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Columna El Teatro
La acrobacia y la maroma entre los aztecas. III
Armando de Maria y Campos
Abundaban los acróbatas y maromeros a lo largo de los primeros años de la Conquista, cuando se reconstruía la gran ciudad azteca. El padre Mariano Cuevas, en su Historia de la Iglesia en México, refiere cómo vivían los acróbatas –volteadores y trepadores, se llamaban– aztecas. "E a los que se están en su pura simplicidad les venden (los españoles) trompas de París, cuentas de vidrio, cascabeles y otras burlerías, y por ello les dan muy buenos rescates, e oro u plata donde lo alcanzan; pero con este sentido también se podrían llamar bárbaros a los españoles, pues hoy en día aun en las ciudades muy bien regidas, públicamente se venden espadillas, e caballitos, e pitillos de latón, y culebrillas de alambre, y palillos de cascabeles; e vienen muchos extranjeros con ello, de sus tierras e con otras invenciones de matachines e de títeres e volteadores e trepadores, e perrillos que bailan, e andan públicamente cantando egipcios la buena ventura e jugando a la correhuela, e con otras niñerías con que sacan todos estos chocarreros no poco dinero, e andan so color de ser ciegos a ser en las plazas, pláticas, e se junta mucha gente vulgar a los oír, e venden muy bien tras esto las coplas que han hecho imprimir".
Cuando "con magníficos esplendores de príncipe" se preparó Hernán Cortés para su viaje a las Hibueras o Higüeras, no descuidó nada que pudiera hacerle grata la expedición, que tan desastrosa resultó y para que le divirtieran en el aburrimiento indudable de las de seguro largas jornadas, el conquistador llevó tres halconeros: Perales, García Caro y Alvarez Montañés; muy competentes músicos de chirimías, de sacabuches y de dulzainas, un diestro volteador y otro titiritero...".
Y cuando regresó a España, en la cima de su gloria y poderío, también agregó a la regia comitiva no pocos acróbatas aztecas. Puntuales historiadores dan tantos pelos y señales que no cabe duda la importancia que tuvieron en aquella época los cirqueros indígenas, o acróbatas, a los que sigo dando este nombre, desconocido entonces en América, por convenir mejor a la claridad de esta crónica.
El primer historiador coetáneo de Cortés que menciona el hecho acrobático es, también, Bernal Díaz del Castillo. Describe el gran cronista los preparativos del viaje de don Hernando: "...y ya tenía allegadas muchas aves de las diferenciadas de otras que hay en Castilla, que era cosa de ver, y dos tigres, y muchos barriles de liquidámbar, y bálsamo cuajado, y otro como aceite, y cuatro indios maestros de jugar el palo con los pies, que en Castilla y en todas partes es cosa de ver, y otros indios grandes bailadores, que suelen hacer una manera de ingenio que al parecer como que vuelan por alto bailando (se refería Bernal al juego de El Volador) y llevó tres indios corcovados de tal manera que era cosa monstruosa, porque estaban quebrados por el cuerpo y eran muy enanos, y también llevó indios e indias muy blancos, que con el gran blancorno veían bien".
Cortés desembarcó en Palos, después de una navegación de cuarenta y tantos días. "Traía consigo –relata Salvador de Madariaga en su estupenda biografía de Cortés– una especie de exposición flotante de curiosidades de la Nueva España, inanimadas, animales y humanas; de liquidámbar y bálsamos extraños hasta pájaros exóticos, desde enanos y titiriteros que con los pies hacían dar vueltas a un bastón con rapidez asombrosa. Oro en barras, vajillas, joyas, piedras preciosas de tamaño inaudito, talladas con increíble artificio, mantas y otras piezas de algodón, plumas u objetos de plumería y esplendentes atavíos de magnífico y bárbaro aspecto. Venían también en su séquito magnates indígenas, entre ellos un hijo de Moctezuma, uno de Mexiaxcatzin y uno de Xicoténcatl". De Palos y aprovechando que el emperador Carlos V se hallaba de viaje de Madrid a Monzón, Cortés se trasladó a Guadalupe, a rezar novenas a Nuestra Señora de Guadalupe –la española–, y mientras cumplía con estos deberes religiosos, como auxilio espiritual para su entrevista con el emperador, con el propósito de congraciarse con altas damas de Corte, entre ellas doña María de Mendoza, y la señora su hermana, doncella con la que estuvo a punto de casarse el conquistador, "mandó –refiere Bernal Díaz del Castillo– a los indios maestros de jugar el palo con los pies, que delante de aquellas señoras les hiciesen fiestas y trajesen el palo de un pie a otro, que fue cosa que contentaron y aun admiraron de verlo".
Tal vez otro día pegue la hebra de este relato maravilloso sobre acróbatas indígenas.