FICHA TÉCNICA



Título obra La muerte de un viajante

Autoría Arthur Miller

Dirección Ignacio Retes

Elenco Aarón Hernán, Charito Granados, Fernando Balzaretti, Leonardo Daniel, Abal Woolrich, Eugenio Cobo

Escenografía Félida Medina

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. La muerte de un viajante”, en El Día,29 julio 1977, p. 28.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

La muerte de un viajante

Malkah Rabell

Sigue vigente la obra de Arthur Miller, La muerte de un viajante que escribió hace más o menos unos 30 años. Y sigue vigente su protagonista, Willy Loman. Un personaje perfectamente individualizado, a la vez que símbolo de toda una clase social. La clase media norteamericana que vive soñando que es el producto del mejor de los mundos, producto y parte de una sociedad privilegiada, en el más generoso de los países. Un país donde todo el mundo sueña en ser el primero. Un país donde todo es mentira. Donde se ocultan los fracasos y las miserias individuales como la peor de las vergüenzas. Para los europeos los Estados Unidos fue siempre el país del bluf, y a los turistas que volvían de paseo a sus antiguos lares, sus compatriotas solían designar con el mote de "'blufistas norteamericanos" Este bluf de la vida en el vecino país del Norte, Arthur Miller trata de desentrañar su consistencia y mostrar el otro lado de la moneda, su otra cara. El rostro de la tragedia de un hombre insignificante, obligado por su ambiente a inventarse una personalidad de la cual carece, a inventarse unos éxitos que nunca tuvo. Tiene que presentarse ante su mujer y sus hijos, y ante sus amigos y clientes, como el vencedor; como el número uno aunque sólo sea en el reducido círculo de su oficio de vendedor viajante. Termina por creerse parte de un negocio importante del cual sólo es una tuerca, un insignificante tornillo que se arroja cuando deja de servir. Uno de sus hijos sigue el ejemplo paterno del autoengaño. El otro trata de escapar, de encontrar otros horizontes, de descubrir otra vida, al aire libre, de trabajo físico. Y sólo descubre la cárcel.

Y Willy Loman envejece, y se da cuenta por fin que su vida no valió nada. Que más vale un hombre muerto que uno vivo, que toda su vida ha pagado el seguro. Así como durante 25 años ha pagado su casita y su heladera eléctrica, y todos esos bienes materiales en su derredor. Se da cuenta que en su casita no llega el sol porque altas construcciones de cemento la rodean y en su jardín ya nada puede crecer. Y Willy Loman víctima de una sociedad que vive de ilusiones y de valores materiales, elige la muerte.

Por primera vez no estoy de acuerdo con la interpretación que Félida medina dio a su escenografía. Demasiado gris, da excesivamente la impresión de pobreza, cuando la pobreza de Willy Loman es moral. Como todos de su clase social en su país, tiene bienes materiales, aunque pagados en abonos, cuya posesión le cuesta la vida.

Drama individual, es también simbólico hasta en el título: Muerte de un viajante, porque todos somos viajantes de paso por la tierra. Pese a su realismo la obra introduce elementos fantásticos, como la aparición de un hermano muerto, quien para Loman fue el símbolo del triunfo.

El director de escena, Ignacio Retes, eligió para el protagonista al actor más indicado, Aarón Hernán. Actor de carácter, así como en Los hijos de Sánchez supo crear una silueta de hombre agobiado por la miseria material, en un país pobre, ahora, en La muerte de un viajante, con mucha comprensión y ductilidad crea la silueta de un hombre al borde de la locura, agobiado por males que vienen de regiones interiores.

En el papel de la esposa, Linda, Charito Granados realizó una interpretación muy emotiva, una de esas compañeras de toda la vida, que siente por el marido un cariño de madre, tal vez más hondo que por sus hijos, porque en su sentimiento por el hombre fracasado interviene la piedad. Personaje que supo expresar con desgarradora humanidad.

Igualmente excelentes en los papeles de los dos hijos fueron Fernando Balzareti y Leonardo Daniel. Sobre todo el primero supo encontrar el tono justo de un joven de temperamento violento. Hasta los papeles secundarios fueron realizados con verdad y emoción. Muy natural en su tono y en su presencia el joven Abal Woolrich en un papel de amigo de los hijos. Asimismo fue natural y simpático Eugenio Cobo en el papel de Charley, vecino de Loman.

Para quienes esta hermosa obra se hacía un "melodramón" (y éstos no faltaron), es cuestión de analizar la expresión, melodrama. Y aquí nos falta lugar para ello. [Párrafo errado por la autora, N. del E.]