FICHA TÉCNICA



Título obra Madre

Autoría Karel Kapek

Dirección Charles Rooner

Elenco Dalia Íñiguez, Augusto Benedico, Héctor Gómez, Luis Peón Valdés, Ángel Merino, Enrique del Castillo, Agustín Sauret, Félix Samper

Escenografía Manuel Meza

Grupos y compañías Alumnos de la Escuela Dramática del INBA

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Eventos Temporada de Teatro Internacional

Notas de eventos Salvador Novo / organizador; Julio Prieto / productor

Notas El autor también hace un balance de la Temporada de Teatro Internacional

Referencia Armando de Maria y Campos, “Actores y directores en la interpretación de Madre, de Karel Kapek, y de Monserrat, de Emmanuel Robles en el Festival de Teatro Internacional que celebra México. II”, en Novedades, 14 abril 1950.




Título obra Monserrat

Autoría Emmanuel Robles

Notas de autoría Ceferino R. Avecilla / traducción

Dirección Celestino Gorostiza

Elenco Antonio Bravo, Luis Beristáin, Josefina Escobedo, Nicolás Rodríguez, Antonio Arenas, Humberto Valdepeñas, Luis Jiménez, Víctor Blanco, Víctor Velázquez, Héctor Gómez,, Virgina Gutiérrez

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Eventos Temporada de Teatro Internacional

Notas de eventos Salvador Novo / organizador; Julio Prieto / productor

Referencia Armando de Maria y Campos, “Actores y directores en la interpretación de Madre, de Karel Kapek, y de Monserrat, de Emmanuel Robles en el Festival de Teatro Internacional que celebra México. II”, en Novedades, 14 abril 1950.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Actores y directores en la interpretación de Madre de Karel Kapec, y de Montserrat de Emmanuel Robles en el Festival de Teatro Internacional que celebra México

Armando de Maria y Campos

La temporada de teatro universal que por sugestión del Instituto Internacional de Teatro de la Unesco continúa celebrando en representación de México el Instituto Nacional de Bellas Artes, se ha significado por la extraordinaria importancia que se le ha dado a los directores de los diversos grupos que intervienen y, más particularmente, al "productor". Nueve directores actuaron con plena responsabilidad durante la temporada que concluye estos días con la presentación en francés de la obra maestra de Rostand Cyrano de Bergerac, a saber Ruelas, Novo, Baralt, Rooner, Gorostiza, Sennet, Withbourn, Aceves y Moreau, y un "productor", Julio Prieto. Para mí, antes que nada, primero que todo, está el autor; después el intérprete; el director completa el triángulo. En la temporada de teatro universal el director, aunque supeditado al "productor" que crea el ambiente y la atmósfera con decoraciones, trajes y luces, ha estado en un primer plano absoluto, como si se quisiera demostrar que ahora, sin director, no hay teatro posible.

Bien es verdad que en este magno Festival de Teatro Universal se ha procurado prescindir del actor profesional, experimentado, y que la interpretación de las obras, desde Eurípides a Carballido ha sido confiada a actores que reciben educación para convertirse –creo– en profesionales, salvo aquellos casos en que fue absolutamente necesario arrancar de la cantera del teatro comercial lo que más precisó. Se justifica todo esto porque de lo que se trata es de crear un teatro para México que no tenga ninguna relación con el que hicieron hasta hace poco, y hacen aún, todos aquellos que, como en Fuenteovejuna, mataron al Comendador del teatro de hasta ayer. Soy afecto a predicar con el ejemplo de las citas. Creo que viene de perlas una de Vladimir Nemirovich-Danchenko: "Puede construirse un espléndido edificio para teatro, con escenario notable, magníficas decoraciones e iluminación perfecta; sin embargo, eso no será todavía el Teatro. Pero cuando en medio de una plaza descarnada actúa el actor rodeado de espectadores, estamos entonces en presencia del verdadero teatro. Porque lo esencial en él es el actor. El teatro comienza cuando un actor entra en contacto con el espectador".

