Novedades
Columna El Teatro
La acrobacia y la maroma entre los aztecas. II
Armando de Maria y Campos
Una lámina –la 5a. del Códice Durán, Tratado 3o.– copia otro juego acrobático de los aztecas que siguió practicando después de la Conquista y que a la fecha figura aún en muchas verbenas de Europa y de la América española. En el mes de Xocotlhuetzi, levantaban un palo cilíndrico en el patio del gran teocali, y en la extremidad superior del palo ponían flores y un ave al natural, o materias alimenticias, o un chimalli o un escudo de guerra y flores. El palo era fuertemente engrasado y se bailaba abajo antes de dar principio el juego, que consistía en subir por aquel palo, y en llegando a la cumbre tomar las flores y bajar con el ave y el escudo de guerra como trofeos. Claro que no todos lo conseguían y con los repetidos intentos de subir la grasa se untaba finalmente al palo y cuando los indios iban llegando a la cumbre, se deslizaban para abajo, rápidamente, entre las risotadas y burlas de los espectadores. Luego, éstos hacían caer el palo.
El padre Landívar recoge en su maravilloso Rusticatio mexicana una sabrosa crónica ocular de este divertido juego acrobático azteca.
"Sustituye el pueblo este –se refiere al madero que se usa en el juego "El Volador" y desea ardientemente celebrar el espectáculo con homéricas carcajadas. Es decir, que tan pronto como el hábil carpintero labra y cepilla con el yerro un pino y lo hubo alisado hasta la perfección, unta profusamente de espeso sebo el pulido tronco, hasta tanto que ensebado todo alrededor, comience a brillar. Entonces se endereza en medio del círculo el pulido pino de reluciente corteza, colocando en el extremo de la punta una copa repleta de dineros. Mas no lo asirá el ansioso vulgo, sin que antes con titánico esfuerzo, trepe al maligno pino y con sus manos arranque la hincada copa.
"De aquí que muchos, haciendo uso de maña y fuerzas intenten con varios esfuerzos despegar al madero de sus bienes. Este ciñe las vacilantes piernas de retorcidas sogas, para así asegurar las firmes plantas en el ensebado madero. Arma aquel ambas manos de agudos clavos e hincándolos en la superficie del embadurnado tronco, levanta con gran trabajo los miembros que resbalan. Mas apenas habiendo con presurosa rodilla trepado por una pequeña parte del añoso pino, se anima con vana esperanza, cuando de pronto ambos, frustrados sus deseos, resbalando del alto tronco viene a tierra. La turba da gritos de alegría, prorrumpe en estruendosas carcajadas y excita a los ya rendidos a que intenten de nuevo recorrer el enojoso camino por el vergonzoso amor del exorbitante logro. Con titánico esfuerzo se precipitan ellos con nuevo ánimo, meditando muchas y temiendo un infortunio.
"Mas habiendo muchas veces con deplorable desgracia caído, ambos desisten de sus proyectos. Pero tal vez entre en el juego algún mozuelo con tan resuelto empeño y aprieta con sus brazos el madero, de arte que arrebata de la punta la copa. En cuyo caso, los escaños todos aplauden al esforzado vencedor, magnifican su nombre y lo colman de alabanzas".
Entre las diversiones pueblerinas durante "la maroma", en algunos lugares ha quedado la costumbre anual, por junio, de erigir en las calles o plazas un palo ensebado, con ropas y objetos de valor en la cúspide, haciendo la diversión del pueblo quienes intentando subir asidos al palo, resbalan rápidos hacia abajo.
En España llegó a ser popular este juego acrobático de origen azteca, y allá se le conoció por "cucaña"; en América se el nombra ahora "palo ensebado". El autor de sainetes españoles Carlos Arniches lo hace figurar en el último cuadro de su zarzuela El pobre Balbuena, que aún es de repertorio en los teatros de España y de América.
Muchos otros juegos acrobáticos aztecas perduran hasta nuestros días, como el llamado de "Las Aspas", que describen Ramón Mena y Juan Jenkins Arriaga en su libro Educación intelectual y física de los nahuas y los mayas.
"Todavía hace veinte años en los pueblos indígenas había –dicen– este juego, consistente en dos postes verticales de dos metros de altura y a igual distancia uno de otro soportando un eje terminado en cada extremo por una cruceta en forma de X también de madera y a la que se sujetaba un danzante en cada una, tocándose pies y manos y haciendo girar aquel extraño instrumento determinado número de veces".
Los conquistadores españoles quedaron maravillados de la habilidad acrobática de los aztecas y la incorporaron a sus diversiones, haciendo que formara parte de sus cortejos y procurando que en sus fiestas no faltara la presencia de los acróbatas aborígenes.
Bernal Díaz del Castillo, primer cronista de la Conquista, que la escribió día a día, suceso a suceso, se refiere constantemente a las "habilidades" de los naturales. En efecto, a fines de octubre de 1524 en que Cortés emprendió su marcha a la Hibueras, llevaba en su séquito, dice Bernal, "cinco chirimías y sacabuches y dulzaínas y un volteador y otro que jugaba de manos y hacía títeres...".