FICHA TÉCNICA



Título obra La carroza del Santísimo

Autoría Próspero Mérimée

Notas de autoría Álvaro Aráuz / versión

Dirección Xavier Rojas

Elenco José Baviera, Rosenda Monteros, José Solé, Luis Mussot Jr, Edmundo Barbero, Roberto Cardin

Escenografía Jorge Contreras

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La carroza del Santísimo de Próspero Merimée, dirige Xavier Rojas]”, en Siempre!, 18 noviembre 1959.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   18 de noviembre de 1959

Columna Teatro

La carroza del Santísimo de Próspero Merimée, dirige Xavier Rojas

Rafael Solana

Por todos conceptos venturoso debe considerarse el cambio de giro que ha hecho el director teatral Xavier Rojas, que era tan exclusivamente aficionado a lo abracadabrante (mezcla morbosa de lo sicalíptico con lo macabro) y que ahora se anota éxitos muy lisonjeros en la comedia. Quedan atrás los tiempos en que sólo iba uno al Granero a que se le pusiera el pelo de punta con los horrores que en su escenario se presentaban; se ha convertido ya en un sitio amable, al que se va con el aliciente de que se pasarán allí ratos deliciosos.

A El hombre que hacía llover, inolvidable y encantadora comedia, ha sucedido en aquel simpático local otra pieza amable y llena de gracia, La carroza del Santísimo, de Álvaro Aráuz, obra inspirada en una del mismo título del autor romántico francés Próspero Merimée.

Aráuz, cuya modestia le impide aparecer en los créditos como autor, tomó la obra del autor del Teatro de Clara Gazul y en vez de limitarse a traducirla, volvió a escribirla. Más o menos los mismos personajes e idéntica línea argumental, la misma distribución de las escenas; pero el lenguaje, ¡qué diferente! Todo él arauciano, nada merimeano. Un lenguaje igual al que Aráuz puso en labios de los personajes del Don Juan, de Pushkin que también reconstruyó; visto a través de versiones de don Álvaro, parecería que Pushkin y Merimée fueran la misma persona.

Alvaro Aráuz es un poeta, y muy inspirado, por cierto; como Lope de Vega o como Calderón de la Barca, a quienes ha estudiado en ensayos muy inteligentes; pero más que como ellos, como Góngora o como Quevedo o como cierta Sor Juana (la del Primero sueño) gusta de un lenguaje complicado, adornado, lleno de metáforas; y pone tal lenguaje en los personajes de Merimée o en los de Pushkin; la prisa con que debemos redactar estas notas para hacerlas llegar a tiempo a la redacción, nos impide ir a comprobar en el texto original la ausencia que sospechamos de muchos giros poéticos que alhajan el texto arauciano, y que fueron comentados cuando La carroza del Santísimo apareció (ya dos veces) editada. Parece imposible, así lo creemos, que Merimée haya dicho: " el toro, como un mar de navajas", o “las castañuelas de luz de tus ojos", o "una alameda en un otoño de sombreros", ni siquiera "la sorprendida sangre”, ni "los nervios desenvainados", ni "una flexible columna de canela", ni "ese potro de seda de las medias"... todo esto lo dice Aráuz, y lo habría dicho, con mucho orgullo, el autor de la Fábula de Polifemo y Galatea; pero el autor de Carmen y de La Venus de Ille... ¡qué lejos está de este bello rebuscamiento!

¿Cómo recibe el público este desacostumbrado lenguaje? Al principio, con grata sorpresa, con agrado... luego; con cierto cansancio, y hacia el final, con hilaridad; la repetición produce el fenómeno de la risa, según tan cuidadosamente estudió el maestro Freud. Llega un momento en que más y más extravagancias verbales van haciendo al espectador moverse inquieto en el asiento, como si apuntase; "¡otra, otra, y otra más!"; cuando el licenciado Esquivel aconseja al Virrey ponerse el bendito rosario sobre la pierna enferma, para que "como sanguijuela celestial" le saque el mal, el público estalla en una carcajada ¡Esa sanguijuela fue ya el delirio del barroco, del conceptismo y de la fantasía!

Pero... el resultado de conjunto es feliz, el auditorio ha escapado a la vida diaria, ha entrado en otro ambiente, el poético, y ha visto estallar cohetes verbales, ha sido testigo de unos juegos pirotécnicos del lenguaje que lo sacan del mundo ordinario; como la mayor parte de las metáforas son afortunadas, y algunas audaces, violentísimas, se ha hecho un ejercicio mental al seguirlas; tal vez esta gimnasia fatigue a algunos, pero sin duda habrá de parecer estimulante a otro.

Esto en cuanto el idioma, que es lo más interesante de la obra de Aráuz; en cuanto a la anécdota, que es sobradamente conocida (don Ricardo Palma y don Artemio del Valle-Arizpe se han cebado en ella), es deliciosa, fresca, suavemente picante, llena de amable ligereza; un ejemplo de buen humor y de fina conducción de un breve asunto. Merimée la llevó con mano maestra a través de un corto número de escenas, y con un limitado número de personajes. Divierte por su gracia, y atina en sus muy afortunadas observaciones acerca de la psicología de los principales personajes.

Dicho esto de la obra, mencionemos la mínima pero atinada escenografía del arquitecto Contreras, y pasemos a la dirección y a las interpretaciones.

