FICHA TÉCNICA



Título obra Conservemos nuestras malas costumbres

Autoría Franco Monicelli

Notas de autoría Irma Terragnuolo / traducción; Fernando Mendoza / adaptación

Dirección Fernando Mendoza

Elenco Manolita Saval, María Elena Orendáin, Marcela Daviland, Carlos Bribiesca, Agustín Sauret, Yerye Beirute, Corzo Duarte, José Solé, Emilia Carranza

Escenografía Antonio López Mancera

Espacios teatrales Sala Ródano




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Estreno de Conservemos nuestras malas costumbres, de Franco Monicelli". Novedades, 1958. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Columna El Teatro

Estreno de Conservemos nuestras malas costumbres, de Franco Monicelli

Armando de Maria y Campos

El tema de Muérete y verás, no es nuevo en el teatro español. No estoy seguro si antes de Manuel Bretón de los Herreros algún autor extranjero trató este interesante y divertido asunto, Breton de los Herreros estrenó su divertidísima comedia Muérete y verás, en el Teatro del Príncipe, de Madrid, el 27 de abril de 1837. Se representó en todos los escenarios de España y lo mismo en los de América con éxito, porque planteaba el problema de la vuelta a la vida de personajes muertos, por supuesto en broma y en verso. Bien pronto era repetido en el ancho mundo de habla española el estribillo de la pieza bretoniana:

Para aprender a vivir
no hay como morir
y resucitar después...

Un modesto autor italiano, Franco Monicelli, ha vuelto al tema de los resucitados que hacen vida común, años después de haber sido sepultados, con sus allegados y amigos y son testigos de cosas tremendas. Su pieza, que en el original italiano debe ser una farsa divertida, subió a escena por primera vez en Roma el 3 de mayo de 1951. Ahora, una modesta compañía que dirige el actor Fernando Mendoza, Acaba de estrenarla– viernes último– en la sala Ródano, después de haber pasado por el vía crucis de una amenazadora suspensión municipal, que provocaría su título ambiguo de Conservemos nuestras malas costumbres.

La comedia de Monicelli, juzgándola al través de la traducción de Irma Terragnuolo en muy mal castellano y de la adaptación del actor Fernando Mendoza, quien confiesa haberla "peinado" mucho, introduciéndole arreglos y salpicándola de chistes, no pasa de ser una mixtura de farsa, bufonada y, siendo generosos en el calificativo de sainete. Es difícil juzgar en estas circunstancias el mérito legítimo de una pieza que, como los personajes femeninos que en ella intervienen, han pasado por tantas manos. ¿Son tan locos en el original italiano los personajes que se mueven en la adaptación mexicana? ¿Existe en Italia alguna actriz de comicidad tan particular como la de Manolita Saval, que le permite repetir un tipo en todas las obras que interviene? ¿Se limita el autor italiano a volar tan bajo en un asunto de tan alto vuelo como es el de hacer venir a los que uno creía definitivamente idos y devolverlos al más allá, asqueados? ¡Quién sabe! Lo cierto es que la pieza de Monicelli, según la conocemos en el mal castellano, es una sucesión de escenas corrientes, chocarreras, de situaciones sobadas (como las mujeres que en ella intervienen) y plagada de frases y chistes gruesos, que ni siquiera llegan a "colorados" porque se quedan simplemente en corrientes. Tema tan fino y alto vuelo hace evoluciones rastreras, casi pedestres.

La interpretación no logra salvar en ningún momento la pobre versión de Conservemos nuestras malas costumbres. Manolita Saval está en Manolita Saval.

Desentonada siempre, artificial y, como algunos pájaros, resolviendo todo a grititos y a saltitos. María Elena Orendáin, insegura, dio al público la impresión de querer imitar a Ema Arvizu. Marcela Daviland, de origen italiano, pasa fugazmente más que como alma en pena como alma con pena. Entre los actores tampoco se registra una actuación afortunada. Carlos Bribiesca –que lució el mismo color de pelo que la Saval, rubio platino–, cumple discretamente. Agustín Sauret está a la misma altura que Bribiesca; igualmente desentonado e inseguro. La relativa veteranía de Yerye Beirute lo destaca del conjunto y le permite hacer el muerto más humano de los resucitados. Afortunadamente los galanes Corzo Duarte y José Solé le dan a sus respectivos personajes, resucitados también, un aire de naturalidad y despiertan interés. La fugaz aparición de la joven actriz Emilia Carranza, como la muerte, reconcilia al público con lo futuro de nuestro teatro que, según siguen afirmando algunos, se encuentra en pleno auge. En la señorita Carrranza, muy guapa por cierto, hay una excelente actriz. La escenografía de Antonio López Mancera es correcta, discreta, aunque caprichosa, pues lleva las principales escenas de la pieza a una área de actuación secundaria, a un segundo término. La dirección de Fernando Mendoza es confusa. No sabe uno si quiso hacer de la pieza de Monicelli una farsa, una representación de malas costumbres escénicas o una comedia surrealista. Todos los actores hablan –o hablaron de la noche del estreno– en distintos tonos. El público sonrió a ratos, se aburrió otros, aplaudio poco al final y se retiró del teatro sin importarle el coctel que se le ofrecía después de la función.

Había Bacardí, pero no había ambiente...