FICHA TÉCNICA



Título obra El jefe máximo

Autoría Ignacio Solares

Dirección José Ramón Enríquez

Elenco Miguel Flores, Emilio Guerrero, Jesús Ochoa

Espacios teatrales Centro Universitario de Teatro

Referencia Bruno Bert, “El jefe máximo”, en Tiempo Libre, 23 enero 1992, p. 29.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

El jefe máximo

Bruno Bert

El pequeño foro del CUT (Centro Universitario de Teatro) tiene su público, que sigue interesado en las experiencias que allí se llevan a cabo, generalmente relacionadas con las alternativas de formación y profesionalización de sus planteles estudiantiles. Así, los trabajos pueden abarcar estéticas muy distintas entre sí y objetivos y propuestas también disímiles, pero lo que les da unidad es en definitiva la seriedad de cada búsqueda que llega incluso a justificar la posible debilidad artística de alguno de ellos. Es un espacio universitario que trata de mostrar coherencia en su función, aun con las crisis que frecuentemente la sacuden.

Ahora nos presenta El jefe máximo, de Ignacio Solares, bajo la dirección de José Ramón Enríquez. Se refiere, en un tono brechtiano (logrado por momentos y un tanto ingenuo en otros) a la relación Iglesia-Estado, a partir de las figuras ya históricas de Plutarco Elías Calles y el padre Pro. Antagónicos y representativos ejemplos de la guerra cristera y de la creación de las instituciones políticas que, aunque con ciertas modificaciones, aún nos rigen.

Desde el punto de vista conceptual, intenta manejar un discurso a dos niveles básicos: aquél que involucra la polémica histórica, su contextualización y el posible debate entre sus diversos protagonistas; y aquél otro que hace a la organización de los actores de ese grupo específico de trabajo y a la concepción y juego que hace el director en relación con el uso del poder y la posibilidad "democrática" de construcción del espectáculo, jugando las contradicciones que pueden significar ese tipo de temáticas desarrolladas de la mano de un director que se asume justamente como "el jefe máximo", nombre que recibía Calles de sus subordinados.

Resulta interesante el nivel de documentación que se maneja, así como la posible fluidez de este caudal de información a partir de un montaje supuestamente aún en "estado líquido", lo que permite el exceso y el descarte dentro mismo de la escena. El autor trata de manejarse antidogmáticamente, casi como representación "objetiva" de los hechos para que sea el espectador el que juzgue si realmente las medidas políticas de Calles —incluyendo, claro, el fusilamiento del padre Pro— fueron históricamente justificadas a la luz de los sesenta años pasados desde entonces, o si, por el contrario, la balanza se inclina hacia la postura de una Iglesia claramente militante de esos momentos. Dejando en definitiva un aire para la reflexión y pertinencia actual de aquellos hechos. Los personajes insisten en preguntarse si los 90,000 muertos hayan históricamente encontrado algún tipo de justificación, y los conceptos de religión y poder son jugados en forma elástica para permitir una mejor comprensión de los móviles y sentimientos de los protagonistas.

La puesta busca la unidad necesaria entre concepto y forma y recurre a la incorporación del director y el asistente al nivel de actores ya que se actúan a sí mismos en el supuesto montaje "en vivo" durante uno de los ensayos. En lo personal nunca he apreciado demasiado ese recurso que pretende un nivel de espontaneidad totalmente falso, con comentarios "naturales" que resultan envaradísmos (no es interesante su auto-representación).

Comprendo y comparto la intención de distanciamiento y los varios juegos propuestos a tal fin, algunos de los cuales están francamente logrados (como el diálogo entre Calles y Obregón, que tal vez es el momento más brillante del espectáculo), pero el socorrido escenario vacío con el director que se queja porque los actores llegan tarde se me hace —como casi todas las participaciones polémico-reflexivas de los mismos— poco exigente en cuanto a recurso y poco efectivo en cuanto a proposición artística. Y es una pena porque el trabajo real de dirección —sobre todo de dirección de actores, haya o no existido realmente el problema de poderes planteado como ejemplificación paralela— es interesante, mismo que la labor de los intérpretes: Miguel Flores, en el papel del sacerdote y Jesús Ochoa, como Plutarco Elías Calles. Ambos presentan momentos muy disfrutables, incluso en sus entradas y salidas de los papeles.

En definitiva, se trata de un trabajo al estilo de lo que hablábamos al principio con relación al CUT: puede uno estar de acuerdo con él o tal vez no tanto, pero tiene hueso suficiente como para que cualquier espectador disfrute los logros y también lo serio del intento.