FICHA TÉCNICA



Título obra El atentado

Autoría Jorge Ibargüengoitia

Dirección David Olguín

Elenco Alejandro Calva, Eugenia Leñero, Arturo Ríos, Moisés Arizmendi, Silverio Palacios

Escenografía Gabriel Pascal

Iluminación Gabriel Pascal

Espacios teatrales Teatro de las Artes

Referencia Bruno Bert, “Ibargüengoitia, el tiempo y la historia”, en Tiempo Libre, núm. 1065, 5 octubre 2000, p. 24.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Ibargüengoitia, el tiempo y la historia

Bruno Bert

Jorge Ibarguengoitia (1928-1983) tuvo una conflictiva relación con el teatro por lo poco favorecidas que fueron tanto sus obras como sus críticas periodísticas. En realidad, es cierto que resulta mejor narrador que dramaturgo, aunque la corriente posterior a su muerte se haya empeñado en cubrir de elogios sus textos para la escena, casi como un desagravio lleno de culpa al rechazo anterior. Pero hay excepciones que creo se constituyen en materiales muy rescatables.

Una de ellas es El atentado, escrita a fines de los cincuenta que toma el asesinato de Obregón como eje para mostrar la transición de dos tiempos, la corrupción de los estamentos de gobierno y la connivencia final entre el poder y la Iglesia al término de la guerra cristera. Esto con mucho sentido del humor, una gran ironía, no poca crudeza, sobre todo calculando la distancia temporal que nos separa de las costumbres de entonces, dentro de un estilo de comedia fársica de raíz naturalista, que en definitiva es lo que funcionaba en ese momento histórico. Leerlo es grato, aunque ya tiene un cierto sabor a viejo (40 años en teatro puede ser mucho tiempo) y amerita un acercamiento a través de la puesta para que el público de hoy pueda sentir toda la fuerza y la habilidad que contiene el texto. Es decir que llama también a una cierta adaptación sin timidez para poder gustarlo a plenitud.

La Compañía Nacional de Teatro tomó esta obra para cerrar el ciclo creado sobre la Revolución Mexicana, que ya había poblado Noche de estío, de Rodolfo Usigli, y Felipe Ángeles de Elena Garro. En este caso fue nombrado director David Olguín, un dramaturgo relativamente joven pero maduro en sus propuestas artísticas, al que casi siempre he visto dirigiendo materiales propios. La producción (INBA-Cervantino-INEH) es generosa en medios y el Teatro de las Artes un espacio-escaparate de prestigio. Y allí va el maridaje de imagen y texto.

La estética elegida por Olguín, paradójicamente, tiene mucho que ver con Tavira, casualmente el director del material anterior sobre Felipe Ángeles. Un mismo sentido épico, una misma grandiosidad en la propuesta de espacios, un igual acento ideológico en ciertas, imágenes casi esperpénticas, una graficación casi idéntica para el fusilamiento y tiro de gracia, un concepto estético-conceptual muy colindante. Y no es que esto sea criticable en sí, sino que los materiales de base de los que ambos se sirven (Elena Garro Jorge Ibargüengoitia) son muy distintos, y siento que toda esa parafernalia convocada aquí no representa una elección coherente, ni con la obra ni con el teatro de este particular momento histórico.

Seamos claros. La propuesta de Olguín/ Pascal (excelente, dentro de su propuesta, la labor de este último como escenógrafo e iluminador) está trabajada de manera cuidada, estudiada, prolija. Hay una unidad de ideas entre el escenógrafo y el director para mostrarnos una sociedad "en construcción", un parteaguas donde de un lado se funda un tiempo político y por el otro concluye, para el devenir posiblemente apasionante pero también muy incierto que nos espera. En todo caso siento que la puesta está del lado de lo que concluye y no de lo que comienza. Esto en cuanto a la interpretación del autor, el humor de Ibargüengoitia está apelmazado por el peso de la puesta, que por momentos puede recordarnos a fragmentos de una Opera de los 3centavos, en tanto concepción de gran espectáculo. Incluso encontramos la creatividad de Olguín mucho más supeditada a lo complejo artesanal del montaje, que a soluciones personales y acordes a este teatro de hoy, que suele aportar un horizonte mucho más extendido en sus propios materiales.

El elenco es numeroso y consistente. Destaca Alejandro Calva en el papel de Obregón, Ramón Barragán en sus varios papeles y Luis de Icaza en sus roles eclesiásticos, pero todos cubren muy bien en cuanto a composición y en cuanto a ritmo lo que la dirección exige. Como conjunto se los ve muy gratamente.

No hay una crítica a la calidad de la construcción, ni al manejo de actores, ni a la seriedad con el que se encara el trabajo. Sino más bien a montarse en un tiempo de despedida entre los que saludan desde el puerto, en lugar de estallar en formas a la proa del barco, siendo que tanto por edad como por talento podría ocupar sin problemas ese puesto.