Para interpretar la protagonista de la gran pieza dramática Madre de Karel Kapek, el director Charles Rooner reclamó la participación de una excelente actriz profesional ayer no más todavía gran recitadora, Dalia Íñiguez. Gracias a la gran artista cubana, Madre fue en el Festival de Teatro Universal lo que es, una gran pieza de teatro. Ya expuse en este mismo lugar, horas antes de que subiera a escena este drama expresionista, qué es como pieza de teatro y qué significa en Checoslovaquia en particular, y en Europa en general. Lo mismo escribo sobre Kapek. Sin embargo, como Madre ha despertado discusiones, no siempre favorables al autor, conviene insistir en que Kapek representa en el resurgir de la dramaturgia de la Europa Central, la pasión por el símbolo en su expresión más llana; la idealización de lo concreto, la corporización de lo abstracto, ya sea idea o corriente de pensamiento. Audaz el tema de la madre que vive, que dialoga con sus muertos y que empuja a su hijo más joven a una muerte cierta, convierte a ratos un teatro de pura imaginación en mecánica de lo irreal. Sin embargo, Kapek es un escritor cuya labor podría catalogarse entre la de los poetas puramente imaginativos. Su imaginación es realmente portentosa, nutrida además por una conciencia amplia de las avanzadas políticas del mundo, sensible a todas las manifestaciones del ingenio humano. De ahí su teatro fantástico, que no es por cierto el teatro de fantasía que se cultiva en otros tiempos, sino el teatro de imaginación que arranca de un punto de partida perfectamente humano y tiende a conclusiones perfectamente de acuerdo con la lógica más elemental y concreta de la divagación.

Para interpretar Madre fue preciso, repito, una actriz de calidad artística vertical y de dimensión emotiva profunda: Dalia Iñiguez. En la madurez de su carrera artística, vistió de emoción y de poesía el personaje, y se mantuvo siempre en el límite justo de la realidad y de lo inverosímil, y sus monólogos, necesarios en quien ve lo que no es posible ver –sus muertos, con los que sostiene diálogos–, fueron dichos con la sencillez y profunda emoción de quien tiene que dar la impresión de que nunca está sola, por más que lo esté en un mundo de silencio y de angustia. Fue el suyo el triunfo legítimo de una gran actriz.

Al lado de Dalia Iñiguez se movieron, y actuaron con naturalidad y desenvoltura, Augusto Benedico, Héctor Gómez, Luis Peón Valdés, Angel Merino, Enrique del Castillo y Agustín Sauret, alumnos de la Escuela Dramática del INBA. Sobrio el señor Samper en su papel episódico. Muy propia y muy ambientada la decoración de Manuel Meza, y admirablemente jugada la iluminación en esta trama entre vivos y muertos en que la luz es forma y fondo, realidad y fantasía, vida y muerte. La dirección de Rooner fue de gran sobriedad y del mejor gusto, logrando que las líneas sobrias del drama no se quebraran en trazos de caricatura.

El director Celestino Gorostiza prefirió valerse de actores profesionales, salvo excepciones de segunda importancia. Y en esto se finca el éxito que alcanzó la pieza Montserrat de Emmanuel Robles, de prueba para actores y director, que tiene éste que mover a sus personajes dentro del círculo vicioso de una situación que, como el tema musical del conocido Bolero de Ravel, es la misma y distinta a lo largo de tres actos angustiosos, apasionantes, desgarradores y siempre dramáticos. Montserrat no es obra con la que puedan jugar ni actores, ni director. Precisa de esta experiencia en quien organice el movimiento o juego escénico material, para que cada actor lleve en sí su propia emoción. Gorostiza la tiene, de sobra, y lo demostró, con un alarde de sencillez y veracidad capaz sólo en quien siente, ve y realiza el teatro con pericia y responsabilidad.

La interpretación, admirable en general, se caracteriza por la responsabilidad que el profesional que la tiene imprime a su labor. Antonio Bravo –en el coronel Izquierdo– y Luis Beristáin –en el teniente Montserrat–, logran en momentos que la emoción sacuda al espectador, y Josefina Escobedo se mueve en la cima difícil de la expresión dramática con seguridad y verismo, frutos de su indudable madurez artística. El resto del grupo –Nicolás Rodríguez un poco aparte de todos–, Antonio Arenas, Humberto Valdepeñas, Luis Jiménez, Víctor Blanco, Víctor Velázquez, Héctor Gómez y Virginia Gutiérrez, actuaron con conciencia propia pero dúctiles a una dirección ponderada, dueños de su propia responsabilidad artística.

La escenografía de Julio Prieto, excelente. El vestuario, histórico, contribuyó a dar a la acción el impresionante ritmo de una estampa antigua que se animara al contacto de la magia de la luz, que se logró fuera como un clima de dramática desesperación.