FICHA TÉCNICA



Título obra Tres sombreros de copa

Autoría Miguel Mihura

Elenco Emilia GuiË™, Kippy Casado, Marta GuiË™, Gerardo del Castillo, Leopoldo OrtÃŒn, Manuel SantamarÃŒa

Espacios teatrales Teatro Ideal

Productores Carlos M. Ortega

Notas Obra que clausura la Temporada de Comedias CÛmicas. El autor tambiÈn comenta sobre la AgrupaciÛn de CrÌticos de Teatro




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Estreno de Tres sombreros de copa, en el teatro Ideal y conclusión de la temporada de comedias cómicas". Novedades, 1954. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Columna El Teatro

Estreno de Tres sombreros de copa, en el teatro Ideal y conclusión de la temporada de comedias cómicas

Armando de Maria y Campos

La última noche del año 1953, se inauguró en el teatro Ideal una temporada de comedias cómicas y alegres que prometía ser larga de acuerdo con los planes y propósitos de su empresario el autor Carlos M. Ortega. Desgraciadamente, concluyó el lunes 11, setenta y dos horas después del estreno de la comedia Tres sombreros de copa, del autor español Miguel Mihura. El público no respondió con el entusiasmo y la asiduidad nutrida que esperaba el empresario, y como éste se vio desde el principio agobiado por un presupuesto al parecer ya prohibitivo para los teatros profesionales, la temporada tuvo que concluir con un déficit de cerca de veinte mil pesos, es decir, con una pérdida de casi dos mil pesos diarios.

Profundo desaliento embargaba al empresario Ortega el domingo, día que tuve oportunidad de conocer la comedia de Mihura. Ortega se quejaba con moderada amargura de la llamada Federación Teatral, que le había impuesto una nómina de cerca de mil doscientos pesos diarios. A esta cantidad había que sumar el costo del anuncio en la prensa diaria y la renta del local, y todo esto además de la nómina de actores que resultó lo más reducido del presupuesto, sumaba poco más o menos dos mil doscientos pesos por día, excepción de los domingos, de tres funciones que aumentan el presupuesto de trabajadores manuales y de actores. Nunca se logró reunir en la taquilla dicha suma, y en cambio hubo que llevar diariamente refuerzos económicos hasta ascender a la cantidad indicada. El domingo, durante la función de moda, la temporada estaba ya sentenciada; le quedaban apenas veinticuatro horas de vida.

Todo esto demuestra –comentaba en todo agridulce Carlos M. Ortega– que sólo pueden sostenerse las temporadas hechas por aficionados, porque éstos cobran poco, o no cobran, y porque la Federación les comisiona únicamente tres elementos, o cuatro a lo más.

Con Tres sombreros de copa, Miguel Mihura se dio a conocer como autor en Madrid, en el teatro Español, el 24 de noviembre de 1952. Vinieron después las obras que confirmaron su gran calidad de humorista de teatro, como ya lo tengo explicado en otra crónica. Mihura es el autor de El caso de la mujer asesinadita, que tan rotundo y espontáneo éxito alcanza ahora en México. Otras obras de él están destinadas para próximas temporadas, y no es remoto asegurar que Mihura será pronto uno de los autores cómicos favoritos de nuestro público, como en un tiempo lo fueron García Alvarez, Muñoz Seca, Carlos Arniches o Pérez Fernández.

Tres sombreros de copa es una comedia nueva, por su plan, por su estilo y por su proyección humorísticos. Me recuerda un poco a Fukar XXI, no por el argumento, sino por la serie de tipos pintorescos, al parecer tan fuera de lo corriente, y, sin embargo, tan comunes y corrientes a poco que un observador con sentido del humor y de la extravagancia se fije un poco. Es ilógica la comedia de Mihura, de principio a fin, pero todo cuanto en ella ocurre parece tan lógico a personajes tan pintorescos y tan cargados de dulce extravagancia, que desde el primer momento se apodera del ánimo del espectador que sepa ver la vida con un sentido de la extravagancia y de lo cómico. Los Tres sombreros de copa que dan título a la obra, son los que el protagonista piensa usar, eligiendo de entre ellos uno, la mañana de su boda, que es la siguiente a la noche que pasará en una casa de huéspedes de segunda de cualquier provincia española también de segunda, y que dan ocasión a una compañía de cirqueros y fulleros, para que lo transformen en un malabarista de ocasión. Toda la pieza tiene un aire de farsa incongruente, suave, amargo y amable. Lástima que la casi totalidad de sus intérpretes no lo entendiera así, y la tomara por lo melodramático y cursi, ahogando con escenas patéticas un final no por bufo, menos intensamente dramático, de una opaca belleza muy de provincia española.

La obra fue ensayada, puesta y digamos montada en tres días. Claro, nadie sabía por dónde andaba, y menos que nadie la señora Emilia Guiú siempre la misma, incapaz de entrar en algún personaje, y dueña absoluta de una voz bronca, oscura, y sombría, igual, igual. Kippy Casado lució muy fresca y hermosa, y la señora Marta Guiú actuó como "modelo internacional" en ese ambiente de honesta provincia española. Mejor suerte corrieron los personajes masculinos. Muy humano Gerardo del Castillo; Leopoldo Ortín en "el odioso señor" estuvo muy simpático y el único que entendió su personaje bufo fue el actor –de cuyo nombre no quiero acordarme– que hizo y compuso muy bien el suegro don Sacramento. También merece un elogio Manuel Santamaría en "el anciano militar". La escena fue presentada con una pobreza realmente enternecedora.

La misma noche que "tronaba" la temporada de comedias en el Ideal, se reunieron en el local de la Unión Nacional de Autores los miembros de la llamada Agrupación de Críticos de Teatro, que son adictos a su actual presidente el señor Antonio Magaña Esquivel para conceder, sin discusión porque el resultado ya estaba previsto, los premios teatrales correspondientes al año 1953. Me conviene aclarar que no estuve presente y que, en consecuencia, soy ajeno en todo y por todo a lo que esa noche se fraguó y resolvió. Claro, no estoy de acuerdo, ni puedo estarlo, con el resultado final. Aclaro también, aunque esto no interese a los lectores en general, que desde que el señor Magaña Esquivel asumió la presidencia de la Asociación de Críticos –cada día menos, o cada días más según–, me limito a actuar como simple observador de esa Agrupación que fundé en unión de don Francisco Monterde y don Fernando Mota.