FICHA TÉCNICA



Título obra Don Juan Tenorio

Autoría José Zorrilla

Notas de autoría Nicolás Curiel / versión

Elenco Yolanda Avendaño, Mayra Chardiet

Grupos y compañías Teatro Universitario de Venezuela

Eventos Primer Festival Panamericano de Teatro

Referencia Armando de Maria y Campos, “La versión de don Juan Tenorio de los universitarios venezolanos”, en Novedades, 7 noviembre 1948.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

La versión de don Juan Tenorio de los universitarios venezolanos

Armando de Maria y Campos

La muchachada que integra el Teatro Universitario de Venezuela, ha hecho su segunda salida por los campos mexicanos de Talía, durante el Primer Festival Panamericano de Teatro, presentándonos una desconcertante versión e interpretación del famoso Don Juan Tenorio, drama religioso y romántico de José Zorrilla, que viene representándose en México sin interrupción hace ciento trece años, algunas veces –esto ocurrió a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX–, en cualquier época del año, hasta que se hizo tradición que apareciera en los primeros días del mes de noviembre.

Don Juan en general, y muy particularmente el creado por Zorrilla, es una preocupación muchas veces honda, y quienes la comparten no suelen preferirla. Don Juan es algo más que un personaje dramático, es lo que muchos personajes dramáticos llegaron a ser: un mito; y, como tal por su significación honda, es como un secreto encerrado en el corazón ligero de don Juan, porque, desde que apareció en la poesía, la poesía encierra un secreto difícil de develar. Cada generación lo busca, y cree hallarlo, y lo que hace es depositar en el alma de don Juan buena parte de sus propios secretos. Don Juan ha nacido con el destino de ser constantemente pensado, imaginado, recreado, sin que a través de estos sucesivos avatares y recreaciones se repitan más que unos datos fundamentales, que casi no lo son, pero que sirven comúnmente para su reconocimiento. La ficha política de don Juan dice poco más que esto: seductor de muchas mujeres. Lo demás es variable. Desde Mozart no hay decenio literario que no cuente con su don Juan, cuando no con varios, y en esa galería hallamos contrafiguras del burlador sevillano para todos los gustos. Pero principio y suma de todas las versiones que encuentran su cuna en la de Tirso de Molina, es la creada por José Zorrilla. Don Juan es un tema poético más difícil cada día, e insuperable si se tiene en cuenta que, sin proponérselo siquiera Zorrilla, compuso con la figura central de él el primer drama romántico español. Y un drama romántico no cabrá nunca en los moldes teatrales laberínticos de la moda llamada expresionismo.

A don Juan (el de Zorrilla), hay que acercarse con respeto, pero hasta los que han faltado a este elemental concepto de discreción o con ausencia total de sentido común, les ha sido imposible hacerle realmente daño. Pero me temo que de aquí en adelante la versión de los alocados e irreflexivos estudiantes universitarios venezolanos nos obligue a colocar una piedra blanca en la legendaria historia de don Juan. Porque los alumnos de teatro de la Universidad Central de Venezuela nos han dado una versión absurda a través de una dirección francamente equivocada y con una interpretación menos que mediana, responsabilidad que comparten por igual los entusiastas muchachos, por no querer entender los personajes que interpretan, y el director, que no entiende por ninguno de sus cuatro costados el famoso drama de Zorrilla, ni su profundo sentido religioso y romántico.

La versión, que suponemos del señor Nicolás Curiel, es irrespetuosa y, para decirlo de una buena vez, acaba con la obra. Presenta el Tenorio de Zorrilla en un solo acto largo y para ello lo mutila despiadadamente, suprime personajes e incorpora en uno sólo –el Ciutti– otros como el del escultor y suprime a los que le viene en gana. Así, la obra queda como una tela cortada y remendada, irreconocible. La presenta sin decorados, usando una cámara negra, trastos, y reflectores que arrojan una luz blanca desde bambalinas creando áreas de actuación que son cárceles que privan de toda libertad o convivencia a los actores, y a los que obliga a los movimientos más extraños e incongruentes, porque a veces los hace recorrer el amplio escenario sin importarle las áreas iluminadas. No supo hacerlos hablar en el tono romántico de la época, y salvo algunos parlamentos de la señorita Yolanda Avendaño como Inés, y de la señora Mayra Chardiet, como Brígida, todos los demás se portan francamente como aficionados que no se han asomado por una sola clase de dicción.

Poco queda qué decir, concretamente, sobre la interpretación en particular o la dirección en general, puesto que ambas quedan sujetas a la insensata versión que deja la obra de Zorrilla, como dejó Don Juan a Doña Ana: imposible para vos y para mí; para público responsable y para crítica serena.

Aludimos a la presentación escénica que aspira a tener un contenido expresionista, y por esto no es posible silenciar que todos los personajes, de don Juan para abajo, usaron ropajes arbitrarios, fuera de la época –años gloriosos de Carlos V–, en que se supone ocurren las extraordinarias aventuras de ese místico feminoide aventurero que fue don Juan de Mañara, después Tenorio con Zorrilla. Creo sinceramente que ni en el más modesto de nuestros pueblos rabones nadie se hubiera atrevido a presentar a los personajes del Tenorio a través de su muestrario de trajes que van desde las capas y el chambergo de D'Artagnan y sus tres mosqueteros, hasta la camisa hollywoodesca de Errol Flynn, que usa don Juan en su quinta de Sevilla para adorar a doña Inés, asesinar al comendador y matar a don Luis en desafío...