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Columna El Teatro
Nocturno a Rosario, de Wilberto Cantón, en la sala Chopin. I
Armando de Maria y Campos
Con asombro, sorpresa y estupor he asistido en la unión de varios cientos de espectadores invitados al estreno, en la sala Chopin, por una compañía formada exprofeso, de la pieza Nocturno a Rosario, en tres actos, de Wilberto Cantón, que desde hace tres meses corre impresa. Esta edición dio motivo a que don Eduardo L. Fuentes, escritor que reside en Saltillo, enviara al director de una revista metropolitana una aclaración a propósito de su comedia titulada Laura, la de Acuña, que es un "juego dramático de circunstancias y datos ciertos, de la vida de nuestro poeta" (Manuel Acuña). El señor Fuentes dice en su carta aclaratoria "que no hay derecho a que se presente a Manuel Acuña como un individuo ateo y amoral, porque no fue ni una ni otra cosa", ni, "tampoco, para colgarle el hijo de Acuña a una lavandera que tuvo admiración devota y respetuosa por el bardo".
En efecto, en la pieza de Cantón se altera deliberadamente la verdad y, a mi juicio, se calumnia y se denigra al bardo de Saltillo, a doña Rosario de la Peña y Llerena, a don Ignacio Ramírez, conocido también por el Nigromante, a los poetas Juan de Dios Peza, Manuel M. Flores y Agustín F. Cuenca, y, desde luego, a Soledad, la lavandera de los estudiantes de medicina, que la tradición literaria nuestra ha modelado como una mujer humilde, de buen corazón y generosa con los estudiantes a quienes servía.
Tengo mis razones para opinar igual que el señor Fuentes, sin tener que apoyarme en ninguna de sus afirmaciones. El año 1952, con motivo de las fiestas con que el estado de Coahuila celebró el centenario del nacimiento del poeta, escribí para esta misma columna ocho crónicas sobre aspectos íntimos de la vida de Manuel Acuña, que fueron recogidas en volumen con el título de Manuel Acuña y su teatro. En ellas me referí a sus amoríos –que no fueron amores– con la bella y seguramente apetitosa lavandera, y publiqué una estampa inédita que muestra a Acuña, recibiendo camisas planchadas de Chole. También me referí, cómo no, al hijo de Acuña, con datos comprobados de los periódicos de la época y de libros y memorias de sus contemporáneos. Chole no le dio un hijo a Acuña; quien se lo dió fue Laura, una muchacha alocada de aquel tiempo que después casó con el poeta Agustín F. Cuenca y alcanzó larga vida; yo tuve el honor de besar su mano, el año 1916, durante un acto en el que doña Laura recitó un poema a Obregón, y la bondad del ingeniero Palaviccini, entonces secretario de Instrucción Pública, lo llevó a incluirme en el programa para que recitara algunos versillos...
Está aclarada, pues, la conseja a propósito del hijo de Acuña que no vivió, y que Ángela Peralta y Juan Montiel y Duarte estuvieron a punto de adoptar. Para Laura escribió Acuña un bello poema que termina con estos versos:
“Si, Laura... que tu espíritu despierte/ para cumplir con su misión sublime,/ y que hallemos en ti a la mujer fuerte/ que del oscurantismo de redime”.
El autor Wilberto Cantón declara enfáticamente que el Nocturno a Rosario, no es una obra histórica, ni que Rosario de la Peña, don Ignacio Ramírez y los poetas Flores, Peza y Cuenca "han de haber sido, ni actuado en la forma en que aquí se presentan". Aclara, también, que en su obra se han alterado datos comprobados, se han dado crédito a versiones falsas, y se han inventado piezas que faltan en el rompecabezas sentimental (son frases suyas) entre la supuesta pasión de Acuña por Rosario, y los calculados desdenes, de mujer fuera de su romántica época, de la entonces señorita Rosario de la Peña.
En conclusión, si Nocturno a Rosario, no es una pieza histórica, ni biográfica de la época siquiera, si a lo largo de toda ella se hace alarde de ignorar cuanto a la vida material de Acuña se refiere, ¿porqué llamar a los personajes por sus nombres y apellidos, no solo en el reparto de la pieza, sino a lo largo y a lo ancho de todas sus escenas? Imagine el lector que en el año de la muerte de Acuña, uno después del estreno de su drama El pasado, don Ignacio Ramírez andaba en los sesenta y tres años de su edad, y que es muy difícil que alternara como un camarada más con Acuña que acababa de cumplir veinticinco, con Flores que andaba en los veintitrés y con Peza que apenas había cumplido veintiún años...
La silueta de la protagonista, como Rosario de la Peña, es aparte de injusta, cruel y calumniosa, desdichada. Cantón crea una vampiresa de los primeros veinticinco años de este siglo. En cuanto a la silueta de Chole, mujer humilde del pueblo, que alegraba las inopias de los estudiantes de su tiempo, es falsa en absoluto en cuanto a la verdad histórica y también como personaje secundario de aquellas épocas, y más contribuye a ensombrecer, que a favorecer la discutidísima silueta que Cantón traza de Acuña, haciéndole parecer perverso, malvado, atolondrado, capaz de abofetear a Rosario en su propia casa, y de tratar sin humana consideración a una desdichada lavandera.
¿Por qué no se limitó Cantón a provocar la curiosidad del público llevando a la escena esos personajes inventados, sin colgarles los apellidos que los denuncian e identifican? Con haber precisado: Época, la del poeta Manuel Acuña, en la ciudad de México, 1873, no habría caído en la calumnia literaria y social.
Veremos en próxima crónica lo que es esta pieza de Cantón sin considerar a sus protagonistas como seres que vivieron, amaron y murieron. Simplemente, como personajes creados por un autor para moverse entre las paredes de una sociedad de fines del siglo XIX mexicano.