Novedades
Columna El Teatro
Representación de Fuenteovejuna de Lope de Vega, al aire libre, en Chimalistac. I
Armando de Maria y Campos
El Instituto Nacional de las Bellas Artes ha iniciado sus actividades teatrales correspondientes al presente año, llevando a la plaza pública de Chimalistac, San Angel, el drama en tres actos, Fuenteovejuna, del genial autor español Lope de Vega, una de las máximas figuras del Siglo de Oro ibérico. Como se sabe, sirvió de base a Lope para su admirable drama un hecho histórico referido en la Crónica de las tres Ordenes Militares, de Rades y Andrade, publicada en 1572. "En Fuenteovejuna lo que presenciamos –ha dicho Marcelino Menéndez y Pelayo, máxima autoridad en letras hispanas– es la venganza de todo un pueblo; no hay protagonista individual; no hay más héroe que Demos, el Concejo de Fuenteovejuna; cuando el poder real interviene, es sólo para sancionar y consolidar el hecho revolucionario. No hay obra más democrática en el teatro castellano". No hay para qué enmedarle la plana al máximo polígrafo español. Él ha dicho lo que es Fuenteovejuna, y basta.
No es la primera vez que Fuenteovejuna se representa en México. Lo fue por estudiantes durante la reciente conmemoración centurial de Lope de Vega. Pero sí es la primera ocasión que es llevada a la plaza pública, como durante el tricentenario aludido se hizo en España. Por el carácter democrático, o de rebeldía unánime de un pueblo, Fuenteovejuna fue muy representada en la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas durante la década del treinta al cuarenta. Después ha caído en desuso y si ahora se le resucita es con el propósito de establecer en la ciudad de México representaciones al aire libre, como en la infancia del teatro, réplica metropolitana a las cervantinas y lopescas (de Lope de Rueda), en las coloniales placitas de San Roque y Mexiamora de Guanajuato.
Para que el lector ciudadano entienda mejor el propósito del Instituto de las Bellas Artes, al llevar a la plaza pública de Chimalistac este drama de Lope de Vega, conviene recordar su argumento:
El comendador Fernán Gómez, enemigo declarado de los Reyes Católicos, campa por sus respetos en su villa de Fuenteovejuna, donde sus caprichos son ley; hombre vicioso, no hay mujer que no persiga, suscitando el odio del pueblo, que calla, sin embargo, por temor. Entre las villanas hay una, Laurencia, que ha resisitido resistido el cerco del comendador, despreciando su poder y sus promesas. Laurencia corresponde, en cambio, al amor de otro rústico, Frondoso, que desea casarse con ella. Un día, mientras Laurencia lava la ropa a la orilla del río hablando con Frondoso, ven venir al comendador, que anda de caza. Frondoso se oculta para evitar su presencia, y Fernán Gómez queda gratamente sorprendido al encontrar en aquel paraje, y sola, a la hermosa Laurencia: cree llegada, así, la ocasión de ver realizados sus deseos, y comienza a requebrar a la moza proponiéndole claramente que se le entregue. La villana le rechaza una vez más; pero ahora el comendador no hace caso de palabras y coge en sus brazos a Laurencia. Frondoso presencia la escena desde su escondite cada vez más indignado, hasta que no puede contenerse más, y sale, apoderándose de la ballesta que el comendador ha dejado apoyada en un árbol, apunta a Fernán Gómez mientras Laurencia huye; tras ella marcha el mozo sin soltar el arma, dejando al comendador furioso y humillado, que jura vengarse.
Los desmanes del comendador aumentan cada día el descontento de los habitantes de Fuenteovejuna; apenas si hay casa donde no haya mujer que no tenga que llorar su honra perdida. Pero Fernán Gómez no encuentra valladar que su insolencia y tiranía no derriben, ayudado por hombres de su confianza. Su descaro llega a pedir a Esteban que interceda por él cerca de Laurencia, su propia hija. Frondoso, en tanto perseguido por la gente del comendador, vive oculto, aunque no tanto que resista el deseo de ver a Laurencia y hablarle. Aprovechando la ausencia de Fernán Gómez que ha acudido a socorrer a Ciudad Real contra tropas de los Reyes Católicos, se consiente el matrimonio de Laurencia y Frondoso, y cuando en medio de gran alegría se celebra la boda, aparece el comendador, que vuelve de la campaña, después de sufrir un descalabro en ella. Al verlo, enmudecen los cantos, cesan las risas y los aldeanos quedan a la expectativa. La reacción del comendador es rápida: al ver a Frondoso manda prenderlo, y después de apalear al padre de Laurencia, que le ha echado en cara su injusticia, ordena que también se lleven a la joven.
Al amparo de la noche, los hombres del pueblo se reúnen en junta a deliberar qué se debe hacer ante semejantes desmanes; se habla de enviar emisarios a los reyes, de alzarse contra el comendador; se discute; se duda... La aparición de Laurencia, desmelenada, desgarrados los vestidos, arañada la cara, pone en conmoción a los hombres; con palabras llenas de fuego, arrebatadas, los increpa e insulta, llamándolos mujerzuelas por permitir los crímenes del comendador sin vengarlos. Su aspecto impresionante, sus palabras, parecen desperar al fin el espíritu de aquella gente; todos están de acuerdo en asaltar el palacio del comendador y deshacerse del tirano de una vez para siempre. Laurencia amotina a las mujeres, y el pueblo en masa avanza enardecido hacia la vivienda de Fernán Gómez. De nada sirven ya sus promesas de corregirse, de satisfacer a sus víctimas; nadie le escucha; es todo un pueblo que avanza, consciente de su deber, a aplastar la tiranía. Después de muerto, el cuerpo del comendador es arrojado por una ventana sobre las picas y espadas que empuñan abajo las mujeres; arrebatadas por el odio y la furia, destrozan el cadáver y, cortándole la cabeza, la enarbolan en una lanza como un trofeo. Uno de los hombres de confianza del comendador consigue huir maltrecho y se presenta a los Reyes Católicos a dar cuenta de lo sucedido, sin descubrir, claro es, sus causas. El rey promete castigar a los autores del crimen, y envía un juez a Fuenteovejuna a incoar proceso y a someter, si es preciso, a tormento a los habitantes del pueblo hasta descubrir quiénes dieron muerte al comendador. Pero todos se han juramentado para resistir la tortura y no denunciar a nadie, y cuando el juez pregunta: "¿Quién mató al comendador?", todos contestan: "Fuenteovejuna, señor". Ante esta unanimidad, el juez desiste de seguir interrogando, y da cuenta del hecho a los reyes, ante quienes se presentan también los habitantes de la villa. El rey termina otorgando el perdón a todos.
En próxima crónica hablaré sobre interpretación y postura escénica de esta extraordinaria pieza lopiana.