FICHA TÉCNICA
Título obra Viaje de un largo día hacia la noche
Autoría Eugene O’Neill
Notas de autoría Mary Martínez y José Luis Ibáñez / traducción
Dirección Xavier Rojas
Elenco Isabela Corona, Augusto Benedico, Jorge del Campo, José Alonso
Escenografía Antonio López Mancera
Espacios teatrales Teatro El Granero
Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Estreno de Viaje de un largo día hacia la noche, de Eugenio O'Neill". Novedades, 1957. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
Novedades
Columna El Teatro
Estreno de Viaje de un largo día hacia la noche, de Eugenio O'Neill
Armando de Maria y Campos
Viaje de un largo día hacia la noche es un viaje póstumo, suerte de testamento literario de un escritor genial que no conoció limitaciones técnicas ni de estilo ni de enfoque cuando quiso decir algo; de un dramaturgo además de original, personal y polifacético en grado desconcertante. A O'Neill nada humano le fue nunca extraño y por eso su arte es perdurable. No hay en su teatro, nunca lo hubo, ni sombra de narcisismo. Bien se advierte esto a lo largo de su obra póstuma y definitiva:; reconocer en sí mismo los elementos propios y de todo ser humano, el mal y el bien, la bondad y la intolerancia, el amor y el odio. O'Neill explica por última definitiva vez la fuerza de perdurabilidad de sus creaciones. Y el drama de excepcional calidad que es Viaje de un día largo hacia la noche, cuya acción se desarrolla en la sala de la casa de verano de la familia Tyrone (que es la suya propia) un día de agosto del año 1912, no sólo rubrica este secreto de su arte, sino que es también un tremendo acto de amor por el hombre, acto de O'Neill que nace de una total comprensión de sí mismo, desandando el pasado, al través de sus orígenes, hurgando en las raíces de su propia alma, y asomándose, sin piedad ni miedo, pero con serenidad absoluta, a las aguas turbias de la vida de sus padres, de su hermano...
Para quienes lo ignoren, repetiré aquí la historia de cómo esta extraordinaria pieza póstuma de O'Neill fue entregada al público, El testamento de O'Neill especificaba que su obra autográfica escrita en 1940 fuese conservada en alguna caja fuerte durante veinticinco años después de su muerte; porque su hijo Eugenio, Jr., resentía este despiadado desnudamiento de las trágicas debilidades de su familia, y el dramaturgo respetaba sus deseos. En 1950 el joven Eugenio se privo de la vida. Sus hijos supervivientes Oana, mujer de Chaplin, y Shane, un drogadicto que se presentó como paciente voluntario en un hospital de narcóticos de Norteamérica, estaban, propiamente, cortados del testamento paterno. Después de una serie de peripecias que no vienen al caso traer a una crónica breve, Viaje de un largo día hacia la noche, fue entregado al público de Estocolmo, después de levantado el veto que debía abarcar un carto de siglo. A poco fue estrenado en castellano, en Buenos Aires por Francisco Petrone en el James Tyrone, que es en la vida real James O'Neill, el padre de Eugenio, ilustre actor norteamericano descendiente de irlandés que hizo famoso el melodrama El conde de Montecristo. En seguida fue llevado a un importante teatro de Nueva York, confiándose la creación de la familia O'Neill a Federic March, Florence Floridge, Bradford Dilman y Jason Robards, hijo. Toca ahora su turno a México y ocupar el cuarto lugar –que yo sepa– entre los países amantes del teatro que presenta a su público más inteligente esta soberbia pieza de O'Neill, creada con perfiles de excelencia, magnífica en verdad, por talentosos y consagrados actores del país.
Viaje de un largo día hacia la noche, es la versión dramática, desnuda y humana de la vida dolorosa de la propia familia de Eugenio O'Neill, un sincero hasta el escalofrío relato autobiografiado de su propia adolescencia, con el padre actor ya por oficio y afecto a beber sin pausa; su madre drogadicta; su hermano mayor, inteligente y disipado, pero borracho, y él mismo, según era el año de 1912, talentoso ambicioso, cargado su corazón de poesía dramática y gravemente tuberculoso. Con tales elementos, que parecen sacados por mano experta de charca pestilente, O'Neill construye con esa extraordinaria seguridad que da el mirar serenamente un trágico pasado superado, una obra cuya sencilla composición denuncia el genio de quien con aparente facilidad muestra a la generación presente y deja para las futuras una obra maestra. Tan cargada de realidad navega por canales de vicio y amargura esta pieza de O'Neill que al par que se nos encoge el corazón, se nos llena de hiel la boca y de asombro el entendimiento. Seguimos con los cuatro Tyrones ese estrujante viaje de un largo día hacia la noche, como si hubiéramos permanecido todo un día de agosto, contemplando por una ventana de las ocho de la mañana alrededor de la media noche, la vida de una familia torturada por los vicios, la angustia, la desesperación y por ese extraño afecto en que se mezclan en partes iguales el amor y el odio.
Conocemos esta pieza de O'Neill al través de una traducción de Mary Martínez y José Luis Ibáñez muy comprimida pero en la que creemos que no se ha podado nada de lo que es fundamental de ella. Está hablada en lenguaje corriente y a veces muy corriente– pero muy natural.
La interpretación es soberbia por los cuatro costados que son; Mary Tyrone, James Tyrone, Jimmy Tyrone y Edmundo Tyrone; Isabela Corona (Mary) está eminente de principio a fin. Esta es, a mi ver y entender, la mejor actuación que como actriz dramática le he visto, y conste que lo sigo desde que abandonó la recitación por las tareas escénicas en actividades teatrales universitarias. Voz que sufre, gesto que convence porque retrata los contradictorios sentimientos del alma y además patético lo mismo cuando sus manos están dominadas por la parálisis, y son como garras, que cuando la droga las torna suaves y tersas para la caricia. Su Mary Tyrone la consagra como indiscutible primerísima actriz dramática. Augusto Benedico, cuyo talento, constancia y estudio le han permitido cuajar una gran personalidad de primer actor, está también en eminente primer actor. Su voz convence, su gesto emociona y su ademán subraya a aquélla y afirma a éste. Tiene escenas difícilmente superables, como aquélla, en el tercer acto, en que, borracho, dialoga con su hijo menor que lo está más que él. Otra, aquella en que el dolor lo derrumba convertido en llanto, cuando advierte que, a pesar de todo, su mujer va a inyectarse la droga fatal. El joven actor Jorge del Campo, como el menor de los Tyrones (o sea el propio Eugenio O'Neill en 1912), no desmerece al lado de Isabela y Benedico, y con esto creo que se le hace justicia a su excelente interpretación. Finalmente, José Alonso completa el patético cuadro de esta trágica familia con emocionada dramaticidad. Una sola observación: ¿Por qué estos jóvenes actores no se maquillan un poco para dar mejor la impresión de viciosos? La dirección de Xavier Rojas, erizada de obstáculos, muy acertada, sobre todo si se tiene en cuenta que necesita poner en constante movimiento a los actores para que puedan ser vistos por los espectadores de las cuatro granaderías que enmarcan el escenario en círculo del Teatro del Granero. La escenografía de López Mancera, sobria, funciona bien.