FICHA TÉCNICA



Título obra El seminarista de ojos negros

Autoría Federico S. Inclán

Dirección Jebert Darién

Elenco Rosaura Revueltas, José Carlos Ruiz, Enrique Lizalde, Víctor Manuel Luján, Rosa Furman, Mario García González, Aurora Molina

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro de La Esfera

Eventos Inauguración del Teatro de La Esfera

Notas Obra inaugural del Teatro de La Esfera




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Inauguración del teatro de La Esfera y estreno de El seminarista, de Federico S. Inclán". Novedades, 1958. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Columna El Teatro

Inauguración del teatro de La Esfera y estreno de El seminarista, de Federico S. Inclán

Armando de Maria y Campos

En un pasaje del pomposo cine Ariel –o cine Polanco– en la avenida Ejército Nacional, como pariente pobre del cinematógrafo, se ha acondicionado un salón para que sirva de sala de comedias, a la manera de como se improvisaban estos teatros de bolsillo cuando se inició el deslumbrante auge de nuestra vida teatral, que ya empieza a estabilizarse. Escenario breve, como una caja de cerillos, y un numeroso lunetario, en declive; decoración suntuosa y buena iluminación en sala y escena.

De acuerdo con el deseo de los actores nacionales, se eligió para la temporada inaugural una pieza de autor mexicano. Se organizó la ceremonia de cortar un listón delante de la cortina y se invitó al cronista don Rafael Solana, hijo, para que pronunciara unas palabras alusivas y él aprovecho certeramente la ocasión para hacer un elogio de los autores mexicanos del momento. En seguida apareció la actriz argentina Fina Baser, para ejecutar el acto material de cortar la cinta azul y que el teatro de la Esfera quedara a disposición del público. Se extrañó la presencia de alguna actriz mexicana para este acto. La belleza de Fina Baser amortiguó cualquier ausencia.

Antes del estreno de El seminarista, de Federico S. Inclán, pieza elegida para inaugurar la sala de la Esfera, la tenía por una de las mejores que ha producido este fecundo y talentoso autor, al que justamente ha coronado de laureles el éxito. La conocí en lectura, y aconsejé al autor que para la protagonista, una madre incestuosa tallada en una pieza del más rico y duro mármol nuestro, eligiera a una gran actriz, no sólo madura en su arte, sino más allá de la plenitud, en un ocaso glorioso que nadie se atreviera a discutir. Recordaba el fiasco que obtuvo con la desafortunada interpretación, por una actriz endeble y sin hondura, su bella comedia La última noche con Laura. No lo hizo así Inclán y permitió que la vigorosa y profunda protagonista de El seminarista, fuese encomendada a la incipiente actriz Rosaura Revueltas, de quien se dice que ha sido arielada por nuestra industria cinematográfica.

A pesar de cuanto se ha dicho sobre Rosaura Revueltas, creo que esta empeñosa actriz está en los principios de su carrera, y que resultó aventurado confiarle interpretaciones reservadas a actrices que, por lo menos, tengan mucho oficio. Aparte de algunas intervenciones en el teatro, sólo ha aparecido una sola vez en la escena, interpretando un modesto personaje en El cuadrante de la soledad, de su hermano Pepe, hace más o menos ocho años. Posteriormente, en la Alemania Occidental, actuó como primera actriz fría, excesivamente deshumanizada, y realmente una principiante en estas lides.

No proyectó nunca el tremendo drama, drama esquiliano, que vive ella misma y hace vivir a su hijo, al que primero convirtió en seminarista y tortura después por el hecho, natural y lógico, de que tomara mujer, colgara los hábitos y la amara desesperadamente, frenéticamente, hasta el límite mismo de la muerte. Frustrada la protagonista, el gran drama de Inclán se desempeña hasta las simas del folletín...

Gran drama, dije, y no me arrepiento, porque no obstante que el final fue modificado por su autor; que el director le suprimió personajes; que el escenario modestísimo de esta sala obligó a todos a cambios radicales en la postura escénica, hay en él una gran historia, la de una madre que lleva su amor por el hijo a extremos insospechados y lo sacrifica a la vida e inunda de odio y rencor cuanto le rodea. El fondo del drama pretende ser profundamente católico; devoción por la Virgen de Guadalupe, cumplimiento estricto de ciertas fórmulas católicas e intervención sabia, pero no eficaz de un sacerdote católico, la que provoca una escena patética durante la que el frustrado seminarista trata de acercarse a Dios al través del sacramento de la religión. Sin embargo, de esta y otras excelentes escenas, el drama de Inclán se frustra como pieza honda, profunda y sincera. Culpa será de la desafortunada actuación de la señora Revueltas y de los cortes que su propio autor hizo a la comedia original.

En contraste o compensación registramos con júbilo la aparición y revelación de tres jóvenes actores, los tres con brillante porvenir, si no se tuercen o malogran. José Carlos Ruíz, que hizo un personaje de mexicano típico, de clase inferior, devoto de la Guadalupana. No recuerdo, desde los tiempos de Anastasio Otero, otro actor que encarne mejor un tipo de mexicano. Enrique Lizalde, galán de excelente planta, que hizo una cura joven lleno de verdad y muy sincero, y Víctor Manuel Luján, el seminarista, de gran temperamento dramático y cuya actuación es más relevante, porque fue toda clavado en un sillón de enfermo, y dio con gran emoción una muerte serena anunciada con efectos dramáticos bien entonados. Cumplieron con su buen oficio. Rosa Furman, Mario García González y Aurora Molina, ésta un poco fuera de tipo, como valencianita que es, para interpretar una dulce y resignada provinciana de México.

La escenografía de David Antón es pobre y discreta, y distraída por un Cristo inmenso, inspirado en el discutido cuadro de Salvador Dalí. Jerbert Darién se mostró sobrio como director, menos cuando trató de subrayar la actuación de Rosaura Revueltas con movimientos innecesarios.

El autor agradeció al final de los aplausos de la concurrencia y está fue obsequiada por la empresa, como ya es costumbre en estos casos, con una copa y algunos canapés.