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Columna El Teatro
Una carta de Rivas Cherif sobre el bululú en general y en su persona. II
Armando de Maria y Campos
Continúo publicando la interesante carta que me dirigió Cipriano Rivas Cherif con motivo de su bululú en la sala Manuel M. Ponce, y cuya primera parte apareció en esta columna el martes último.
"En realidad mi bululú –dice Cipriano– no aspira a la mera competencia profesional con Emlyn Williams y Charles Laughton, últimos pioneros de esta resurrección de las lecturas representables, en que fueron también mis maestros, Jacques Copeau y madame Dusanne (de la Comedia Francesa), y Serafín Álvarez Quintero, insuperables maestros de actores de su propio teatro ni con Vico y Calvo, representantes en la escena de su tiempo de los poemas de Núñez de Arce, no; tampoco pretendo reducirme al gran pequeño arte dramático que O'Neill y Cocteau en nuestro tiempo, proponen al actor o a la actriz –a la actriz en ambos casos concreto– con monodramas (no monólogos) como Antes del desayuno y La voz humana, como Strinberg en La más fuerte. Lo que yo pretendo demostrar es que un director que no es primer actor de su propia compañía, debe, como un director de orquesta ser, si no un virtuoso de cada instrumento, sí conocer los recursos y la técnica elemental de su papel en la orquesta. Y a ser posible, que casi siempre lo es, leer en el piano –instrumento el más sintético de una orquesta– cualquier partitura.
"Por otra parte, mi aniversario es más antiguo. Desde los cinco años (hace cincuenta y ocho) apenas vi un teatro, representaba para mí solo... porque mis dos primeros espectadores, mis dos hermanos más inmediatos en edad (y a quienes obligué a asistir a mi cincuentenario el otro día) se resistían a permanecer quietos el brevísimo tiempo de mis primeras representaciones. Cuando treinta y cinco años después, asistió mi madre a mis representaciones del Caracol, que puse en Madrid en 1929 con Magda y Bartolozzi, díjome la autora de mis días, que yo seguía haciendo lo mismo que en mi infancia: comedias para mí solo, que yo representaba y me aplaudía (porque una de las cosas que más me gustaba era saludar a un público ideal, vacías las sillas de que mis pequeños hermanos habían desertado).
"Y como, con todo y gustarme tanto actuar no creo en el teatro personificado en un solo actor, sino en el `auctor' o autor intérprete de sí propio: Shakespeare, Molière, Lope de Rueda, Sacha Guitry, Sarment, Colette, Tristán Bernard en sus últimos años, Noel Coward, Benavente de muy joven (Sin querer) en la madurez (Los intereses creados) y en la decrepitud (Abuelo y nieto); interpretaciones no tan esporádicas las de la última de sus propias protagonistas, y generosamente de Valle Inclán; en Cenizas (que luego se tituló El yermo de las almas), todo lo que hago es preparar a mis amigos a la lectura de mis obras inéditas, las más de ellas irrepresentables como las de Séneca en su tiempo, y en espera de que alguno de los directores que me sigan, y no a la distancia de veinticinco siglos, imite mi ejemplo con la Medea tenida por académica durante dos mil y pico de años, hasta que la reivindiqué ante el gran público de toros de la feria de Mérida de Extremadura. (Claro que con Unamuno, de traductor, Margarita Borras, López Lagar y Diosdado de intérpretes, la música de Gluck, con la Filarmónica de Madrid, dirigida por Pérez Casas y la perenne y también milenaria escenografía en piedra –sobre todo– de aquel Teatro Romano en la antigua Emérita Augusta).
"Tengo la pretensión de que pueda usted anotar dentro de unos años la fácil predicción que ahora puede hacer, de que mi sencillo alarde (en que me cumple haber añadido a todos mis predecesores mencionados la ejemplaridad de un texto cómico insigne) señala un suceso, no por íntimo todavía, menos significativamente renovador en su `ritorno all'antico' en este año teatral de 1953.
"Y U. ya sabe que muy agradecido a todos mis amigos, tampoco me es lo mismo que lo señale otro que usted tan fiel a acendrado `archivero' del teatro en México. Felices Pascuas y un abrazo. –Cipriano".
Me complace reproducir esta magnífica autobiografía personalísima del gran director y animador teatral, y, como lo prometí, anotar, que no acotar, algunos reflejos de su texto. Tuve la fortuna, casi niño, de conocer a Frégoli, el primero y más grande de los transformistas, actor múltiple que lo hubiera sido excepcional en cualquiera de sus imitaciones. También, y como en un sueño, recuerdo a Novei y a Zacconi, durante aquellos años en que, contra lo que dicen los jóvenes cronistas de ahora, había teatro en México, y excelente. En cuanto al Canto del cisne de Chéjov, me cabe el orgullo de haberlo dado a conocer por la radio, haciendo yo, cosas de la afición a representar, el viejo apuntador. También puse por radio Antes del desayuno y La voz humana, que interpretó Cholita García Corona, después Stella Inda, en 1937.
Aun hay más. Vi actuar en el teatro Fábregas la única noche que lo hizo, en inglés por supuesto, en función que organizaron las colonias inglesa y norteamericana, a la extraordinaria monodramista y excepcional actriz, Ruth Draper. ¿Por qué olvidó usted, querido Cipriano, a otra monodramista, española por cierto, muy estimable Elvira Morla?
Quede la carta de Cipriano Rivas Cherif como una magnífica lección sobre el origen del arte de representar, muy útil a tantos directores que tan poco saben de los orígenes del teatro.