FICHA TÉCNICA



Título obra El verdadero Oeste

Autoría Sam Shepard

Dirección Sergio Zurita

Elenco Gabriel Porras, Gonzalo Junoy, Gastón Yánes, Leticia Gómez Rivera

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Bruno Bert, “Ironía transformada en farsa”, en Tiempo Libre, núm. 756, 3 noviembre 1994, p. 29.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Ironía transformada en farsa

Bruno Bert

En el foro de La Gruta, conservando el título originario en inglés, se viene presentando El verdadero Oeste, esa obra de Sam Shepard que conociéramos hace cuatro años en los escenarios mexicanos bajo la dirección de Angeles Castro Gurría. Ahora es Sergio Zurita quien maneja la puesta con Gabriel Porras, Gonzalo Junoy, Gastón Yanes y Leticia Gómez Rivera componiendo el breve elenco.

El material asume algunos de los temas preferidos por el autor americano: las relaciones familiares dentro de una estructura estallada; el alcoholismo y la debilidad del padre y el protagonista; la confrontación entre ciudad y desierto, y además la idea de lo problemático de las realizaciones personales, que aquí permite un juego con lo que le es bien conocido, ya que uno de los dos roles fundamentales es el de un escritor y guionista de cine, función que se identifica con la del propio Shepard. El manejo lingüístico del dramaturgo, su habilidad para tramar una historia donde lo cotidiano bordee la tragedia sin perder la ironía y esa fascinación que en él ejercen los personajes frustrados y casi fronterizos con lo patológico, vuelve también a esta obra, al igual que otras suyas, un plato apetecible para el público.

Excelente heredero de los maestros del realismo sicológico americano, es capaz de retratar al mundo dibujando un pueblo. Así, sus personajes y su entorno son profundamente estadounidenses, sobre todo por sus obsesiones vinculadas a un contexto cultural absolutamente preciso e incluso identificadas a partir de los pequeños tics sociales correspondientes a las distintas clases que describe con una pincelada magistral. Y sin embargo, en esos americanos "de hueso colorado" advertimos un hálito de universalidad (por lo menos, de occidentalidad) que permite a cualquier espectador sentirse aludido en el manejo de sus emociones y conflictos.

En True west nuevamente se da la cita entre dos hermanos (como en Loco amor, sólo que en este caso se trata de dos varones). El uno universitario, logrado socialmente, con una familia constituida y veleidades de escritor. El otro, es el habitual desarraigado que no ha logrado hacer nada de su vida y ha preferido huir al desierto (como su padre, un borracho vencido y patético), un poco por sus antecedentes de ladrón y otro tanto para evadir esa sociedad que siente agresiva e inmanejable. El espacio que los reúne es la casa de la madre, con la inmovilidad de sus plantas y su vajilla de porcelana, que vive sola y se halla ausente. Resulta fascinante ver los niveles de manejo de la relación. La mutua admiración, el mutuo desprecio, la igual capacidad intelectual destruida por la impotencia afectiva de ambos, unidos por un amor fraternal que no logra construirlos porque se asienta sobre un vacío histórico-familiar. Es en verdad al mismo Shepard al que vemos escindido en los dos personajes y en la dualidad que representan. Una vez más, lo fraternal y lo familiar está convocado con un aliento trágico de raíz bíblica, con la áspera voz del desierto filtrándose simbólicamente junto al aullido ya pervertido de los coyotes, el olor a gasolina y la intrascendencia de los electrodomésticos. El "drama americano" del dinero, el poder y un ansia de absoluto y de horizonte que se vuelve frustración y soledad frente a la destrucción de los valores básicos nucleares conjuntado a una irreprimible añoranza por la infancia perdida.

La puesta minimiza la importancia del espacio contenedor que se arregla "de cualquier manera", sin un escenógrafo a la vista; y también el seleccionar la forma de vinculación con el público, al que directamente relaciona con la escena sin solución de continuidad. Ambas cosas, más el manejo escénico, de carácter bastante directo y primario, evidencia una dirección poco afinada que se extiende a la labor con los actores, a los que permite corrimientos en el tono de ciertas escenas que provocan incluso reacciones de hilaridad entre los asistentes en momentos donde el texto y las intenciones de Shepard transitan hacia otros intereses. El trabajo de Gabriel Porras y Gonzalo Junoy -los dos hermanos- está impregnado de pasión y ambos actores mantienen un ritmo sostenido durante todo el trabajo. Digamos que resultan como una materia prima valiosa que hubiera sido importante hallara una dirección preocupada por acotarlos, introducir matices y en definitiva generar un estilo a partir de la entrega que se ve en los intérpretes.

La puesta va transformando la obra hasta que la cercanía a lo fársico se impone, triturando contenidos en una comicidad que debió haber sido sarcástica y dolorosa ironía. Una pena, porque el texto de Shepard es suficientemente rico e interesante como para conducir todo el proceso hacia mejores puertos, sobre todo con un equipo actoral entregado como el que aquí podemos apreciar.