FICHA TÉCNICA



Título obra Las criadas

Autoría Jean Genet

Dirección Adriana Roel

Elenco Patricia Reyes Spíndola, Pilar Pellicer, Alejandra Bogue

Escenografía Guillermo Barclay

Iluminación Guillermo Barclay

Vestuario Guillermo Barclay

Espacios teatrales Foro Stanistablas

Referencia Bruno Bert, “¿Y Genet?”, en Tiempo Libre, núm. 965, 5 noviembre 1998, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

¿Y Genet?

Bruno Bert

Los foros independientes nacen y mueren como flores de temporada, por lo que es especialmente interesante enterarse de las nuevas estrategias que cada uno inventa como posibilidad de supervivencia y continuidad. Ahora, el foro Stanistablas, que fundara hace no más de un par de años Patricia Reyes Spíndola, incorpora a Adriana Roel, creando una compañía profesional que lo ocupe de manera estable, aparte de puestas ocasionales invitadas.

Me parece una excelente idea que aleja no sólo la posibilidad de ausencias o baches en la programación, sino que al mismo tiempo establece un horizonte de calidad para los nuevos productos que puedan ingresar. Hecho fundamental que no siempre se tiene en cuenta y que muchas veces provoca la muerte de un foro (o su abandono por un público interesado en un teatro de calidad) por inconsistencia y amateurismo en las obras que allí se muestran.

Y como primer trabajo nos traen una nueva versión de Las criadas, de Jean Genet. Aquí, Adriana Roel funge como directora y Patricia Reyes Spíndola (Clara), Pilar Pellicer (Soledad) y Alejandra Bogue (la señora) asumen los distintos roles del elenco.

He visto unos seis o siete montajes de ésta, que es la obra más llevada a escena de las pocas que Genet compuso. Algunos de estos antecedentes son memorables —como la primer puesta en Argentina, por ejemplo, o la última en la Unión Soviética— pero siempre fueron encarnadas por hombres (como lo indica el autor), y ésta que podemos ver ahora en el Stanistablas es la primera que me toca ver asumida por mujeres en los tres papeles.

Una de las características fundamentales de este autor "maldito" del teatro francés es su neta separación y rechazo a cualquier ilusionismo naturalista. El suyo es un teatro de máscara sobre máscara, y debajo de la última sólo reina la más absoluta soledad. El suyo no es un discurso sobre las minorías (negros, criados, homosexuales, etcétera), sino desde las minorías, y el aparato teatral se vuelve así la condición básica que permite la confesión, alejado tanto del concepto burgués como del brechtiano. De allí que un hombre haciendo de sirvienta que hace de señora es como un laberinto básico que lava a Las criadas de los escollos más evidentes y tentadores... algunos de los cuales encontramos en la puesta de Adriana Roel.

El primero es el concepto de belleza. La directora y el escenógrafo —Guillermo Barclay— caen en la tentación de la belleza naturalista, y sólo en la cabecera de la cama y en algún que otro detalle, casi sutilmente, se evaden de esto. Pero el pensamiento de Genet sobre el tema es la estridencia y el kitsch, desbordado y jubiloso en todas sus novelas, y no la minúscula información sobre el posible mal gusto de la señora. Es un mundo de ilusionismo contra un universo conceptual anclado en lo teatral. Debiéramos enfocar un espejo deformante sobre lo construido para hallar lo deseado por la estética de Genet. Lo segundo (el espacio no me permite más) es el manejo de la actuación. Sólo la señora (Alejandra Bogue) es la máscara inquietante, cruel, absolutamente falsa y por lo tanto profundamente auténtica dentro del concepto del autor. Patricia y Pilar van lavando en la imitación ese original hasta no poder evitar dejar emerger la piel y la sangre de lo humano, depreciando así las posibilidades corrosivas de lo genetiano, acercándose peligrosamente a los confines y las fronteras con lo "natural".

Creo que se trata de un concepto erróneo para tratar a esos personajes. De allí que aunque son excelentes actrices, se les escapa por momentos de las manos la grandeza negativa y santificadora de Genet para quedarse con un leve alegato sobre la servidumbre, hecho que está distanciado de lo que la obra necesitaría para estallar en toda su violencia.

De todas maneras, aunque no coincida con la concepción de puesta, creo que es un trabajo que merece ser visto y debatido, porque está hecho con intensidad, con profesionalidad y avalado por el prestigio de tres actrices que están generando opciones de producción, de espacio y de montaje en un espacio social de crisis. Lo demás, tal vez sea materia de reflexión y debate.