiente, principiante, Isabel Nogueira, se atreve a interpretar el fabuloso –se trata de una fábula escénica– personaje central de Ondina, de Giraudoux (cuya creación en francés por la compañía de Luis Jouvet hace dieciocho años está viva en nuestro recuerdo), y lo que es peor, ¡rodeada de aficionados! Perdónalos, Señor, que son jóvenes, audaces, principiantes, y no saben en verdad lo que hacen.

Como todo enfermo achacoso, el teatro se pasa la vida cambiando de postura. Una de las que más le acomodan para ir tirando es la de las comedias policíacas. Una de éstas y excelente por cierto, tiene el triste privilegio de ser la última novedad entre nosotros. Teatro comercial, por supuesto.

Esta vez, excelente. Su autor, Saint John L. Clowes, inglés, no había sido representado en México, porque lo es de una sola obra, ésta que en castellano tituló su traductor Eleazar Canale Mi adorado asesino, y no lo será más, porque hace seis meses que falleció en Londres. Tiene un primer acto que es un portento de trama policíaca, y con esto está dicho que el interés es creciente. El segundo acto no le va en zaga al primero, pero en el último el espectador ya se siente fatigado de tanta intriga, y recibe con reservas, los nuevos incidentes, (O acaso se deba al traductor que, como desconocemos la obra, original no sabemos si adaptó, reformó o reconstruyó este acto). Una gran obra policíaca, en suma, y muy comercial, que es lo que sus productores trataron de demostrar.

La interpretación es dispareja. Al lado del sobrio, vertical y tal vez excesivamente natural Francisco Jambrina, protagonista, se advierte más el nerviosismo de los otros actores notoriamente inmaduros y notoriamente estudiosos. La actriz María Teresa Rivas, a la que empresarios, directores y comentaristas la tienen clasificada como del género dramático, falla precisamente en las reacciones dramáticas de su falso –el único– personaje. La dirección de don Victor Moya, dispareja y visible, aunque eficaz; la escenografía es francamente mediocre. La traducción de Canale si es excelente.