FICHA TÉCNICA



Título obra Corona de sombra

Autoría Rodolfo Usigli

Elenco María Tereza Montoya, Luis Beristáin, Beatríz San Martín, Gerardo del Castillo, Emilio Brillas, Rodolfo Landa, León Barroso, Miguel Córcega, Humberto Almazán, Alberto Camacho, Anselmo Zambrano

Espacios teatrales Teatro María Teresa Montoya

Notas Como parte de la inauguración del Teatro María Teresa Montoya, se presentaron también las obras: Béseme usted, Debiera haber obispas, La loba, Toda una dama

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Inauguración del teatro María Tereza Montoya con Corona de sombra de Rodolfo Usigli]”, en Siempre!, 22 febrero 1956.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   22 de febrero de 1956

Columna Teatro

Inauguración del teatro María Tereza Montoya con Corona de sombra de Rodolfo Usigli

Rafael Solana

Sin duda ha de ser el acontecimiento teatral más importante del año en México la inauguración, con una temporada brillante, del soberbio teatro que María Tereza Montoya se ha hecho construir en Monterrey. Es un estupendo teatro, y las fiestas para inaugurarlo han sido solemnísimas.

¿Será negocio ese teatro? Sin duda los capitalistas regiomontanos que contribuyeron a costearlo han pensado que sí, y por eso se tiraron por todo lo alto; la noche de la inauguración se hizo una taquilla de 35 mil pesos; desde el lunes siguiente las entradas se normalizaron en 10 mil; ojalá que la señora Montoya pueda conseguir que eso dure mucho tiempo.

El costo del teatro fue de cuatro millones, pero es que de verdad es un gran teatro; lo hemos encontrado mejor y más cómodo que el Insurgentes o el Fábregas de México y sólo inferior en comodidades y en lujo al de Bellas Artes, desde luego supera a todo lo existente en provincia, por mucho que haya que confesar que son hermosos teatros el de la Paz, de San Luis Potosí; el Juárez, de Guanajuato, tan envejecido; el Degollado, de Guadalajara, o el Carrillo Puerto, de Veracruz.

Contra la moda actual, que pide teatros pequeñines, éste de la señora Montoya es amplísimo; 1 200 butacas, ocho palcos, tres pisos de camerinos, entradas directas de la calle al escenario para automóviles, caballos o lo que se necesite; capilla, como las plazas de toros; sala para lecturas, café interior exclusivo para artistas; todos los camerinos con agua corriente, y los de la señora Montoya y el señor Mondragón verdaderas suites de lujo, cada uno de ellos con sala de recibir, vestidor y cuarto de baño propio; además en la sala, el derroche de alfombras es impresionante, y en el vestíbulo hay verdadera abundancia de mármoles, de bronces y de plantas.

El gobernador de Nuevo León descubrió desde el medio día el busto de la señora Montoya, y ella se lo dejó al descubierto para la ceremonia de la noche; verdaderamente no encontraba Rodolfo Landa dónde prenderle una medalla de oro, si en la cintura o en un hombro, porque sobre el pecho, que es donde suelen colgarse las medallas, no había tela de dónde prender; hubo discursos del propio Landa, de Benítez, por la Federación Teatral; de Basurto por la Unión de Autores; del académico don Alfonso Junco y, por supuesto, de don Ernesto Finance. María Tereza y su esposo recibieron la medalla de oro de la ANDA y pergaminos, por su mérito artístico y por sus esfuerzos en favor del teatro mexicano.

Y luego vino el estreno en Monterrey de Corona de sombra, la pieza antihistórica de Rodolfo Usigli que en México ya se dio, sin mucho éxito, un par de veces, y que ha sido representada en algunos países extranjeros.

Para esa noche y para esa pieza, cuyo reparto es extenso, la señora Montoya conjuntó una compañía heterogénea; ella estuvo magnífica en el papel de la emperatriz Carlota, por más que llegó algo fatigada a las escenas finales (se había cambiado de traje 11 veces, entre otras cosas); también estuvo excelente Luis Beristáin en el papel del emperador; esos dos papeles, hay que proclamarlo, estuvieron esta vez mejor interpretados que nunca.

Beatriz San Martín lució bellísima, en el papel de Eugenia; Gerardo del Castillo estuvo perfecto en el del mariscal Bazame; a Emilio Brillas le sobró peluca para el de Napoleón III, que dijo bien, y Rodolfo Landa se esforzó por aprovechar las cortas oportunidades de dejarse ver que le brindaba el papel de Mejía (en posteriores representaciones había de hacer ese papel el cuasilaureado Noé Murayama).

León Barroso sacó adelante su Miramón, rediciendo un poco, y Miguel Córcega estuvo justo y perfecto en su corta intervención como alienista; Humberto Almazán hizo demasiado obvio su profesor; y en el resto del reparto, todavía muy copioso, y en parte reclutado en Monterrey, hubo verdaderos tropiezos: el papel del Papa, por ejemplo, se merecía una mejor interpretación; a Labastida (Alberto Camacho) no se le oyó una palabra, y a Anselmo Zambrano (el portero), hubo que gritarle sus frases, porque se le produjo una laguna mental muy inoportuna.

Las mutaciones no fueron hechas con toda la rapidez que esa obra necesita para no cansar; de dos a tres minutos entre cuadro y cuadro, y son 11, hicieron a la función prolongarse media hora más de lo que hubiera sido conveniente; agreguemos a esto los discursos; el público abandonó la sala, cerca de las dos de la mañana, algo fatigado; en la calle se registraba esa noche una temperatura de 13 grados bajo cero.

Pero la fecha, 3 de febrero de 1956, es importante; María Tereza Montoya tiene ya un teatro (fugazmente dio su nombre al Lírico, de México, para una temporada de comedias), y es un gran teatro, y lo ha inaugurado con una obra mexicana de la mayor importancia, muy bien montada y en general muy bien hecha.

La segunda obra de la temporada de la señora Montoya fue Béseme usted de Tristán Bernard, y para hacer esa obra con María Tereza se desplazó desde México el gran actor don Fernando Soler, que muchas veces ligó su nombre, en nuestro teatro, al de esa actriz cumbre; la conjunción de estos dos artistas de primer orden atrajo al público regiomontano, que pudo ver a la actriz en un papel por completo diferente del que había hecho en la obra de inauguración.

Y la tercera obra, mexicana otra vez, Debiera haber obispas, para la que fueron mandadas llamar las actrices Lucha Núñez y Carmen Sagredo, que la estrenaron aquí, con la señora Montoya, y la hicieron luego en muchas plazas de provincia y alguna del extranjero, con la misma señora Montoya, o con Isabela Corona; y en televisión la hicieron con Virginia Manzano. El papel de obispo, por haber fallecido Felipe Montoya, que lo estrenó, fue ahora asignado a Emilio Brillas (también lo ha hecho, y por cierto muy bien, Héctor López Portillo) y el del político, por estar Luis Aragón actualmente en Testigo de cargo, en el Insurgentes, fue repartido a Gerardo del Castillo (otro que lo ha hecho en las giras ha sido Miguel Maciá).

Y la cuarta obra es La loba, para la que irá a Monterrey la linda actriz joven, una de las de mayor talento en la nueva promoción, Maricruz Olivier; Maricruz estuvo ya en la Sultana del Norte como una de las artistas invitadas a la ceremonia de inauguración del teatro.

Después irá Toda una dama, de Luis G. Basurto y algunas otras comedias o tragedias de autores nacionales o extranjeros.