FICHA TÉCNICA



Título obra El hilo rojo

Autoría Henry Denker

Dirección Ignacio Retes

Elenco Agusto Benedico, Claudio Obregón, Virginia Gutiérrez, Anita Blanch, Francisco Jambrina, Malena Doria, Héctor Ortega

Escenografía Julio Prieto

Productores Instituto Mexicano del Seguro Social

Referencia María Luisa Mendoza, “El gran invento de El hilo rojo”, en El Gallo Ilustrado, no 166, supl. de El Día, 29 agosto 1965, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

El gran invento de El hilo rojo

María Luisa Mendoza

“Todo el mundo es raro salvo tú y yo, e incluso tú eres un poco raro...”
Robert Owen

Cualquier labor de proselitismo, de educación, de encarecimiento que se realice en favor del sicoanálisis, es absolutamente digna de la mayor ovación, porque está mostrando con fáciles palabras, sencillas y bien educadas, la única salida, la final irrevocable puerta para abandonar el dolor. El alma duele, se queja, se enferma. Un alma desolada puede atrapar el cuerpo, la piel misma y anclar para siempre al ser, al no ser. El diálogo entre el alma con su idioma subconsciente, y la salud, ocurre en el tratamiento sicoanalítico; por medio de ella todos los males son desechados, los horribles inventos de la loca de la casa, y reducido, por lo menos, la pena a su tamaño natural, explicado el error, entendida una y otra vez la gran traición de un mismo para los avances y las alturas. El análisis enseña a volar. Y sobre todas las cosas rescata del misterio el amor, condenado por los hombres a ser siempre el fracaso deslumbrante la historia de vidas.

Este es el Siglo de Freud y con ello el de la verdad. Nuestra gran verdad, o pobre, o quebrada. La suma de las verdades envolverá al mundo y así el agredir será apenas la respuesta a la dignidad y no la secretísima costumbre de Caín que, para regocijo de los incrédulos, si se hubiera analizado, habría entendido que Abel era nada más su hermano, mal irremediable que pudo haber soportado con sólo separarse. El poder romper una liga es también lo que Freud, nuestro padre, nos enseñó a hacer.

Bueno, el caso es que ahora el Seguro Social se lanza por los caminos analíticos. Y es hora de tocar trompeterías porque la veta está virgen y la gente ante ella se conmueve y se interesa, aunque su propia angustia la haga reír a destiempo o moverse inquieta en cuanto algo en escena pasa que los toca, los roza. Para cualquier persona conectada con el tratamiento analítico, El hilo rojo es probablemente la expresión menor, el folleto comercial, la frase del maestro, pero es asimismo el alborozo por ver el primer paso que Segismundo dio en su favor, siendo él, mostrando su absoluta humanidad, sus desmemorias –él que quería los recuerdos para aliviar–, sus pequeños males y dolores de cabeza, sus conflictos matrimoniales, su lucha contra una sociedad médica adocenada en la Viena de su tiempo, e idéntica la pobre a estas alturas en las que muchos asustadizos siguen negando el paso prodigioso del descubridor del mal-bien del hombre.

Hay escenas de tal intensidad dramática que habría que guardarlas entre las muy memorables del gran actor Agusto Benedico, hoy en el noble celebre perfil de Segismundo Freud. Solo él, nadie más, pudo entenderlo hasta ese fondo de la clausura, y su esplendente oficio teatral permitirle orillarlo a las estancias que cualquier hombre sufre.

El hilo rojo cuenta una, la inicial experiencia del instituidor del análisis sin usar, más que en casos especiales, la hipnosis. Es recreado por Henry Denker, un autor totalmente desconocido de personalidad, edad, nacionalidad, etc., y que sospechosamente, en tanta oscuridad, señala a su autor entre los nuestros, nada más que apenado por tocar el tema del consiente y demás yerbas. ¿Por qué se esconde Henry Denker? ¿será una mujer? ¿un analista? Este es un lindo rechazo por descubrir para que no se nos vuelva otro trauma más.

Dos actos ágiles, retenidos en el tema casi severamente, con sus pequeños lapsus de buen humor y sus angustias que en teatro se llaman suspensos. Claudio Obregón y Virginia Gutiérrez sobresalen por sus contenciones. Ella como histérica y él como enamorado común y corriente, pudieron bien dar rienda suelta a la exageración, y no lo hicieron, con mucho talento y una excelente dirección de Ignacio Retes. También Anita Blanch y Francisco Jambrina asientan sus colaboraciones brillantes, profesionales, agradecibles, gratas. Malena Doria y Héctor Ortega representan a la nueva ola escénica, tan bien, tan seguros los dos, tan creíbles, que da gusto verlos. Ellos y Obregón son en El hilo rojo una muestra de que actores no sobran, no así empresas que se atrevan a hacer teatro serio –como este– y taquillero no obstante –como la obra es de esperarse.

Muy linda Queta Lavat, cada vez mejor. Con la escenografía espléndida de Julio Prieto, y ese trabajo directriz de Retes que, repito, es de muy primera línea por su eficaz expresividad y su elegancia en los tonos menores de las emociones.