FICHA TÉCNICA



Título obra El día que se soltaron a los leones

Autoría Emilio Carballido

Dirección Abraham Oceransky

Elenco Bárbara Gil, Virginia Gutiérrez, Virginia Manzano, Yolanda Mérida, Carlos Ancira

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. El día que se soltaron los leones”, en El Día, 4 diciembre 1978, p. 17.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

El día que se soltaron los leones

Malkah Rabell

Hay obras y espectáculos que entusiasman. Hay otros que indignan, pero los hay que simplemente dejan desconcertados, con una sensación de vacío e indiferencia. Y como en estos cacos se tiene la mala costumbre de echar toda le culpa al director de escena, quien recibe todas las bofetadas, también en la ocasión de El día que soltaron a los leones del conocido comediógrafo nacional Emilio Carballido, la noche del estreno, más de un espectador "entendido", y entre ellos los pocos críticos que asistieron a la premiere, decidieron que Abraham Oceransky, joven director de vanguardia, que más de una vez demostró tener capacidad, imaginación y sentido poético, no era más que un ignorante del manejo de la escena como de los actores, y echó a perder el maravilloso texto que no comprendía.

Como por naturaleza me disgusta la injusticia, traté de deslindar responsabilidades. Empecé por leer el texto. ¿Y éste qué nos dice?

Un día los leones se escaparon de sus jaulas del Bosque de Chapultepec y se lanzaron en busca de su "libertad individual". Y los globeros, los fotógrafos ambulantes, las nanas, los niños escolares o no, los maestros y las amas de casa, huyeron despavoridos, dejando el campo libre a un cuerpo de policías que emprendió una campaña militar contra los fugitivos, y sólo logró matar a un transeúnte por equivocación. Pero una viejecita de 67 años, que huía de la tiranía de su tía, rica y mocha; un poeta, "mal vestido", especie de vagabundo, que huía del trabajo no menos velozmente, se unieron para proteger y hacerse cargo de los evadidos, tratándolos como gatos domésticos. Un cuadro plástico de la Escuela Mexicana de Pintura aunado a una historia sentimental a lo Walt Disney.

La obra fue escrita en 1957, durante una estadía en Rumania del autor. Y si la comedia tiene ciertas alusiones políticas, especialmente en lo referente a la "libertad individual", se relaciona indudablemente con los países socialistas. Mas, el joven director Abraham Oceransky, producto de otra generación, prefirió desviar las alusiones al año 1968 y a sus acontecimientos estudiantiles. Esta historia de fugitivos –leones o gente– que tratan de liberarse, le sirvió para crear su paralelo entre los protagonistas y aquellos muchachos de la lucha estudiantil. También los héroes de este El día cuando se soltaron los leones caen víctimas de las balas policiacas, víctimas de la represión. Y lo curioso es que el público hizo suyos esos paralelos abusivos.

Sin cambiar nada al texto original, sin agregar ni quitar punto ni coma –fuera del epílogo que deja con vida a los protagonistas de la historia, o historieta–, el director le dio al espectáculo otro carácter. Además del paralelo entre 57 y 68, entre unos destinos particulares y un destino público y colectivo, Oceransky subrayó lo infantil, lo "disneylandía" de este Chapultepec de los leones, donde el cisne original, en cuya gracia a lo Pavlova, insiste Carballido, se transforma en un pato de tamaño descomunal; tanto los simios como los leones tienen mucho de humano, y con el concurso de varias primeras figuras de la Compañía Nacional de Teatro en papeles episódicos, el espectáculo adquirió mucha gracia infantil. El director parecía que se empeñaba en ponerlo todo "patas arriba". A la relativamente joven Bárbara Gil, que suele hacer papeles de ingenua o de vampiresa, le dio el papel de la tía centenaria, a la bella y elegante Virginia Gutiérrez la colocó en un personaje de vecina, gorda, fea, embarazada, con tubos en la cabeza y con caminar de pato, lo que interpretaba la actriz con gracia y sentido del humor. Virginia Manzano, en el papel de la "domadora de leones" involuntaria, nos dejaba perplejos: ¿se trataba de una niña o de una anciana? Para ser la viejita que exigía el texto, ostentaba un peinado excesivamente oxigenado y peinado a lo salón de belleza. Para ser la niña que sugerían sus actitudes y su cabellera, lo que tenía era un exceso de años. En semejante equivoco, ¿de quién la culpa? ¿del director o de la actriz, que como sucede a menudo en su profesión, no quiere someterse al envejecimiento? Tampoco sabíamos el carácter del personaje de Yolanda Mérida: ¿jovencita o mujer madura? En cambio, los dos hombrea, Carlos Ancira, como el poeta, nunca fue tan fresco, y Jorge del Campo no tuvo que hacer esfuerzo alguno para resultar el excelente actor de siempre en el papel del maestro que mata une bala policiaca por confundirlo con un león.

Resultado. ¿Quién salvó o quién hundió la obra? ¿el autor al director o al revés? Francamente no lo sé. Tampoco sé si el dramaturgo se tomó en serio su texto. Pero quienes más gozaron de la representación y de las aventuras de los leones y de su involuntaria domadora, fueron indudablemente los niños.