FICHA TÉCNICA
Título obra Divorciémonos
Autoría Victorien Sardou
Notas de autoría Salvador Novo / adaptación
Dirección Manolo Fábregas
Elenco Silvia Pinal, José Gálvez, Manolo Fábregas
Escenografía Julio Prieto
Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Versión moderna de la comedia Divorciémonos de Victoriano Sardou". Novedades, 1956. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
Novedades
Columna El Teatro
Versión moderna de la comedia Divorciémonos de Victoriano Sardou
Armando de Maria y Campos
El dinámico animador teatral Manolo Fábregas resolvió montar con postura moderna apoyada en una escenografía fastuosa y en un vestuario de época deslumbrante, la divertida comedia Divorciémonos, del famoso autor teatral Victoriano Sardou (1831-1908), que fuera de éxito de París el año 1880 porque en ella trató un asunto de extraordinaria actualidad entonces en Francia: el divorcio. Sardou fue un habilísimo constructor de comedias y que tocó todos los géneros el frívolo, el melodramático y aún el histórico, y compuso con el tema del divorcio, entonces en puerta en Francia, una comedia frívola, demostrando que la separación conyugal era fácil de evitar si, para eliminar al amante, y destruir el triángulo, el marido sabía portarse como aquél. A México llegó esta comedia el año 1888 en el repertorio de la compañía que dirigía el actor español Leopoldo Burón y de la que era primera actriz la deliciosa hispanocubana Luisa Martínez Casado. Su primera representación ocurrió el 27 de junio de aquél año, según versión española de Ceferino Palencia, quien la había hecho para que la representara en los teatros de Madrid su esposa la primera actriz María Alvarez Tubau. Las crónicas mexicanas de aquel tiempo aseguran que la Martínez Casado estuvo encantadora. Años después, y también con Burón, interpretó la protagonista, Cipriana, la actriz Josefina Duclós. Y años más adelante Burón eligió esta obra para presentar –30 de abril de 1892– a la actriz aficionada Virginia Fábregas, quien no gustó a la crítica porque, al parecer, aunque bellísima, estaba inmadura. Es decir, que no tenía autoridad suficiente para con su sola presencia –belleza, elegancia– opacara el recuerdo de la Martínez Casado, de la Duclós. Por otra parte, Burón estaba más que maduro para convencer en el Enrique de Prunelles.
Niño aún, vi a la Fábregas, en unión de su esposo Francisco Cardona, crear Divorciémonos. Me pareció adorable, y su recuerdo me persiguió por años, hasta, que en 1927, ví a María Tereza Montoya como la Subyugante Cipriana de Sardou.
Indudablemente Divorciémonos ha envejecido. Sin embargo, representada "como en su tiempo" será siempre un documento. La joven y bella actriz Silvia Pinal soñaba crear el personaje protagonista de esta comedia con tanta tradición entre nosotros. La representó una noche ante las cámaras electrónicas, sin gran suceso. Desde entonces Manolo Fábregas también quería recrearla como espectáculo moderno, siguiendo el ejemplo de García Lorca con algunas obras de Lope de Vega, La dama boba, entre otras. ¿Qué hace falta para modernizar, recreándola, una obra de otros tiempos? En primer término, airear, vitaminizar, el diálogo. Fábregas encontró el alquimista ideal: Salvador Novo. El exquisito escritor de Torreón rejuveneció, frivolizó el diálogo de Sardou. En seguida había que pensar en la postura escénica. También Manolito encontró el realizador indicado: Julio Prieto, quien, como de costumbre, se adelantó al autor, y aún a los intérpretes, para que se le viera primero que a nadie. Ideó, compuso, una escenografía como todas las suyas, epatante. Indeciso entre un ambiente de romanticismo decadente y un clima de pícara cursilería, acertó venturosamente en su escenografía para los dos primeros actos; no así en el tercero, que debe desarrollarse en el íntimo ámbito de un reservado para aventuras galantes. Primero imaginó un escenario en el que la aventura deja de ser discreta para convertirse en un espectáculo que disfrutan un maitré y tres camareros. Rompió la intimidad de una aventura perfumada de picardía para lucir mejor sus extraordinarias dotes de productor de escenografía fastuosa. La expresión suntuaria de esta versión de Divorciémonos está a tono con la escenografía; los modelos que luce la encantadora Silvia Pinal son como estampas animadas de aquella época que ahora se nos antoja de tan fina cursilería y que, por supuesto, nada tienen que ver con el romanticismo, que en 1880 empezaba a sufrir su crepúsculo.
Manolo Fábregas prerfirió dirigirla con un aire de farse, mucho más espectacular y menos difícil que el suyo de comedia frívola, y no podía ser de otro modo para estos días en que un divorcio equivale a apurar un vaso de agua. De los tres personajes del triángulo –la esposa provinciana, el esposo y el amante–, Silvia Pinal creo el suyo dentro de las líneas de la comedia estricta. Está encantadora, elegantísima, pero, recordando las críticas al debut de la Fábregas, diría que carece un poco de autoridad como actriz a punto de cuajar. Nadie duda que es una de nuestras actrices más hechas. Sin embargo, le falta un punto de madurez no obstante su deslumbrante carrera como actriz del ecrán. Manolo Fábregas, como el marido, tiene escenas muy afortunadas, y en todo momento revela como en él va cuajando el oficio de representar. El galán colombiano José Gálvez entendió el personaje del amante como un tipo de farsa desorbitado. Creo que sufrió lamentablemente y peligrosa equivocación. No siempre quien provoca hilaridad triunfa en serio, y, menos, como amante, porque quien no sale de una situación permanentemente ridícula es muy difícil que rinda corazones provincianos, así sea el de la ingenua Cipriana de las postrimerías del romanticismo europeo.
Divorciémonos constituye, al fin de cuentas, un gran espectáculo antiguo y moderno a la vez. La interpretación está muy cuidada y la presentación es realmente deslumbrante. El público se divertirá mucho y nadie podrá en duda que está en presencia de un gran espectáculo.