FICHA TÉCNICA



Título obra La voz humana

Autoría Jean Cocteau

Notas de autoría Antonio Castro / adaptación

Dirección Antonio Castro

Elenco Karina Gidi

Escenografía Ingrid Sac

Iluminación Ingrid Sac

Notas de Música Miguel Hernández / sonido

Vestuario Ingrid Sac

Espacios teatrales Teatro Orientación

Productores Claudio Sodi, Abe Rosenberg, Joseph Hemsani, Daniel Posada y Rodolfo Márquez

Referencia Alegría Martínez, “La voz humana”, en Laberinto, núm. 510, supl. de Milenio, 23 marzo 2013, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

La voz humana

Alegría Martínez

La voz humana pone bajo el reflector la insondable necesidad humana de sentir que alguien te necesita, te llama, te tiene en su mente aunque sea para decirte con su silencio y su ausencia que no te ama, por encima del significado de sus palabras.

Un aparato telefónico es la balsa salvavidas, el pretil de la ventana al que está asida una mujer que no se confiesa lo que ya sabe, aferrada a una voz, a un sonido que le es imprescindible, a un consuelo raquítico que se antepone a la urgencia de pedir perdón por el daño que le infringen, por el amor que se le desborda.

Escrita por Jean Cocteau en 1930, con adaptación y dirección de Antonio Castro, este monólogo es interpretado por Karina Gidi, quien con su habitual generosidad y arduo trabajo, se entrega a este personaje que sin embargo en su actualización, deja algunas de sus partes en el camino.

Las dificultades que existían en la Francia de aquella época con la comunicación vía telefónica, persisten en esta versión en la que el celular sustituye al viejo aparato de pesado auricular y en la que, desde luego, este delgado y común artefacto no cuenta con cable para ahorcarse como sucede en el original.

El peligro que corren los textos intervenidos con la intención de un acercamiento con el espectador contemporáneo, se hace patente en esta adaptación que, si bien, respeta lo que aqueja al personaje creado por Cocteau, al cambiar el aparato telefónico con cable por el inalámbrico móvil, hace que éste pueda transitar de un lado al otro del espacio escénico con una libertad que el personaje concebido por el autor francés no tenía, por estar definido un radio de acción determinado, a partir de los metros de la extensión mencionada, además de despojar a la actriz y al personaje de su herramienta de suicidio.

En una habitación pintada de gris donde los marcos de los cuadros no contienen imagen ni espejo alguno y los muebles conservan su estilo bajo ese tono neutro y apagado, como el interior de la protagonista, observar, escuchar, percibir a un personaje obstinado en su propia caída libre resulta un acto interesante que muestra al ser humano en indefensión absoluta ante su dependencia.

En este sentido, acudir al texto de Jean Maurice Eugene Clément Cocteau (1889–1963) que ha sido interpretado por actrices como Simone Signoret, Ingrid Bergman, Anna Magnani e, incluso, por Amparo Rivelles en los años ochenta, es un acierto que se adelgaza a ratos, quizá debido a la falta de un amplio análisis, lo que genera en esta mujer la impotencia de establecer un límite interno respecto a su disponibilidad, su soledad, su vacío y la ansiedad que le provoca el estado de auto abandono en que se encuentra.

El trabajo de la actriz, que admiramos en obras como La casa suspendida de Michel Tremblay bajo la dirección de Raúl Quintanilla, Incendios de W. Moawuad que dirigió Hugo Arrevillaga y La habitación al final de la escalera de Carole Frechette con dirección de Mauricio García Lozano, ha dado muestras contundentes de su registro actoral y amplia capacidad para interpretar distintos géneros.

Sin embargo, en esta ocasión requiere de un mayor apoyo por parte del director–adaptador que podría matizar, dar subtextos y tonos que se repiten en una monotonía que el texto, incluso su adaptación, no exige.

Una revisión sobre el humor que genera esta propuesta, ayudaría a que el espectador pueda profundizar en la circunstancia de esta mujer invadida por un vacío asido a su enamoramiento atroz.

Ingrid Sac, autora del diseño de escenografía, iluminación y vestuario, acude al gris mate en todo hábitat y mobiliario; a más luz natural que de color fuera de la brillantez que exhalan las únicas dos puertas que se abren, y a una serie de prendas que en conjunto buscan una evocación de la estética de la época con guiños actuales que se consume pronto.

Miguel Hernández diseña un sonido con pasajes de vacío, soledad, caos y viento, envuelto en notas contemporáneas que apoyan acertadamente lo que se narra en esta puesta escena con producción de Claudio Sodi, Abe Rosenberg, Joseph Hemsani, Daniel Posada y Rodolfo Márquez, inscrita en una marcada desolación cada vez más habitual.