Desde hace algunos años viene haciéndose notar como uno de nuestros mejores directores jóvenes Xavier Rojas; cada día es menos joven; pero evidentemente, también más directo; ahora es extraordinario; especialmente, en el género cómico, que es el más difícil; en las truculencias a que antes era afecto era fácil defenderse; la comedia fina hay que bordarla, llevarla hasta la mayor perfección, y hasta allá la ha llevado Rojas, en El hombre que hacía llover, primero, y ahora en La carroza del Santísimo, donde no hay un solo punto suelto, y casi ninguna imperfección; si tuviéramos que oponer algún pero, por el prurito de no dejar de hacerlo, mencionaríamos el corte defectuoso de la capa del obispo, y tal vez, ya en plan de la más exagerada exigencia, las espaldas un poco demasiado anchas del traje de Pepe Solé; pero en cuanto a compresión de la obra, a ritmo, a entonaciones, a gestos de cada uno de los intérpretes y altura de cada una de las voces... nada es objetable, todo contribuye a una estupenda representación.

En cualquier otro teatro habría podido ser tachado de nervioso el movimiento escénico; los actores en algún momento más parecen réferis de box que lo que representan, un virrey, o su secretario; pero recordemos que es teatro en círculo, y que estos escenarios tienen sus propias reglas, una de las cuales es el movimiento continuo; la pieza pediría cierta quietud, especialmente en un personaje al que por un ataque de gota le resulta muy doloroso moverse, pero en el teatro en círculo es necesario que ese personaje no se inmovilice (ni ningún otro) porque daría la espalda durante largo tiempo a un grupo de espectadores, que le oirían mal y le verían peor. Estas razones justifican la movilidad de ardillas que se ven precisados a mantener todos los actores.

Al hablar de ellos, de lo bien que están todos, seguimos hablando del director, que tan bien los supo entonar, aun en los casos en que las líneas, por rebuscadas, resultaban difíciles de decir. Esta vez el triunfo del director Rojas es en todos los frentes, desde la feliz selección de la obra hasta el menor detalle de su postura en escena, y, muy principalmente, la dirección de los intérpretes. El mejor de todos los actores del cuadro es José Baviera. Convengamos en que el suyo es el papel mejor y más grande; pero, ¡cómo lo hace! Está verdaderamente extraordinario.

Baviera es un actor de mucha experiencia; desde tiempo inmemorial viene haciendo teatro y cine, con buen éxito. Y sin embargo parece que lo hubiéramos conocido la noche del estreno de La carroza del Santísimo.(1) Este Baviera es otro Baviera. Aquél era bueno; éste es magnífico.

Antes era un actor profesional, simpático, correcto, pero... un poquito empaquetado, un poquito rígido, muy bien vestido, sí, y cumplidor en todos sus papeles (en Los hijos de Eduardo estuvo muy bien); pero ahora ha perdido los 20 kilos que le sobraron, ha perdido ese cuerpo un poco asalchichado que lo entiesaba un poco; y, lo que es muy curioso, esos veinte kilos parece haberlos perdido no solamente del cuerpo, sino del alma, parece haberse desengrasado también el espíritu; se ha desatenderado o despanaderizado, porque no es posible negar que algo de tendero o de panadero tenía todavía hace poco. Ha hecho un virrey de cuerpo entero, y lo ha dicho muy bien. Pasó por todos los matices de su papel, que son muchos y muy contrastados, con un acierto nada distante de la maestría. Para él, merecidamente, la ovación más larga y más cerrada de la noche.

Un aplauso muy caluroso y muy bien ganado también fue el de Rosenda Monteros; muy tierna para el papel, que habría requerido una mujer más hecha (la Chula Prieto no era una mala selección), y un poquito insignificante físicamente, pues aunque es mona, y aun bonita, carece de muchos de los encantos (sobre todo en cantidad) que hacen lo que podría llamarse "una real hembra", Rosenda hizo un plausible esfuerzo por incorporar a la fogosa Perricholi, que habla de la pólvora en la sangre de sus venas; lo puso muy bien, lo memorizó al centésimo de segundo y de milímetro, en movimiento, en pausas, en ritmo; quizá la habríamos preferido un poco más popular y más espontánea, más perra chola, más salvaje, aun cuando esto habría ido en contradicción con el alambicamiento y el churriguera de sus parlamentos. Pero dentro de la carrera de esta actriz, éste es un paso de siete leguas; es, con mucho, lo mejor y lo más importante que ha hecho hasta ahora, pues sus salidas en Poesía en Voz Alta o en Acolman, eran el kindergarden de la carrera teatral, y sus intervenciones cinematográficas tampoco han sido muy famosas.

Viene después Pepe Solé, que tiene papel algo ingrato, por cuanto que es de una sola cuerda; pero supo identificarse este buen actor con su personaje, y sostuvo con gran animación todo el primer acto, que pesa sobre sus hombros; cada día está más cuajado y adelanta más este inteligente artista.

A Luis Mussot, Jr., le puso Rojas su papel de licenciado Esquivel con unos matices de afeminamiento que el actor supo contener dentro de los límites del buen gusto, y de los que sacó partido humorístico; don Edmundo Barbero, que podría estar mejor vestido y peluqueado, dice con gracia su episódico pero importante personaje episcopal, y el reparto se completa con Roberto Cardin, que a pesar de la brevedad de su papel de criado encuentra ocasión de hacerse aplaudir, pues halla el tono justo para sus gestos y para la entonación de sus voces.

Total, que La carroza del Santísimo no tiene desperdicio, que la recomendamos como una verdadera delicia, y que pensamos que se hará vieja en la cartelera del Granero, donde bien merece sostenerse por lo menos un año, para que todos la vean, algunos varias veces.


Notas

1. 5 de noviembre. Xavier Rojas medio siglo en escena. p. 153.