FICHA TÉCNICA
Título obra Ana Karenina
Notas de autoría León Tolstoi / autor de la novela homónima; Seki Sano, Dagoberto Guillaumin, Rodolfo Valencia / adaptación teatral
Dirección Seki Sano
Elenco María Douglas, José Gálvez, Gabierla Nájera, Aurora Cortés
Escenografía David Antón
Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Ana Karenina, de León Tolstoi por María Douglas, Carlos Navarro y Seki Sano". Novedades, 1957. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
Novedades
Columna El Teatro
Ana Karenina, de León Tolstoi por María Douglas, Carlos Navarro y Seki Sano
Armando de Maria y Campos
Tengo para mí que, con excepción de La guerra y la paz que continúa teniendo formidable actualidad, toda la obra de León Tolstoi pertenece ya al museo literario universal. León Tolstoi (1828-1910) mismo es un mito, una reliquia. Y sus obras de teatro más reliquia todavía. Hace años que no se representan en ninguna parte, pasado el propósito de agitación que movió la pluma del gran ensayista ruso a escribirlas. Pocos se acuerdan de El poder de las tinieblas (1886); Los frutos de la instrucción (1889); El cadáver viviente, publicación póstuma, 1911); La causa de todos; La familia contagiada; Pedro el panadero y El pintor destilador, traducción de Cristóbal de Castro que figura en su Teatro grotesco ruso. Aparte de ésta, sólo está traducida al castellano El cadáver viviente. León Tolstoi, como autor dramático, no se pierde de vista.
Ana Karenina es una de sus más famosas novelas; escrita después de que La guerra y la paz lo consagrara universalmente. Esto favoreció mucho su difusión. Fue publicada en 1876. El argumento es sencillo y la acción clara y lógicamente desarrollada: una mujer de la alta sociedad rusa, la protagonista y la que da nombre a la novela, se enamora de un joven oficial llamado Vronski, y después de haber luchado y sucumbido abandona a su esposo y a su hija, acabando por suicidarse arrojándose al paso de un tren. Paralelamente a esta trágica historia, se desarrolla un romance entre un noble propietario, llamado Levín, y la hermana de Ana que, después de casados, se establecen en el campo donde viven dichosos practicando las ideas de renunciación en lo que la vida práctica les permite. ¿Puede interesarnos ahora esta literatura? Sólo se explica la incorporación al teatro de la novela Ana Karenina, si tenemos en cuenta que León Tolstoi, místico, internacionalista y pacifista, fue en cierto modo precursor del comunismo ruso. En el fondo fue nihilista lírico y melancólico sumergido en la duda y en la desesperación por no saber descifrar –esto nos pasa un poco a todos– el misterio de la vida. Sus compatriotas convirtieron su casa en Museo con recuerdos de su vida y de su obra. Durante largos años la población rusa y el turismo extranjero visitó con reverencia el Museo Tolstoi. Durante la invasión nazi fue arrasado brutalmente todo el tesoro artístico y espiritual reunido en Yasnaia Poliana, aunque respetada su tumba, que se encuentra en un bosquecillo cercano.
Ahora el inquieto director teatral chinojaponésruso Seki Sano, nos ofrece sorpresivamente una versión teatral, largamente preparada, de la un poco caída en lectura novela, Ana Karenina. Y en forma parcial, porque en la libre adaptación que hicieron el propio Seki Sano, Dagoberto Guillaumin y Rodolfo Valencia, suprimieron el conflicto de la hermana de Ana. Los autores revelan que esta su adaptación está inspirada en alguna remota del Teatro de Arte, de Moscú. Lo cierto es que el señor Seki Sano, dejando correr su imaginación asiática y, como es costumbre empeñado en dar al público de México grandes espectáculos aprovechando cualquier obra, mezcla todos los géneros y estilos teatrales conocidos desde el Teatro Libre, de Antoine, y nos da una Ana Karenina impregnada de realismo imaginativo, iniciándola como espectáculo de trajes, muebles simbólicos –sobre un ciclorama negro– bailes y frivolidad. Desde el cuadro sexto –en el hipódromo de Krásnoye Selo– la pieza deja de ser novela escenificada para transformarse, un poco más, teatro. Pero el director no abandona el estilo expresionista, para sacar más partido a la parte visual de su espectáculo que al realismo de la historia del vulgar adulterio de Ana y Alexei.
El expresionismo es –como se sabe– un esfuerzo para demostrar la realidad interna en términos no realistas con el uso de la abstracción, simbolismo o deformación. Este método, la "taquigrafía del expresionismo", como la llamó Macgowan, fue un medio excelente para la sátira y el comentario social, y ofreció al mismo tiempo una excelente oportunidad para escenografías y representaciones imaginativas. Ya un poco pasado todo esto, Seki Sano lo emplea con acierto y fantasía y también recurre a los toques realistas –exhibir notoriamente grávida a Ana, y a esta en el lecho de parto. Todo presentado con impresionante riqueza y suntuosidad. Es ésta, como todas las suyas, una interpretación con deseos de "empatar", pero constituye un agradable, interesante ya ratos frívolo espectáculo, contrariando un poco el propósito del director, que creyó contar con un villano; la sociedad rusa, que, en rigor de la verdad, no aparece con perfiles característicos, por lo menos para desempeñar tan difícil papel en un melodrama de adulterio.
María Douglas, actriz cerebral por excelencia y que tiene devoción por el estudio, logró una Ana Karenina como la deseaba su director: espectacular sobre todo. Tuvo momentos en que realmente llegó al público, y otros en que simplemente dijo con maestría y dominio las encontradas pasiones de un personajes de psicología difícil. Ana Karenina queda, sin embargo, incorporada a la galería de los mejores aciertos de la Douglas. José Gálvez, como Karenin –ingrato papel de marido engañado–, compuso un tipo de melodrama muy asiático, del siglo pasado. Carlos Navarro, frío de temperamento y con escasa voz, no fue el galán tolstoyano tormentoso de la novela. Pero completó con discreción el triángulo fatal. El resto del largo reparto, imposible de citar, se mostró muy seguro. Se recuerda la belleza de Gabriela Nájera y la buena dicción de Aurora Cortés. David Antón ambientó con escenografía de realismo imaginativo, de buen gusto, los dieciséis cuadros del espectáculo que abunda, por cierto, en numerosos y a veces bien logrados efectos de sonido.