FICHA TÉCNICA



Título obra La muralla

Autoría Joaquín Calvo Sotelo

Dirección Fernando Soler

Elenco Fernando Soler

Espacios teatrales Sala Chopin

Notas Comentarios sobre la obra La muralla




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Estreno de La muralla, de Joaquín Calvo Sotelo, y reaparición de Fernando Soler, en la Sala Chopin". Novedades, 1956. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Novedades

Columna El Teatro

Estreno de La muralla, de Joaquín Calvo Sotelo, y reaparición de Fernando Soler, en la Sala Chopin

Armando de Maria y Campos

Después de más de década y media de permanecer alejado de los escenarios y de ocupar, como bien se sabe, un lugar eminente en la cinematografía de habla hispana, el gran actor mexicano Fernando Soler ha vuelto a la escena, optando para su reaparición en el teatro por la más discutida y la más apasionante también de las últimas comedias de autor español que han triunfado en los escenarios peninsulares, La muralla, de Joaquín Calvo Sotelo, estrenada en Madrid, en el teatro Lara, el 6 de octubre de 1954, y aún en cartel en este coliseo y representada en casi todos los teatros de España, en Buenos Aires, La Habana, Lima, Montevideo, Santiago de Chile, San Juan de Puerto Rico, Alemania, Portugal, Holanda, Brasil e Italia, que pueda yo afirmar.

De Joaquín Calvo Sotelo se sabe poco en México no obstante que algunas de sus obras han sido representadas por televisión, como La visita que no tocó el timbre. Es oportuno, pues, de acuerdo con mi costumbre, dejar consignadas algunas notas sobre la interesante y saliente personalidad de Joaquín Calvo Sotelo. Nació en La Coruña, el 5 de marzo de 1905. Hizo la carrera de Derecho y antes de acercarse a las candilejas desempeñó importantes cargos oficiales en España. Su obra teatral es la siguiente: Una comedia en tres actos, caricatura, en tres actos de una comedia común y corriente; A la Tierra: Kilómetros, 500,000, comedia en tres actos; El rebelde, comedia en un prólogo y tres actos; El alba sin luz, drama en tres actos; La vida inmóvil, comedia en tres actos; El contable de estrellas o Viva lo imposible, comedia en tres actos; Cuando llegue la noche, comedia en tres actos; La última travesía, comedia en tres actos; El jugador de su vida, comedia en tres actos; La cárcel infinita, drama en tres actos, premio de La Real Academia Española; El fantasma dormido, comedia en tres actos; Tánger, comedia en tres actos; Plaza de oriente, comedia en tres actos; Historias de una casa, comedia en tres actos; La gloria en cuarto menguante, comedia en tres actos; Damían, drama en dos partes; Están allí, drama en dos partes; Nuestros ángeles, farsa en tres actos; Cuando llegue el día, comedia en un acto; La echadora de cartas, comedia en tres actos; La señora de Aguirrezabala, comedia en tres actos; La casa del asturiano, drama popular en cuatro actos; El Jefe, comedia en tres actos; Milagro en la plaza del progreso, comedia en tres actos; Criminal de guerra, drama en tres actos; La mariposa y el ingeniero, comedia en tres actos; María Antonieta, drama en tres actos y, al parecer la última, ésta, La muralla.

Fernando Soler vio en España representar La muralla y decidió elegirla para su reaparición en el teatro cuando este suceso largamente esperado por sus amigos y admiradores ocurriera. El asunto que Calvo Sotelo trata, con seguro dominio de la técnica teatral, es apasionante para cualquier espectador católico o no católico. Para alcanzar la gloria eterna, a la vera del Creador, para eludir hundirse en los más negros infiernos, ¿es preciso reparar en la tierra, materialmente, algún grave daño causado con todas las agravantes de las leyes de los hombres y del código espiritual; el despojo de una finca, por ejemplo? Para salvar el alma, ¿es preciso quedarse pobre si se ha disfrutado de una fortuna mal habida, y dejar en la miseria a los suyos –mujer, hija– y manchados por deshonra? Teatralizar este probrema de conciencia, creando personajes de carne y hueso movidos por pasiones bajas y mezquinas; darle una solución lógica –terrenal– que convenza a los católicos, que justifique en parte a los protagonistas, y mantenga a todos en duda si aquel buen hombre arrepentido, que vio a Dios "casi físicamente", como el personaje lo asegura en un momento en que estuvo a punto de cruzar la sutil línea divisoria de todo esto que es la vida y de todo aquello que es la muerte, y alcanzó el perdón supremo y con ello la salvación de su alma, con sólo intentar la devolución de la finca mal habida, no es tarea fácil para un dramaturgo católico además, en obra destinada a públicos que viven dentro de la Iglesia y como creyentes.

El problema que centra La muralla había de costarle mucho tiempo de trabajo al autor, particularmente el fin lógico, sobre todo para los que se quedan en este mundo, y que no desvaneciera la idea de la condenación del alma de quienes no dan pruebas de un arrepentimiento sincero. Calvo Sotelo confiesa: "La comencé (La muralla) en febrero de 1952 y la concluí en marzo de 1954". Consultó el autor a eminencias eclesiásticas, entre otras al actual obispo de Málaga, don Angel Herrera. No extrañe al lector que al parecer divague; lo creo necesario para demostrar cómo el autor responsable no escribe a humo de pajas ni plantea o resuelve problemas a su capricho. Vemos representar tantas tonterías, que cuando llega a la escena un problema que puede interesar a millones de espectadores, vale la pena no dejarlo escapar.

"Yo había convertido al protagonista –escribe el autor antes de consultar al obispo de Málaga–, a Jorge Hontanar, en héroe. Le había llevado a reaccionar, virilmente, contra un medio hostil; le había prestado un fuego de iluminado, de converso, y en el trance supremo se lo retiraba... El espectador quedaba así invitado a ver caer un alma en el infierno. La cosa era grave: el héroe se hacía un pelele. Si pisaba con tanta firmeza al principio (devolver a su legítimo dueño la finca robada), ¿a su claudicación final?, y –por otra parte–; con arreglo a la doctrina de la Iglesia, al morir Jorge Hontanar sin devolver los bienes adquiridos ilícitamente y, por tanto, sin absolución, se condenaba. ¿No había de redimirle a ese destino?" Al autor le preocupaba que su personaje viviera en la escena como si se tratara de un ser físico, de carne y hueso, con su propia angustia. Entonces vino la consulta al obispo. Este opinó.

"...La esperanza de perdón, basada en las dificultades extremas que se oponen al cumplimiento de un deber "no es lícita", si implica una renuncia interna al arrepentimiento y a la reparación. La muralla puede cortar el camino que la conciencia nos señala. Nuestro deber es tratar de atravesarla manteniendo siempre el recto propósito de cumplir la ley moral. Si sucumbimos en la ejecución, estamos libres de culpa. Si renunciamos, empero, internamente a seguir la línea que nos dicte la conciencia, no lo estamos. Si Jorge, en el último momento hubiera llamado a quien despojó y al sacerdote, y éstos hubieran llegado tarde, la finca robada seguiría es manos de la familia, pero Jorge estaría libre de culpa".

El tema da para otros comentarios. Los escribiré oportunamente.