FICHA TÉCNICA
Título obra Siete gritos en el mar
Autoría Alejandro Casona
Grupos y Compañías Compañía de Antonio Bravo y Luis Beristáin
Elenco Antonio Bravo, Luis Beristáin, Enrique Díaz Indiano, José Baviera, José Elías Moreno, Víctor Velázquez, Enrique García Álvarez, Manolo Nogales, Eva Calvo, Rebeca Iturbe, Luz María Aguilar
Escenografía Manuel Fontanals
Espacios teatrales Teatro Virginia Fábregas
Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Siete gritos en el mar, de Alejando Casona, En el nuevo teatro Fábregas". Novedades, 1956. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
Novedades
Columna El Teatro
Siete gritos en el mar, de Alejando Casona, En el nuevo teatro Fábregas
Armando de Maria y Campos
Alejandro Casona es, aparte Federico García Lorca, el autor español más universal de los últimos veinte años. Con la circunstancia de que la universalidad del teatro de Casona no se apoya en el mensaje social que en gran parte abrió las puertas de los principales escenarios de Europa, Asia y las dos Américas al poeta de Granada. Casona debió su primer triunfo a una pieza cargada de sugerencias poéticas –La sirena varada– y aunque en los más agitados años de la República española su comedia Nuestra Natacha fue banderín de izquierdismo, Casona, fuera de España desde los principios de la guerra intestina, abandonó el teatro de agitación política, se entregó a una labor de creación poética conformada a las necesidades del teatro comercial, y no volvió a situar sus comedias, todas de gran calidad literaria, "en algún lugar de España", no obstante que algunas parecen aromadas por los dulces aires de su Asturias natal.
A su paso por México concluyó y estrenó entre nosotros Prohibido suicidarse en primavera, y escribió y también vió representada por primera vez en nuestro país, El romance de Elsa y Dan. Partió para Argentina, donde desde entonces reside y es considerado como uno de los autores dramáticos contemporáneos más originales e intensos. Como ha concretado con mucho acierto A. Bianchi en Nosotros, Buenos Aires, 1936, en el teatro de Casona consiguen sorprendentes y seductores efectos los entrecruces de las evocaciones poéticas, el realismo impresionista y la exposición llena de novedad y de audacia. Sus tipos, que, a veces viven en planos de ensueño, no pierden jamás nada de su humanidad cálida y afanosa. Ingenioso, graciosamente irónico, profundo de ideas, exquisito de sensibilidad, Casona ha traído al teatro español –no importa que escriba desde la Argentina– la transformación a la hora presente. Puede afirmarse de él que tiene una importancia tan decisiva como la que ganó Jacinto Benavente en su primera, brillante y fecunda época.
La dignidad literaria, el señorío en el diálogo, el ingenio fulgurante y la fina sorpresa que el espectador encuentra en todo los personajes, hacen de las comedias de Casona a un espectáculo para espectadores selectos, y como es un hábil creador de efectos teatrales y descubridor de recursos escénicos, su trato aúna la calidad que exige el buen público y la agilidad y la gracia que precisa dar al espectador término medio que marca en las taquillas el clímax del éxito.
Siete gritos en el mar, la comedia en tres actos de Casona recién estrenada en el nuevo Teatro Fábregas por la compañía que dirigen Antonio Bravo y Luis Beristáin, no desmiente su origen. No importa que, como ha denunciado la crítica cominera, el autor retome un argumento tratado con singular acierto por Souton Vanne en El viaje infinito, o por Benavente en La mariposa que voló sobre el mar. Siete pasajeros de primera de un trasatlántico de lujo saben, por determinadas y teatrales circunstancias, que están viviendo sus últimas horas la noche de Navidad. Casona los hace hablar a los siete, gritar propiamente –de ahí el título fulgurante– y como todos los que están a punto de abordar la barca de Caronte –en este caso, trasbordar– monologan y recuentan su vida con emocionada, impresionante e inexcusablemente sinceridad. Habrá quien opine que no todas las situaciones que plantea tan inusitado suceso son igualmente brillantes, lógicas o conmovedoras; a algunos les parecerá que, como es habitual en Casona, el arranque de la anécdota –el primer acto–, es magnífico; otros opinarán que la actuación decae, porque se repite la situación, durante el acto segundo; no faltará quien considere manido y aún facilón el recurso onírico que vienen a resolver los siete gritos que dieron en altamar los siete condenados a muerte en lo mejor de su vida. Pero el resultado será, enlógica teatral, una opinión favorable a una pieza teatral vestida a dignidad y elegancia poética.
En la versión presentada por Bravo y Beristaín en el Fábregas, intervienen actores de gran valía en México, Particularmente del género masculino. Antonio Bravo logra una notable creación del profesor de Ironía, que dice con soltura y sobriedad. Luis Beristían, en el rol más ingrato de la obra –Juan de Santillana–, se desenvuelve con mucho dominio. Enrique Díaz Indiano confirma su calidad de actor en la escena de "su grito", o su monólogo. José Baviera extrema, tal vez, la dignidad de su Aarón Pertur; José Elías Moreno se desenvuelve con naturalidad, tanta, que a veces da la impresión de que no representa, como el capitán viejo. Víctor Velázquez está seguro, natural y simpático como el capitán joven. El resto de los actores, a la cabeza Enrique García Álvarez, y Manolo Nogales, como el pasajero de tercera, cumple con sobriedad y decoro. La falla de la interpretación se localiza en el equipo femenino. Eva Calvo, muy hermosa y bien vestida, no logra escalar la cima en que debe actuar la gran dama que simula ser. Muy hermosa, también, Rebeca Iturbide roza apenas su difícil y complicado personaje, y no supera su actuación como maniquí viviente anunciando en la TV y en los noticieros de cine. En aquella actividad parecía insustituible... La joven y también muy hermosa Luz María Aguilar desempeña con buena voluntad y falta absoluta de facultades el más bello personaje femenino (la frustrada suicida) de la bella comedia de Casona, que está montada por Manuel Fontanals con la sabiduría, el buen gusto y la estática funcional que hicieron de él uno de los primeros escenógrafos de esta época.