FICHA TÉCNICA



Título obra Las tres hermanas

Autoría Anton Chéjov

Dirección Rafael López Miarnau

Elenco Jorge del Campo, Miguel Córcega, Ricardo Blume, Luis Gimeno, Carlos Brihiesca, Virginia Gutiérrez, Adriana Roel, Mónica Serna, Carlos Ancira

Escenografía Jarmila Masserova

Espacios teatrales Teatro Jiménez Rueda

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Chéjov y Las tres hermanas”, en El Día, 6 septiembre 1977, p. 26.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Chéjov y Las tres hermanas

Malkah Rabell

Nada más difícil que la reproducción sobre un escenario occidental de esa compleja alma rusa. Por poco que se conozca ese cerrado mundo eslavo, ningún montaje de sus autores "extramuros" deja satisfecho. Ni Chéjov, ni Gorki ni Gogol, parecen ellos mismos, sino un débil eco de sus propias creaciones. Cuantas veces he presenciado en México (o en otras partes) la puesta en escena de algunas de sus obras —desde El jardín de los cerezos hasta Los bajos fondos; desde El inspector hasta El tío Vania me convenció, ninguna me emocionó como la lectura de las mismas.

Tampoco puedo afirmar sinceramente que Las tres hermanas provocó en mi igual desgarramiento que hace 25 años cuando la leí por primera vez. Sin embargo, el actual montaje de Rafael López Miarnau para la "Compañía Nacional", está realizado con toda seriedad y amor, con esta sensibilidad culta e inteligente que le es propia a Miarnau; con un conjunto bueno, pero no homogéneo. Porque si bien Jorge del Campo, en el papel de Andrei Prizorov, el hermano de Olga, Mascha e Irina Prizorov, fue excelente, con una gran comprensión del personaje: intelectual inquieto, deseoso de llevar a cabo grandes proyectos y quien se deja destrozar y anular por una esposa mediocre y vulgar. Y asimismo en sus papeles de esos famosos "hombres que sobran", que lanzó la literatura rusa por aquella época, Miguel Córcega, como el barón Tusenbaj, Ricardo Blume como el coronel Vershinin, y Luis gimeno, en el grotesco marido de Masha, el profesor de escuela, Kuliguin, fueron estupendos, no se puede decir lo mismo de Carlos Brihiesca, que no posee la voz ni los conocimientos profesionales necesarios para el difícil papel del oficial Solioni, causante del último drama de la obra: la muerte del Barón Tusenjab, en un duelo. Si bien en las figuras de las tres hermanas, Virginia Gutiérrez, Adriana Roel y Mónica Serna crearon a los tres personajes, la seria Olga, la apasionada Mascha y la romántica Irina, con dramática fuerza, en cambio Cristina Rubiales como la burguesa esposa de Andrei, fue descolorida y falta de temperamento. Hay en esta obra chéjoviana varios papeles secundarios que no dejan de ser claves en la vida rusa. Paradont y Anfisa, el siervo y la nodriza, que ni Jorge Mateos ni Blanca Torres supieron reflejar. En cuanto a Carlos Ancira sufre el drama de muchos actores importantes del escenario universal, se mecaniza en sus tics, en sus gestos y actitudes. Y sólo Dios sabe el secreto de la lucha que se ha de llevar a cabo pala destrozar la terrible prisión de sí mismo.

Interesante resulta la intención de la escenógrafa checoslovaca, Jarmilla Masserova, que trató de adaptar el campo visual al impresionismo, el más cercano al tono del arte chejoviano. Mas, para las texturas impresionistas parecían faltar luces, lo que no se explica, porque el teatro Jiménez Rueda posee buenas instalaciones técnicas. También López Miarnau trató de reproducir el tono chejoviano con sus mundos aislados, sus soledades, sus diálogos cortados como si cada uno hablara por separado, para sí mismo, en un ritmo lento, con esta lentitud de la gente que flota en el vacío, en la vaguedad, del tiempo que se va arrastrando, del reloj que se ha parado. Tal vez hasta estuvo excesivamente lento.

No se puede decir que el espectáculo no cumplió su cometido. Y no obstante, Chéjov no me llegaba con el desgarramiento de antaño, ¿Por qué? ¿Se debe a mi envejecimiento o al envejecimiento de Chéjov? Ciertamente por el camino de lo existencial han transitado ya figuras como Sartre y Pirandello, y el "existencialismo" de Chéjov hoy se antoja infantil. Empieza uno a sentir cansancio ante esta permanente variación sobre el mismo tema: trabajo, haraganería, aburrimiento, la vaciedad de la vida, lo inútil de todo, su absurdo y la belleza del futuro. En 1901, la hermana mayor termina la obra con un discurso sobre la felicidad de las generaciones venideras; todavía en 1940, Nemirov Danchenko, el director del Teatro de Arte hablaba de la felicidad que nos espera en el porvenir, ¿A quién hoy se le ocurre pensar en el futuro con optimismo? cuando ya no es tan sólo una civilización que amenaza terminar, sino una especie: la humana.

Quizá... Quizá, pienso, que para recuperar a nuestro Chéjov de antaño, habría que cambiarlo levemente modernizarlo un poco. A menudo la excesiva fidelidad a los originales, es la manera más infalible de traicionar un texto.