FICHA TÉCNICA



Título obra Las manos de Dios

Autoría Carlos Solórzano

Dirección Allan Lewis

Elenco Magda Guzmán, Gustavo Rojo, Alfonso Cstaño, Francisco Llopis, Norma Acosta, Alfonso Aranda

Escenografía Miguel Covarrubias

Coreografía Elena Noriega




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Las manos de Dios auto de libertad, de Carlos Solórzano". Novedades, 1956. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Novedades

Columna El Teatro

Las manos de Dios auto de libertad, de Carlos Solórzano

Armando de Maria y Campos

Carlos Solórzano ha escrito un auto en tres actos. Un auto de la libertad, no un auto sacramental o un auto del nacimiento que fundan estas composiciones teatrales peculiares de la decorativa española, que tuvieron vida muy intensa y extensa y aceptación enorme de público durante los siglos XVI a XVIII. Tenían por objeto, como se sabe, la demostración de una verdad cristiana, y bajo la forma de una parábola en acción estaban destinadas a transformar un dogma inteligible en una admirable demostración. En ellos figuraban personajes de la historia santa y otros abstractos, como la Grecia, la Fe, la Muerte, la Justicia, el Mahometanismo, el Pecado...

El autor de Las manos de Dios, que cree "que el concepto de libertad está en mitad del camino entre lo que un pueblo ha sido enseñado a creer ancestralmente y lo que otras fuerzas actuales tratan de hacer que crea", y a quien le interesa "el teatro en tanto que es la única expresión de arte capaz de plantear ante nuestros ojos con hombres y mujeres vivos el destino humano y sus interrogantes", escribió esta pieza que yo considero que resume todos los elementos simbólicos y dramáticos del auto español, como un recurso escénico para desde el monólogo hasta el debate, dar una lección teatral de las horas difíciles que se vive en tantos pueblos de Iberoamérica, que se preguntan, unos en voz alta y otros desde lo más profundo de su angustia: ¿donde está la verdad? Dios y el hombre frente a frente, el líder abstracto diabólico o mefistofélico, frente al hombre y frente a la Iglesia. Estos son los personajes un simbólicos de una historia como hay tantas, que provoca un conflicto espiritual para unos; de angustia y desesperación para otros, de conveniencia y criminal disimulo para quienes así les conviene, y que deja en pie la interrogante angustiosa: ¿Cuál es el bien?

Carlos Solórzano es, sin duda, uno de los autores de América, tal vez Impar, que escribe teatro para denunciar problemas humanos, en este caso uno de los muchos característicos y de los pueblos nutridos como sangre española, con serenidad y valentía poco común. Es, además, fundamentalmente, un autor de teatro, si por esto entenderemos quien sabe ver, exponer y desarrollar con dramática sinceridad, un conflicto de doble acción –la interna y la externa–, con la simplicidad temática de quien sabe que la escena exige reglas inexorables. En Las manos de Dios, cuyo asunto es bien sencillo: una pobre muchacha lucha por salvar de cárcel injusta a su hermano inocente, oye la voz del forastero, que para quien así lo entiende es la del Ángel Malo y para otros es la de la razón y la justicia, que le devela el misterio convencional del temor a Dios, y la de un carcelero que le señala el camino para recuperar algo de lo que el pueblo ha puesto en manos de Dios –joyas compradas con el producto de las limosnas de quienes dan lo que no tienen a quien todo lo tiene lo mismo en la tierra que en los cielos–; venderlas y con un producto comprar la libertad. Pero Beatriz topa con la Iglesia... (Con la Iglesia hemos topado, Sancho, dijo una vez don Alonso a su escudero, y ambos se volvieron para atrás). Y nada puede ya, porque en realidad ella es la que está verdaderamente presa, como el pueblo que ha sido enseñado a creer ancestralmente y le cuesta trabajo lo que otras fuerzas actuales tratan de hacer que crea.

Solórzano compuso una pieza dramática –yo creo que es un auto– profundamente intensa, viva, porque su actuación, simple y directa, está cargada de humanidad. Los símbolos se mueven, hablan y sufren, como personajes, y en esto se finca la rotunda actualidad de su auto, que se apoya, sin embargo, en recursos escénicos muy anteriores a los autos sacramentales o de nacimiento: el coro, de raíz griega, también usado por Calderón y sus continuadores, aquí como ballet mudo que comenta con lento ritmo plástico, y habla por medio de actitudes, ya que no puede hacerlo con la voz, como los pueblos sumidos en la ignorancia.

Las manos de Dios es una pieza bien escrita, dialogada por quien ya sabe manejar lo fundamental del teatro. Bajo la dirección de Allan Lewis, resultó un doble espectáculo: drama y pantomima sobrio e impresionante. Se dirá que el problema queda sin resolver por el autor y por el director. Al autor sólo le corresponde señalar los problemas, al director, darles vida en escena. Al escenógrafo vestirlos como corresponde. En este acto el gran pintor Miguel Covarrubias creó un ambiente exacto con la Iglesia a la izquierda, la cárcel a la derecha y la angustia infinita del campo, al fondo.

Magda Guzmán, ya notable actriz dramática, vive su personaje y como esto quiero señalar la gran verdad con que actúa. Gustavo Rojo, como el forastero, no caló en lo hondo de su personaje simbólico. Alfonso Castaño expresó con gran claridad la miseria del carcelero, y Francisco Llopis compuso un cura, tal vez convencional, pero no por ello menos impresionante para los propósitos del autor. Norma Acosta y Alfonso Aranda bien como la prostituta y el campanero de la iglesia, respectivamente. La coreógrafa Elena Noriega entendió el movimiento y los coros –hombres y mujeres–, como un friso de angustia y desesperación que moviera el dolor.

Las manos de Dios constituye la expresión dramática más seria y responsable del teatro en México estos últimos años.