FICHA TÉCNICA



Título obra La tragedia de las tragedias o Vida y muerte de Pulgarcito el Grande

Autoría Henry Fielding

Dirección Juan José Gurrola

Elenco Fernando Bordeu, Cynthia Thomas, Tamara Garina, Sergio Contreras, Graciela Lara, Marta Verduzco, Mauricio Herrera, Álvaro Carcaño, Julián Pastor

Escenografía Salomón de Swaan y Carlos Nakatani

Iluminación Ignacio Zúñiga

Coreografía Colombia Moya

Vestuario Iker Larrauri y Raúl Espinosa

Referencia María Luisa Mendoza, “Un gigantesco Pulgarcito”, en El Gallo Ilustrado, no 227, supl. de El Día, 30 octubre 1966, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Un gigantesco Pulgarcito

María Luisa Mendoza

La tragedia de las tragedias o Vida y muerte de Pulgarcito el Grande. De Henry Fielding. Una delicia escenificada en el INBA, una puesta en escena modernísima, vital, irrespetuosa y alegre. Un canto a la vida y un estrujón a la culta autoridad que todo lo ve desde la agriada cúspide de lo inaccesible. Un repaso a la literatura dramática de antes-ahora, con este Henry Fielding que nos cautivó cuando conocimos su Tom Jones maravilloso en cine.

Ahora, porque los ahoras abundan en La tragedia de las tragedias, Gurrola Juan José nos ofrece la sublimación de los anacronismos: el rey Arturo hablando por teléfono, la reina Dolalola tomando cervezas de un refrigerador, Pulgarcito vestido de expedicionario en el África, Lord Mezclilla de Lord Byron, la princesa Huncamunca absolutamente a gogó, Glumdalca de reina cautiva de historieta cómica, y así... Hay un supermercado en escena, un hotel de lujo, un comedor de las Lomas y el hallazgo sensacional de Gurrola al resolver, echando fuera tanto traste y lujo sin igual, una batalla en escenario giratorio entre dos equipos de beisbol, Los Pulgas (de Pulgarcito) y Los Mezclas (de Lord Mezclilla).

Resulta nuevamente interesante y prometedor ver la obra de los jóvenes directores, a lo que se están ya atreviendo, lo que realizan sin ningún átomo de inhibición, lo que dicen en el estilo de hoy, con la música de hoy y el ritmo de hoy de lo de ayer. Y aquí se ve cuánto le debe el teatro al cine, a los comics, a la pantomima, al gag...

La dirección, sobre todo en el primero y en el último acto es un acierto en toda la línea, ambos no decaen y marcan entusiastamente la vigencia de los problemas que atenaceaban a los personajes teatrales supuestamente muertos. Fielding, el autor, habrá estado feliz en la tumba que ocupa desde 1754.

Y es tan buena la dirección que en las primeras escenas se teme que vaya a tragarse la obra misma. No obstante esto nunca llega a pasar y el espectador se va adentrando en el tema de Pulgarcito y los estragos que hace en la corte del rey Arturo. Un rey Arturo protagonizado por Sergio Guzik en el tono de la mayor farsa, caricatura y feliz ocurrencia hilarante.

Todo el grupo acciona, baila, canta y actúa con una propiedad inusitada, al servicio de la historia que Fielding quiso contar así.

Entre todos sobresale Fernando Bordeu, que es la personalidad misma, el talento y la mesura a pesar de estar subrayada su actuación con risas continuas. Sobresale también Cynthia Thomas a pesar de casi no pronunciar palabra, su presencia en escena se lleva aplausos y revela el especial cuidado del director en su perfil. Tamara Garina es una reina encantadora espléndida en el primer acto pero cuya dicción a pesar de ser graciosísima llega a cansar en el transcurso de la obra. Simpatiquísimo Sergio Contreras, chiquitito Pulgarcito de vocecita atipladita. En la guapura Graciela Lara, muy bien. Alada y gentil Martha Verduzco. Un voto a Mauricio Herrera en su fantasma chusco. Bien, bien, Álvaro Carcaño, Julián Pastor inolvidable a la hora de su muerte.

La escenografía que tiene diez de calificación por servicial, funcional, buena en toda la línea, se debe a Salomón de Swaan y a Carlos Nakatani. El vestuario a Iker Larrauri y Raúl Espinosa. La coreografía a Colombia Moya y la iluminación a Ignacio Zúñiga. Es de justicia nombrarlos a todos por el profesionalismo y el sentido de ritmo que demostraron en este trabajo de equipo.

En el segundo acto baja la acción y abundan los diálogos, esto es lo que motiva que el público sienta el nacimiento de la desanimación. Gurrola debió ornamentar más el asunto con acción, puesto que así lo da al principio y al fin. Pero este pecadillo no es nada junto a la suma final que merece el aplauso a su reingreso al gran teatro del mundo.