FICHA TÉCNICA



Título obra Bandera negra

Autoría Horacio Ruiz de la Fuente

Elenco Enrique Rambal

Escenografía Jorge Fernández

Espacios teatrales Teatro Arena

Productores Víctor Junco




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Bandera negra, de Horacio Ruiz de la Fuente, por Enrique Rambal, en el Teatro Arena". Novedades, 1956. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Novedades

Columna El Teatro

Bandera negra, de Horacio Ruiz de la Fuente, por Enrique Rambal, en el Teatro Arena

Armando de Maria y Campos

La empresa –ahora se acostumbra llamar productor– del teatro Arena, a cargo del actor Víctor Junco, ha presentado al público de la ciudad un espectáculo cargado de interés por lo desusado de su técnica de interpretación. Una tragicomedia en dos actos con sólo un personaje, y en la que interviene, por consiguiente, un actor, gran actor ciertamente. La obra Bandera negra; el actor, Enrique Rambal, valenciano de nacimiento y mexicamo por naturalización. El autor de Bandera Negra es Horacio Ruiz de la Fuente, conocido en México en los medios de la televisión, porque otra obra suya, No me esperes mañana, en la que participan estrictamente dos personajes, ha sido puesta en onda electrónica en dos ocasiones distintas, una por el actor español Eduardo Fajardo, cortada para una hora de TV y la otra por Enrique Rambal, y cuyo primer acto, común de dos, epiceno o ambiguo, fue el único que representó ante las cámaras el propio Rambal. Un cuadro de aficionados también ha representado, en un pequeño escenario experimental, No me esperes mañana.

Propiamente, esta es la primera vez que representa para el público comercial una pieza de Horacio Ruiz de la Fuente. Desconocido hasta la instauración del Estado español que encabeza Francisco Franco, Ruiz de la Fuente se señala desde luego con una personalidad de cierta excepción entre los nuevos dramaturgos españoles. Nació en La Coruña, en 1905. Autor, preocupado siempre por imprimir a sus obras, a más de calidad literaria, el sello de su inquietud y originalidad, ha estrenado con éxito, hasta donde alcanzan mis informes: El Infierno frío (1942), El Alma prestada (1944), No me esperes mañana y El jardín secreto (1945); Aurora negra (1950), La novia (1952), Amor de sombras (no estrenada aún, pero ya editada), y La loba blanca, de tipo espiritualista o espiritista, con cierta técnica entre melodramática y del género llamado gran guiñol. Tengo informes de que escribe a gusto y desentendido del inmediato lucro de la taquilla, porque dedicado al comercio de pescado en el Mercado de Abastos, de Madrid, el negocio le da lo suficiente para no depender del azar de los autores y empresarios. Es dueño del secreto de la construcción teatral, como lo revela el hecho singular de que los actos segundo y tercero del primer tratamiento de No me esperes mañana, los ha incluido en otra obra eutanásica, sin que se advierta el acoplamiento. Es habilidosísimo en las obras monodramáticas, como esta que ahora interpreta Rambal, y en La novia, que estrenó Susana Canales en el teatro Español madrileño, con moderado éxito. Tiene en su disfavor en España y a su favor, la indudable generosidad liberal que suponen sus temas preferidos, y si no ha tenido tropiezos decisivos en su contra con la censura, débese a su indudable habilidad para soslayar cuestiones fundamentales intolerables para la moral católica y para la actitud de crudelísima represión política que en España perdura.

Bandera negra es un monólogo en dos actos cuya acción se desarrolla en cualquier país donde exista la pena de muerte, y es un alegato en contra de esta bárbara represalia de la sociedad para quienes privan de la vida a un semejante. La anécdota que sirve de base es auténtica, tomada de la gacetilla roja, según se revelaron amigos españoles. Su autor lo califica de tragicomedia y en su desarrollo administra con extraordinaria habilidad las notas cómica, sentimental y melodramática. Don Valentín Sánchez Mosquera, único personaje, dialoga con un árbol, con un busto de piedra perdido en algún rincón de un jardín, con un farol e intervienen en el diálogo, de manera emocionante, las campanadas de un reloj. El personaje, medio beodo, charla, llora, torea, baila como una bailarina flamenca, ríe y solloza y en general usa de todos los resortes que le marca un autor que trata de halagar las fibras sensibles del público entregado a ese interés suspensivo a que damos el nombre inglés, con acento netamente norteamericano, de suspense. En realidad, y recordando la frase de Gautier cuando sentencia que no hay nada más nuevo como no sea lo viejo, Bandera negra es, sencillamente, un monólogo, o sea una obra teatral escrita para un solo actor.

El monólogo es sumamente difícil que encaje en la pieza dramática, ya que quita realidad a ésta y fatiga casi siempre a los espectadores. Los antiguos lo utilizaron muy poco, porque el coro, siempre en el escenario, no los hacía propicios. En el Áyax de Sófocles, el héroe, moribundo, recita su monólogo mientras el coro permanece en un bosque inmediato. Sin embargo, los monólogos alcanzaron consideración desde el siglo XVI. Son famosos, por lo naturales y hermosos, el de Hamlet, de Shakespeare, y el de Seguismundo, de Calderón de la Barca. El romanticismo exhumó el monólogo. Los personajes apasionados, vibrantes, en su teatro, desahogaban sus cuitas adelantándose hacia las candilejas y volcándolas ante el auditorio emocionado. En España, contemporáneamente, Horacio Ruiz de la Fuente ha modernizado audazmente el monólogo hasta convertirlo en interesantes piezas largas aunque buscando el exclusivo lucimiento de actores o de actrices.

Tal vez parezca a muchos un tanto injusto si digo que a nadie debe sorprender la notable interpretación que Enrique Rambal da al protagonista de Bandera negra, manteniendo suspenso el interés del espectador durante dos largos actos cargados de emoción y divertimiento. No debe extrañarnos, porque Rambal, que nació en el teatro, creció en la escena y ha madurado actuando sin reposo en los más diversos géneros teatrales, incluso la TV, posee un caudal auténtico de recursos de buen cuño para imponerse en todo momento como un actor extraordinario, pese a cierta monotonía de su voz que denuncia su origen levantino. Como Valentín Sánchez Mosqueda está en todo momento gran actor y merece en justicia las tempestuosas ovaciones con que el público premia noche a noche su singular –ahora sí impar– labor.

La escenografía de Jorge Fernández, al servicio del autor y del intérprete, es excelente.