FICHA TÉCNICA
Título obra Zanza y los maridos
Notas de Título Les petites tétes (título en el idioma original)
Autoría Max Regnier y André Guillois
Notas de autoría Carmen Toscano / traducción
Dirección José de Jesús Aceves
Elenco Carlos López Moctezuma, Andrea Palma, Emilia Guiú, José Pidal, Raúl Ramírez, Carmen Toscano, Enrique Díaz Indiano
Escenografía Julio Prieto
Espacios teatrales Teatro La Colonia
Productores Promotora de Espectáculos Artísticos, S.C.
Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Zanza y los maridos de Regnier y Guillois, Estreno en el Teatro de la Comedia". Novedades, 1956. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
Novedades
Columna El Teatro
Zanza y los maridos de Regnier y Guillois, Estreno en el Teatro de la Comedia
Armando de Maria y Campos
No tengo la menor duda sobre el origen de la farsa Les petites tétes, de los autores franceses Max Regnier y André Guillois elegida por la Promotora de Espectáculos Artísticos, S. C., nueva arrendataria del Teatro de La Colonia, para inaugurar su temporada en este pequeño salón de espectáculos teatrales. Los dos autores conocen buena parte de las piezas de los en su tiempo famosos autores españoles Enrique García Alvarez, Pedro Muñoz Seca, Pedro Pérez Fernández y Enrique Jardiel Poncela, para no citar sino a los cuatro ases de un género teatral divertido, desenfadado, ingenioso y absurdo que cubrió los escenarios de España e Hispanoamérica más de cuarenta años, haciendo reír a públicos felices y despreocupados hasta "troncharse", expresión que nació como comentario de este género teatral, que no es otro que el llamado de "astracán", para decirlo de una buena vez.
No hay equivalente en la terminología teatral ajena a España al astracán español, género en el que todos los valores escénicos se subvierten o someten al único interés de la jocosidad, del chiste gordo o grueso, del ingenio disparatado; exhumación de la realidad en acciones dislocadas y en juegos forzados de palabras que revelarán, de manera terminante e indudable, el conocimiento profundo del idioma y una agilidad mental ingeniosa capaz de hallar lógica en el mayor disparate o absurdo. Los máximos cultivadores de este género que hizo reír durante décadas a millones de espectadores de buena fe fueron, como se sabe, García Alvarez, madrileño, y Muñoz Seca, andaluz, de Puerto de Santa María, y algún colaborador de este último, como Pérez Fernández. Años después, cuando había muerto García Alvarez y Muñoz Seca se hallaba en la cúspide de su trono de carcajadas, apareció Enrique Jardiel Poncela, madrileño también y cafetófilo como García Alvarez, elevando un poco el género de astracán, cultivando el pirandellimo de humor, la visión caricatural del mundo y los trucos más puros y disparatados del ingenio, alternando los chistes más sutiles con los más gordos, pero ingeniosísimo siempre.
Es tradicional el aprovechamiento de los autores franceses de los temas y estilos españoles, y también que temas, estilos, asuntos y situaciones traducidos al francés vuelvan a España traducidos al castellano, como nuevos o novedosos. Los ejemplos se multiplicarían, a partir de La verdad sospechosa, de nuestro Ruiz de Alarcón, hasta estos días en que Les Petites Tetes, ségún versión difundida, permite a un comentarista de Le Fígaro afirmar: "Muchas han sido las comedias estrenadas en París en los últimos años; pero ninguna ni de lejos puede compararse con Les petites tétes" (título que la traductora doña Carmen Toscano cambió por el de Zanza y los maridos), comentario que no dice nada ni compromete en nada.
Los señores Regnier y Guillois imaginaron para una situación muy explorada en el teatro –el regreso de un hombre al que se creía muerto y cuya mujer se ha casado con otro–, un problema infantil. Un hombre se fue, cuando se fue, por cierto a una América convencional, con selvas vírgenes, jíbaros (sic) que reducen cabezas por el sistema que emplean los íncas del Perú; en la que confunden sus fronteras y costumbres el Ecuador, Colombia y el puerto peruano del Callao, sin voluntad propia, porque de ella se habían apoderado su suegra y su mujer, pero vuelve hecho un hombre de firme voluntad, que torna a perderla por mañas e intrigas de suegra y mujer, vuelve a recuperarla, y se marcha nuevamente al Orinoco, al Amazonas o al Callao, dejando a las dos voluntariosas mujeres (que a su modo, como los indígenas de Sudamérica reducen las cabezas, y aquí está la motivación en serio de la obreja), con un palmo de narices. Para justificar esta anécdota, los autores Regnier y Guillois hacen cuanta maroma escénica es permitida en el más desenfrenado astracán y construyen tres actos largos, largos, usando desde la escenificación de pensamientos de los cuatro personajes que viven en Francia: los suegros, la mujer y el segundo marido de ésta, hasta los disparates no por entretenidos menos absurdos. ¡Puro astracán español traducido al francés! O si se quiere, teatro bufo, grotesco...
El teatro me parece que aquí, en Europa o en cualquier parte debe ser siempre teatro. Me explicaré: Al levantar el telón de cualquier teatro que lo tenga, o al abrirse la cortina modesta de los teatros de bolsillo, lo que suceda en el escenario ha de tener interés, gracia o emoción. Sin ninguna de estas condiciones, aunque escriba la obra Esquilo o un primo segundo suyo, el público, al finalizar el espectáculo, exclamará sin remedio: ¡Vamos, hombre, que para esto me quedo en casa!... Porque para atreverse con el género bufo, grotesco o de astracán sólo hace falta desenfado, ingenio, gracia, oportunidad, aparte de innegable habilidad para hacer... teatro. Atreverse a lo bufo no es atentar a nada, no es osar a cosa respetable, no es pretender la alta estimación de nadie; atreverse a decir una gansada para que la gente se ría no tiene la menor importancia. Pero pretender decir una sentencia y resultar con un camelo o una vulgaridad tiene la peor de las sanciones: la de la indiferencia.
No es este el caso de Zanza y los maridos, que divierte mucho, y más risas obtendrá cuando se acorten –o acendren– algunas de sus escenas. No gana nada la presente temporada teatral con la farsa –¡astracán!– de Regnier y Guillois, pero reír nunca hace daño.
La interpretación la encuentro superior a la piececilla. El gran actor Carlos López Moctezuma abandona por un momento su línea de "maloso", y hasta baila y canta en el absurdo primer acto, y luego actúa con el dominio escénico que le dan sus veintitantos años de teatro. El personaje de trapo no da para más. Excelente como actriz de carácter cómica Andrea Palma; sin ella la interpretación carecería de apoyo. Emilia Guiú cumple también con desenvoltura, acentuando cuando puede una línea de mujer fatal o perversa, que no le va mal y que parece inevitable en el teatro que nos sirven ahora. Me gustó mucho José Pidal en el único personaje real de la obra –el suegro sin voluntad y conforme con todo, pero revelado interiormente–, que lo crea en un gran actor. El nuevo galán Raúl Ramírez no desentona en el conjunto y se muestra seguro, que no es poco en obra tan endeble como ésta que puso en buen castellano, ágil y graciosa doña Carmen Toscano. Una episódica aparición de Enrique Díaz Indiano hace justa una mención de reconocimiento de sus calidades de actor profesional en esta crónica, en la que también debe quedar registrada la excelencia de la escenografía de Julio Prieto. La dirección de J. de J. Aceves, como suya, excelente.