FICHA TÉCNICA
Título obra Paseo con el diablo
Autoría Guido Cantini
Notas de autoría Salvador Novo / traducciÛn
Dirección Salvador Novo
Elenco Virginia Manzano, MarÌa Douglas (Mary),Mercedes Pascual (Meche), Ra˙l Farel, Miguel Su·rez
Escenografía Antonio LÛpez Mancera
Espacios teatrales Teatro de La Capilla
Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Paseo con el diablo de Guido Cantini, en el teatro de La Capilla, de Coyoacán". Novedades, 1954. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
Novedades
Columna El Teatro
Paseo con el diablo de Guido Cantini, en el teatro de La Capilla, de Coyoacán
Armando de Maria y Campos
Salvador Novo tiene preferencia por el teatro de Guido Cantini, autor italiano recientemente fallecido, a quien dio a conocer su pieza Los girasoles el año 1948. Un año más tarde Novo presentó también bajo su dirección otro título de Cantini –Daniel entre los leones–, y ahora acaba de estrenar la comedia Paseo con el diablo, ensayada con la acuciosa sensibilidad a que el gran animador teatral que es nos tiene ya acostumbrados. En efecto, la aparición de Novo como director teatral marca una raya de responsabilidad artística y de solvencia estética en la presentación, y, principalmente, interpretada no sólo por los actores sino también y quizá principalmente por el director que la impone a los comediantes, al escenógrafo, al atrezzista, al electricista y al sastre o modista. De siete años a la fecha Novo es una garantía de respeto a la obra total del autor, de pureza en la traducción, de frialdad certera y responsable en la selección del material humano que habrá de representarla, y de buen gusto, culto y refinado, en la escenografía, en la iluminación, en el vestuario.
El sentido de interpretación debe ser esencial en el director, cuando éste no se limita a "poner" una obra ensayándola simplemente. Novo posee este sentido. Antes de llamar al comediante, mucho antes de ponerse de acuerdo o de "dirigir" al escenógrafo, ya Novo ha descubierto –o acertado– con la interpretación que todos –actores, pintores y escenógrafos, electricistas o modistas– han de darle, cada quien responsable de su nota –como en música– para que la comedia alcance la armonía precisa, sentida y oída –vista también– durante su estudio o preparación. Logrado esto, el director interpreta el sentido oculto que toda comedia bien hecha lleva en sí, y lo "pone" –y lo impone también– al actor o a la actriz; a quien proyecta y construye el mundo escenográfico en que se habrá de desenvolverse la anécdota teatral, y, sobre todo, al electricista, sin el cual el suceso que los actores cuentan al espectador carecerá de clima, y, por lo mismo, de ritmo, es decir, de vida.
Al abandonar el marmóreo Palacio de las Bellas Artes para refugiarse en su Capilla, Novo había madurado lentamente como director en el más dialéctico sentido del término; como profesional. De ancha y profunda cultura, de gusto cultivado y exquisito, y de ecléctica sensibilidad la material experiencia que adquirió dirigiendo en el Bellas Artes y en otros escenarios más pequeños y que él hizo también responsables, la usa ahora que se encuentra en su propia casa, que es su capilla, para navegar por el proceloso y minúsculo mar de su propia, frágil, transparente piscina.
Prueba de lo que digo es la traducción –elección también–, dirección y presentación de esta bella comedia de Cantini, que si algo precisa para llegar al público –aparte de dos actrices de la calidad dramática de las eminentes Ema e Irma Gramatica (la primera fallecida), para las que Cantini cortó y cosió tres actos a su medida–, es de un director que sepa hallarle el ritmo oculto, dramático, apasionado y sobriamente ponderado, y "su luz", sin la cual no es posible ver como brillan, cabrillean, lanzan sus destellos infernales –¿diabólicos?– que al fin se apagan en un tramonto lleno de oros pálidos y de azules que se tornan morados, los espíritus finos e inquietos de las dos protagonistas, Vera y Ana, a los que durante un hondo suceso que dura lo que el resplandor de un relámpago el Diablo se lleva de paseo...
Ana Loredán hizo de su escenario el mundo de su arte; en cambio Vera, princesa de Capodimonte, lo redujo a su castillo calabrés. Dos temperamentos pasionales distintos, y los dos vacíos del amor maternal que lo llena todo. La princesa es la personificación de la autoridad; en cambio la cantante es una constante aventura, una perenne sorpresa. Las dos ven llegar el atardecer, una con tranquilidad, la otra con zozobra resignada. Entre ellas aparece, se interpone, Fabio, fuego que ha de encender la doble estopa, a poco que sople el diablo, y el diablo, ¡sopla!... Una jovenzuela, hija de la princesa y prima del adolescente Fabio, y un viejo profesor de éste, que en la diaria convivencia con la Capodimonte se ha enamorado platónica y resignadamente de ella, completan el cuadro. La princesa sufre el complejo de Edipo, y quiere casar a su hija con Fabio; éste no se siente atraído por la condesita Angelina porque sufre el vértigo del abismo que le brindan los brazos abiertos de la tía, afónica cantante de marchita fama. Con todo esto Cantini desarrolló un suceso interesante siempre, apasionante en muchos momentos, construida con la habilidad de quien posee todos los secretos del misterioso arte de hacer comedias. Siempre que se encuentren a mano dos verdaderas actrices dramáticas habrá "paseo con el diablo".
Novo las encontró; Virginia Manzano –la princesa– excepcional temperamento, hondo y profundo, mar embravecido sin playas, y María Douglas río tempestuoso, de largo curso ceñido a una técnica dominada, cuyas aguas van a dar al océano... pacífico. Del choque del mar colérico y del río de caudal arrollador, Novo supo obtener escenas excelentes en el segundo acto, y soberbias, magníficas, al final, cuando el mar ruge su tempestad interna, y el río sigue su curso, y... Ana Loredán se va. Para mi gusto, si María está fría y soberbia, Virginia se desborda suprema, en olas gigantes que todo lo arrollan, que todo lo ahogan...
Meche Pascual –en Angelina Capodimonte– y Raúl Farel –como Fabio– más que discretos, excelentes. Y Miguel Suárez, en su sobrio mayordomo, sirve con dignidad un personaje indispensable, como claroscuro en el choque deslumbrante de las pasiones, muy italianas por cierto, de la princesa y la cantante, distintos torrentes de una misma sangre. Pero... ¡qué elocuencia en la dicción, en el gesto y en el ademán de Virginia! y qué sobria y cuajada dignidad artística la de María.
El escenario de López Mancera realiza el milagro de convertir en castillo legendario, el breve forillo de La Capilla, y darle el tono de una vida señorial. La iluminación, por su mágica parte, da a la escena en todo instante el clima patético, atormentado y misterioso que envuelve diabólicamente las pasiones profundas, estremecedoras, de la princesa viuda Vera de Capodimonte y de Ana Loredán, excantante famosa y huérfana de amor...