FICHA TÉCNICA



Título obra Los asesinos

Autoría David Olguín

Dirección David Olguín

Notas de dirección Daniel Victoria / asistencia de dirección y traspunte

Elenco Antonio Zúñiga, Gilberto Barraza, Sandra Rosales, Laura Almela, Rodolfo Guerrero, Saidh Torres, Raúl Espinoza Faessel, Gustavo Linares

Escenografía Gabriel Pascal

Iluminación Gabriel Pascal

Coreografía Rafael Rosales

Notas de Música Rodrigo Espinoza / diseño sonoro

Vestuario Sergio Ruiz

Notas de vestuario Margarita Lozano / asistencia de vestuario

Espacios teatrales Teatro El Milagro

Productores El Milagro y Carretera 45

Notas de productores Margarita Lozano / producción ejecutiva

Referencia Alegría Martínez, “País de huérfanos”, en Laberinto, núm. 436, supl. de Milenio, 22 octubre 2011, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

País de huérfanos

Alegría Martínez

El teatro de David Olguín es imprescindible. Su obra, contundente, profunda, diáfana y lacerante, con un humor que libera y apuntala, es hoy la expresión de un arte que nos conforma y explica. Autor de Los asesinos, metáfora atroz con explosiones de ironía sobre el universo sicario, Olguín plantea el espacio de la muerte como una isla, cundida de odio y venganza, hasta donde la palabra de santos y profetas se enuncia como un eco que ha perdido el sentido.

Una rampa de madera en declive, balsa en un alta mar de arena que engulle y vomita zapatos de mujer, es el lugar del crimen, la amenaza, la súplica, la rabia, la venganza, la canción y el baile al pie de un árbol seco que sirve para colgar muertos; naturaleza vuelta cadáver vertical y seco.

Gabriel Pascal ilumina y diseña el espacio de los que viven al filo de una existencia en continuo espasmo sin repercusión notoria. Paisaje del horror cotidiano en el que David Olguín ubica a los personajes de un mundo real que nos agobia: una dupla de sicarios, una madre, su hija, su hijo pequeño, el jefe, un joven adherido a la radio y un enamorado de su voz con sueños grandes.

La discusión de los profesionales del crimen, su comunicación basada en adivinanzas que apuntan hacia la humillación, juego perverso no exento de una ilusión ahogada que pugna por sobrevivir, son parte de la mirada del dramaturgo que nos acerca a personajes que imaginamos bestias.

Antonio Zúñiga, intérprete de El Chaparro, dota a este sicario soberbio de la virtud seductora propia de quienes se sienten dueños del mundo, poseedores únicos de la vida de los otros, integrante de una banda de desposeídos de todo y a la vez seres pendientes de una voz, de una orden, del azar, que sostienen de un hilo su vida que a cada segundo es muerte.

Gilberto Barraza es El Torcido, un hombre de sólida ignorancia que enternece en su afán de avanzar en su profesión que requiere de especialistas despojados de inútiles ataduras vitales.

La telegrafista, hija de La Gringa, a cargo de Sandra Rosales, es la joven envuelta en ira, ahogada de abandono, que no quiere ser otra sino ella misma en un lugar y con un hombre que sólo pueden tragársela, desaparecerla en un desierto nutrido de muertos.

Laura Almela, actriz en su plenitud, es La Gringa, mujer de metamorfosis a vistas, personaje expulsado por la pena hacia el bando contrario, como tabla salvavidas del desahucio.

El Nicanor, personaje construido por Rodolfo Guerrero en la fragilidad del engaño y el deseo de brillar en un mundo fantástico, preso en la necesidad de parchar las mentiras y aferrado a su meta, es parte esencial para mantener la ilusión de esta red de implicados en la extinción humana.

Saidh Torres da vida a El Chicolito, quizás el personaje que más duele... por su juventud, por hallarse en la imposibilidad de atisbar una realidad fuera de las armas, los disparos y la fascinación por matar, en un universo donde no queda nada más allá de eso.

El Profesor, encarnado por Raúl Espinoza Faessel, es, desde su mediana inmovilidad, detrás de su discurso fragmentado, el símbolo de algo que rebasa al personaje, aunque sea también el titiritero que manipula hasta ese punto en que su arte deja de ser necesario.

Gustavo Linares es El Sónico, un ser deambulante atrapado por la música de un aparato de sonido que le hace bailar intensamente y semeja el madero al que se sujeta un náufrago.

Los asesinos le abre lugar a ese estado de espanto que se ha vuelto común, un lugar donde mandan las armas, en el que no hay espacio para el descanso y, sin embargo, persisten algunas crestas de sueños perdidos.

En esta isla sin mar donde nadie responde a las llamadas de auxilio, cada uno es arrojado a su soledad, a la venganza y el odio. Plataforma de cavilaciones y esperanzas rotas cada segundo, hasta donde llega el eco de fragmentos bíblicos que se diluyen en el griterío. País de huérfanos y niños que no pueden seguir siéndolo, de sangre que es líquido corriente, de madres y padres de hijos arrancados, donde se teme igual al vivo que al muerto y a quien le sobreviva. Territorio donde no hay revés ni derecho, donde las preguntas sobre Dios deben contenerse; paisaje de caídos del que formamos parte a la distancia o en cercanía, hasta donde llega la música, el baile, la canción de una fe asfixiada, en una atmósfera enrarecida y putrefacta en la que el proceder humano ha dejado de ser medianamente comprensible.

Con diseño sonoro de Rodrigo Espinoza, vestuario de Sergio Ruiz, coreografía de Rafael Rosales, asistencia de dirección y traspunte de Daniel Victoria, producción ejecutiva y asistencia de vestuario de Margarita Lozano y diseño gráfico de Pablo Moya, Los asesinos es un trabajo artístico total realizado por El Milagro y Carretera 45 de Ciudad Juárez (antes Alborde Teatro).