FICHA TÉCNICA



Elenco Carmen de Lirio

Espacios teatrales Teatro Lírico

Notas Comentarios sobre el teatro de variedades con motivo del debut de Carmen de Lirio




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "El debut de la vedette Carmen Lirio y algo sobre el arte frívolo". Novedades, 1957. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



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Columna El Teatro

El debut de la vedette Carmen Lirio y algo sobre el arte frívolo

Armando de Maria y Campos

El viernes último –4 de enero– debutó en el teatro Lírico, de la ciudad de México, pisando firme y garbosa la vedette Carmen de Lirio. Cordobesa de nacimiento y criada en Barcelona como hija de catalanes, María del Carmen Santa Forns nació para el arte frívolo el año 1949, detrás de un micrófono de la ciudad Condal, apenas salida de la adolescencia. Morena en piñón, ojiverde, crencha de ébano, físico torneado a escala de femenina proporción. Carmen de Lirio es una mujer con ángel –que decimos Ios que no gustamos de emplear terminajos de extranjis para definir cuando una mujer enciende la sangre y después esclaviza la voluntad.

Carmen de Lirio tiene su breve historia teatral. O, mejor dicho, hasta nosotros ha llegado algo de la breve historia teatral de Carmen de Lirio, a quien de mocita y por espigadilla nombraban Lirio en el hogar paterno, y de allí su extraño nombre de tablas. Dije que se dio a conocer detrás del micro, y así fue. Participó en un concurso radial barcelonés que consistía en imitaciones de artistas famosas. Cantaba primero el concursante, y después se colocaba un disco del artista imitado. Carmen imitó a Conchita Piquer –cantando Guapa, guapa; Cría cuervos y La lirio– y logró el primer lugar. Un empresario a caza de novedades contrató a los triunfadores, Carmen entre ellos, formó una compañía y la presentó en teatro con la revista titulada Escuela de estrellas. La obra se hizo centenaria y Carmen se dio a conocer. Siguió a ésta, la Escuela de vampiresas, y Carmen empezó a gustar del néctar de la fama. Contaba, para triunfar, con belleza y juventud, gracia, garbo v picardía. Ya como primera figura actuó en otra revista afortunada: Esta noche no me acuesto, a la que siguió Te espero en el Cómico –de Barcelona, por supuesto– y otra más: De Cuba a España, espectáculo afroespañol, en la que empezaron a tomar forma sus cualidades de maquietista. En plena euforia teatral como vedette y maquietista fue incluida en la revista internacional Turrifa Broadway, con la que se hizo ver y logró triunfar ante los públicos frívolos y sensitivos de Roma, Milán y Trieste. De vuelta a España, ya vedette sin disputa ni regateo, toda de gracia y picardía hasta los pies vestida (o desnuda, según la imaginación de quien la mirara), actúa como eje de atracción en la revista Música v mujeres que se monta para Madrid v Barcelona. Todo esto ha ocurrido, ya lo habrá adivinado el lector, ayer o antes de ayer, más o menos.

Carmen de Lirio rindió al público del Lírico desde su aparición en la escena, junco de picardía, lirio de frivolidad. Y esto a pesar de los boys que la desacompañaron en su aparición inicial, y de las guapas chicas de Chelo la Rue que le corearon un vibrante y castizo chotis. Afortunadamente –loado sea el dios de la frivolidad– Carmen canta sin micrófono. Después representó con Verdaguer, excelente cómico como se sabe, un diálogo picante y... movido; hizo el paseo por la pasarela, canto nuevamente con intención y gracia, y demostró, en suma, que hav en ella una vedette, que no es lo mismo –pero hay que decirlo– que cancionista o cantaora, que bailarina o bailaora. Carmen de Lirio es, en el más ágil sentido de la frivolidad por lo que hasta ahora le hemos visto, una moderna vedette española. Lo que haya de más hondura en su arte fino y pícaro, se verá más adelante, cuando su gracia hunda mejor sus raíces en la escena mexicana y luzca en mejor cuadro su interesante personalidad y turbadora belleza física.

Viendo a Carmen de Lirio me sentí envuelto en recuerdos, no por recientes totalmente ignorados por los públicos de ahora. Cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando.

La modalidad escénica que durante mucho tiempo se conoció con el nombre de variedades (ahora se les llama atracciones) hizo su aparición en España, y desde luego en México, en los finales del siglo XIX, importada a la península de Francia bajo la denominación de género ínfimo. Era un espectáculo alegre que alarmó a las morigeradas autoridades de entre siglos, que ordenaron la clausura de los pequeños salones donde actuaban las variedades, a los que, por cierto, no asistían las señoras y los caballeros que mantenían el culto al género estaban conceptuados como de dudosa responsabilidad. La prohibición fue consagración del género allá y acá.

Las coupletitsas y bailarinas de hace medio siglo y pico trabajaban indefectiblemente con mallas. Las mallas eran unas horribles medias de algodón, de un tono rosa febril y espesor que debía resultar un suplicio, y se consideraba un delicioso pecado ver a una coupletista acorazada de lentejuelas, con las faldas hasta los tobillos los escotes bastante más reducidos que los que lucían las señoras de nuestra alta sociedad en las funciones de ópera del Arbeu, cantando cosas que hoy no escandalizarían a las niñas que ven los domingos por televisión los cuentos de Enrique Cachirulo Alonso. Recuerdo inseparable de mi niñez es la soberbia figura de Lydia de Rostow, turbadora e inmóvil dentro del mallón, como estatua de carne, y Ia inquietante silueta de Sacramento García, constelada de lentejuelas, la falda ceñida a la cadera y espumante de faralaes al llegar al tobillo elástico y prometedor.

Repentinamente –lo recuerdo como si fuera ayer– coupletistas y bailarinas adquirieron el mayor prestigio, y dejaron de ser consideradas –en México y en España, tal vez en Buenos Aires– como enemigas de la tranquilidad pública, para ascender a los mejores coliseos, donde actuaron como fines de fiesta. Una artista excepcional, Aurora Joufret, llamada La Goya, dio máxima categoría en España al género, por cierto cantando una tonada de México, el Ven y ven... Año, 1911. Diez después tendría yo la satisfacción de dedicarle un librillo. Los lidiadores, que tuve la fortuna de que fuera prologado por Ignacio Sánchez Mejía, extraordinario torero, inolvidable amigo.

Cuanto recuerdo viendo –qué dicha– y oyendo –qué deleite– a Carmen de Lirio. De sus frivolidades me ocuparé otra vez, cuando la conozca mejor, y de seguro que no podré evitar que el río de los recuerdos siga su curso fatal, como lo dljo Jorge Manrique, que no sabe lo que se perdió al irse de esta vida sin conocer y tratar a coupletistas y bailarias, troteras y danzaderas al fin de cuentas.