FICHA TÉCNICA



Título obra Hedda Gabler

Autoría Henrik Ibsen

Dirección Enrique Singer

Elenco Lisa Owen, Roberto Soto, Carmen Madrid, Arturo Ríos, Concepción Márquez, Carlos Aragón, Ana Graham

Escenografía Martín Acosta, Auda Caraza y Atenea Chávez

Iluminación Juliana Faesler

Vestuario Eloise Kasan

Referencia Noé Morales, “Hedda Gabler”, en La Jornada Semanal, 8 de octubre del 2006.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

La Jornada Semanal   |   8 de octubre de 2006

Columna El mono de alambre

Hedda Gabler

Noé Morales

Algún sector marxista vio en ella la representación de los tedios y vicios de la burguesía; ciertas interpretaciones de corte freudiano supieron definirla como frígida o reprimida; demonizada como insensible o encumbrada como arquetipo de la mujer emancipada, plenamente contemporánea, Hedda Gabler, la más discutida y compleja de las antiheroínas ibsenianas, sigue siendo ojo de debate, motor de controversia, carne ineludible de escenario. Acaso más ahora, a la luz del centenario natal del padre indiscutido del drama moderno.

En este contexto, en la conmemoración crítica y escénica de un aniversario importantísimo, la reposición del clásico de Ibsen, efectuada por Enrique Singer, indaga en una cuestión fundamental, abordada por Luz Emilia Aguilar en el programa de mano: la identidad móvil, en construcción permanente, del personaje titular. "La protagonista –nos dice Luz Emilia– se vuelve campo de batalla de la conciencia. En su cuerpo se enfrentan las fuerzas que pueden frenar o precipitar el desastre." Intentando trascender análisis trillados o previsibles (como la reducción del conflicto de Hedda a un mero dilema entre la obligación y el deseo), Hedda Gabler configura un punto crítico en el mapa de relaciones entre la persona y la amalgama de nociones dadas que lo individualizan, y cuya incidencia conjunta hemos venido a llamar identidad. Seducida por el placer y el confort atribuidos a la bonanza material, pero también atraída compulsivamente hacia la aniquilación, Hedda Gabler es el cónclave aglutinante de una disputa radical, la personificación corpórea de una impronta autoral que filosofa a martillazos sutiles, que configura un equilibrio de una armonía disonante y que se desmorona de a poco, dilatada pero inclementemente, ante nuestros ojos de espectadores. Irónica y mordaz, atractiva y desafiante, Hedda Gabler traza relaciones contradictorias e incluso excluyentes con quienes la rodean, mostrando a cada uno una faceta distinta; lejos de ser una práctica pragmática manejada enteramente a su voluntad y conveniencia, Hedda parece estar, en el ejercicio de sus pasiones e intereses, descontruyendo los axiomas de su personalidad, reafirmando o desechando nociones a través de sus actos y decisiones –complejas, dubitativas. Estaremos, durante el periodo al que hemos sido convidados por la ficción, ante una identidad errante, ante un cuerpo voluble embestido por sus pulsiones y por los efectos de esa simulación permanente en que se ha convertido su entorno cotidiano. Es Hedda Gabler una obra sobre la inestabilidad derivada de habitar la existencia, sobre la entropía que en nuestros cuerpos deja la disputa por ordenar los requerimientos de la voluntad.

Singer diseña su puesta a partir de ejes que parecen encaminados a enfatizar esa condición transitoria y nómada insinuada por Ibsen; el diseño escenográfico de Acosta, Caraza y Chávez, por ejemplo, no sólo incorpora elementos neutros y nos transmite anacronismo, sino que juega con la idea de tránsito y precariedad: las persianas que sugieren la conciencia de un asedio externo, la disposición en escuadra que delimita un espacio de fuga, que será en el que los actores se muevan predominantemente, configurando un trazo escénico que conforma significados; en el tránsito recurrente de Hedda (Lisa Owen) entre el sillón y la mesa, ubicada en el espacio abierto, podemos leer los vaivenes de su personalidad y las inconsistencias de su periplo hacia la aniquilación postrera.

Pero Singer también pone al día al clásico desde lo estético: la escenografía, el vestuario (de Eloise Kasan) y la iluminación (de Juliana Faesler) evocan cierto aire decimonónico pero son, como ya se ha dicho, esencialmente anacrónicos, y efectivos para aproximar aún más los sucesos de la ficción. Pero quizás su mayor virtud radique en el desempeño pleno y casi sin disonancias del elenco, que matiza las emociones, entiende cabalmente los mecanismos de la intriga y, muy importante, no pasa por alto el caudal irónico de la escritura ibseniana. Lisa Owen (acaso viciada por ciertos manierismos histéricos que ya se le conocen), Roberto Soto, Carmen Madrid, Arturo Ríos, Concepción Márquez, Carlos Aragón y Ana Graham edifican un tono general convincente en su organicidad, con un buen sentido del ritmo y del tempo escénico, redescubriéndonos las virtudes del realismo y evocando, rigurosa y lúcidamente, el legado de un autor imprescindible.