FICHA TÉCNICA



Título obra La marquesa de Sade

Autoría Yukio Mishima

Notas de autoría Rafael López Miarnau / traducción

Dirección Rafael López Miarnau

Elenco Emma Teresa Armendáriz, Rosenda Monteros, Alicia Palacios, Aurora Molina, María Idalia, Marta Bianchi

Escenografía Guillermo Barclay

Espacios teatrales Teatro Polyforum

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La marquesa de Sade de Yukio Mishima, dirige Rafael López Miarnau]”, en Siempre!, 23 abril 1975.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   23 de abril de 1975

Columna Teatro

La marquesa de Sade de Yukio Mishima, dirige Rafael López Miarnau

Rafael Solana

Nombres de prestigio convocaron a un público enterado e inteligente la noche del estreno en el Polyforum de La marquesa de Sade(1); esos nombres fueron el del director Rafael López Miarnau, uno de los mejores de cuantos en nuestro medio operan, y el de su esposa, Emma Teresa Armendáriz, que es sin duda una de nuestras más ilustres actrices.

El título de la pieza resulta atrayente; su autor, el japonés Yukio Mishima, nos era hasta esa noche desconocido. La obra nos pareció sumamente interesante, cuajada de efectos dramáticos, originales en su planteamiento, audaz en sus diálogos. Nos quejamos de la traducción, que encontramos muy descuidada; pensamos que López Miarnau no debería autorizar con su nombre una versión tan llena de errores gramaticales (particularmente, faltas de concordancia, pues se atribuyen desinencias verbales en plural a sujetos en singular, si bien se trata de nombres colectivos, como el pueblo, la muchedumbre, y otros); hay faltas de elegancia que consisten en rellenar de participios la frase, o en repetir las combinaciones de nombres y adjetivos, del corte de (no son frases exactas) "en la mano desnuda la sangre caliente de un conejo blanco"; también hay pleonasmos, unos no tan vulgares, otros hasta el extremo de "salió afuera"; una revisión al texto evitaría faltas tan burdas; de paso se podría quitar un poco de cursilería a ciertas imágenes poéticas que resultan nauseabundas, o cómicas, sin tener ninguna de esas intenciones. Y se podría aprovechar esa revisión para aligerar algunas escenas pesadas, verbosas, y cortar ciertas repeticiones; la obra duró la noche del estreno tres horas, lo que, en el teatro más incómodo de México, y con un calor de estufa, acabó por convertirse en una tortura.

No aplaudiremos hoy a López Miarnau con el mismo entusiasmo con que lo hemos hecho en otras ocasiones; esta vez nos parece que ha dejado escapar la naturalidad, y que algunas de sus artistas caen por momentos en sobreactuaciones, en falsedades, en amaneramientos; abusó el director de ciertas risitas de Rosenda Monteros más falsificadas que un billete de dos cincuenta; en cuanto al papel de Madame de Montreuil, que es el más importante de la obra, la hace Alicia Palacios con tal estudio, con tan cuidadoso bordado, que suena absolutamente falto de autenticidad la mayor parte del tiempo, y hasta provoca algunas risas que no vienen al caso; quien cerrara los ojos, tendría la impresión exactísima de estar oyendo a don Augusto Benedico en una de sus mejores actuaciones; la señora Palacios se baja tanto de volumen, a veces, que se deja de escuchar su texto, y tan profundamente desciende de diapasón, en otros instantes, que parece un actor en vez de una actriz, y estar hablando en la boca de una olla; nadie le dirá que no estudió su papel; por el contrario, se le pasó la mano; lo ha hecho perder naturalidad, espontaneidad, de tan estudiado que lo tiene.

Aurora Molina, que conserva su bella voz, bien educada, mientras va perdiendo su figura juvenil, cubre correctamente un papel no muy difícil, en el que muchas veces se tiene que cambiar de ropa; María Idalia, con un personaje por completo diferente de otros que le tenemos vistos, nada deja que desear, y nos dio agradable sorpresa Marta Bianchi, una actriz hermosa y joven, muy desparpajada y muy inteligente, experimentada sin duda, que supo dar vivacidad, autoridad y picardía a su importante personaje.

Emma Teresa Armendáriz se vio en algunos momentos, al principio de su actuación, como preocupada por parecerse a Dolores del Río, por sonreír como ella y como ella levantar una ceja para dar intención a un bocadillo; defiende muy bien sus escenas, algunas de las cuales tienen mucha miga; hace que su personaje sea el que se ve más, a pesar de que se siente que no sería sino el segundo en una compañía que encabezara una actriz de mayor edad, digamos, la señora Montoya, o la señora Xirgu, cuando vivían. Rosenda luce bella y juvenil y dice bien su papel, pero agradecería que le quitaran medio kilo de risitas fingidas.

Guillermo Barclay, que acertó del todo en la poca escenografía que puede caber en un teatro circular, atinó también en el vestuario, que pudo ser más auténtico (aunque entonces habría sido mucho más caro) pero que resulta apropiado, teatral, vistoso; el traje de republicana de la criada convence; los de marquesas pueden parecer un tanto pobres, pero como son vistosos, pasan perfectamente bien.

He aquí una obra audaz, cínica, algunos de cuyos diálogos son muy atrevidos, y en la que sin embargo no se hacen caber ni desnudos ni palabrotas; se dicen allí cosas más crudas que en La pulquería, todo con elegancia, con decoro, con gracia. Pensamos que va a interesar al público, y que durará mucho tiempo en cartel; pero ojalá que la dejasen en una duración más razonable y que la limpiaran de las pocas manchas que la ensucian, y ninguna de las cuales presenta la menor dificultad para ser erradicada.


Notas

1. El 10 de abril. P. de m. A: Emma Teresa Armendáriz.