FICHA TÉCNICA



Título obra María Tudor

Autoría Víctor Hugo

Notas de autoría J. P. Calderón / traducción

Dirección José Solé

Elenco Ofelia Guilmain, José Baviera, Raúl Ramírez, Virginia Gutiérrez, Ricardo Fuentes, Rubén Rojo

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Xola

Referencia María Luisa Mendoza, “A María Tudor no se le faltó al respeto…”, en El Gallo Ilustrado, no 92, supl. de El Día, 29 marzo 1964, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

A María Tudor no se le faltó al respeto...

María Luisa Mendoza

María Tudor, de Víctor Hugo. La novela escrita en los 31 o 33 del 1800, tan lejano que parece con más siglos encima... María Tudor dada al mundo con su cargamento de intrigas cortesanas, junto con Nuestra Señora de Paris, Lucrecia Borgia, etc., –o al menos por la misma época.

Se trató de adaptar al teatro ese episodio de amores regios en la clandestinidad, de traiciones que se pagan con la muerte, de frivolidad y lujo insolente en la clase escogida de la nobleza..., se trató, con un éxito discutible por sus contrastes: el primero en la cortedad de tiempo y el segundo en el romanticismo desvelado. Todo esto a propósito de la escenificación María Tudor en el teatro Xola, traducida por J. P. Calderón.

El mundo de Víctor Hugo siempre fue verdadero y nutritivo para él, bebía del agua del río sin esperar a ser encopada, por eso sus relatos tienen tanta garra y tal veracidad, porque expresan asombrosamente hechos y cosas, sin más servicio que el de los hechos reales tal y cuales ocurrieron. Entonces, su pluma cuenta el chisme de aquel entonces que su imaginación recibía por vía directa, como si los 1500 de la hija de Enrique VIII apenas difirieran de su paso ochocentista. Y es que en Víctor Hugo el francés vivía de veras aquellos episodios en España, en Italia, siendo niño y acompañando a su padre que servía a Napoleón. Enteradísimo de los líos de la corona inglesa, les sacó partido como pocos, con la misma asiduidad que atacaba a Napoleón III. Tal vez María Tudor fue su personaje más bien amado porque recreóse esa vida de placer y catolicidad, de orgullo por el padre, y cumplimiento descarnado de su propia voluntad. María Tudor iluminó a Víctor Hugo y él a su vez pudo plantearla en las letras con todos sus pecados y sus virtudes, la diseccionó, es cierto, pero también le tuvo una infinita misericordia. Esto, en teatro es ideal...

Nada más que lo que se ofrece en el Seguro Social corresponde a ese barroquismo de aventuras de palacio, alcoba y torre prisionera... contado en serio. Es decir, que el intríngulis virtorhuguense se da trascendentalmente con todos sus diálogos envejecidos por los años, y entonces causa una especie de alegre sonrisa o risa plana que corresponde al melodrama y que aquí apenas subrayó debiluchamente el director José Solé.

Para mayor claridad en esta exposición: Solé pudo faltarle al respeto a Víctor Hugo y a la reina de Inglaterra pero dar a cambio una escenificación deliciosa, ágil, irónica y eminentemente hilarante. En contraste, pica con tibia malicia la farsa, apenas se atreve a señalar los dichosos apartes que aún hoy la mar de encantadores, por nada se aleja del almidón ni opta por la volatilidad de los holanes que, en el último caso, sería un homenaje a Víctor Hugo, que ya de platicar cosas increíbles como las que comente y le soportan a la Tudor, empieza a ser levemente culpable de comunidad, de hartadura con la capa y la espada... cosa de la que él no tiene todo la culpa, ya que el cine se ha encargado de abrumar al mundo, pero que de cualquier modo es salvable máxime cuando se tiene a la mano un sentido del humor inteligente como del que es capaz José Solé.

No obstante esto, María Tudor gusta y retiene la atención porque sus escenas están muy bien engarzadas –¡hombre: que es Víctor Hugo!– en lo que hoy se llama suspenso. El público de diario, que teme a la risa, no se atreve ni a la menor mueca, pero por allí en la sala hay uno y otro que gozan por entero la pieza porque además de seguirla, la celebran, y eso es un regalo doble.

Ofelia Guilmain ya había vestido esta Tudor tan humana y posesiva, alguna vez en Chapultepec. Entonces el recuerdo la retiene mejor y más consciente de su personaje; hoy está Ofelia Guilmain en Guilmain, espléndida sí, pero como cumpliendo nada más con la noche y el parlamento. Quién sabe por qué el resto del elenco gritó tanto, desde José Baviera hasta Raúl Ramírez, ambos –además es de justeza señalarlo– muy bien. Llena de recursos y madura ya Virginia Gutiérrez. En cambio, Ricardo Fuentes posesionado en la exageración se derrama temperamentalmente como ya empieza, por desgracia, a ser en él una costumbre. De quien hay poco y mucho qué opinar es de Rubén Rojo en la gris carencia de apasionamiento, de verdad, de comunión. Rojo, buen tipo, no posee técnica alguna en expresividad, en dicción, en emotividad. Parece que está negado a las tablas y es una pena.

La escenografía de Julio Prieto es preciosa en la humildad bienvenida y en la gracia, allí sí expuesta sin temores. Sí la dirección correspondiera al decorado irónico todo hubiera sido redondo como el cuello que rebana el hacha de la venganza tudoresca.