FICHA TÉCNICA



Título obra Olímpica

Autoría Héctor Azar

Dirección Juan Ibáñez

Elenco Ignacio Sotelo, Gastón Melo, Jesús Calderón, Marta Zavaleta, Leticia Gómez Rivera, Virgilio Leos, Gilberto Pérez Gallardo, Rosa Furman, Magda Vizcaíno, Beatriz Baz, Humberto Enríquez, Marisela Olvera, Fernando Delié, María del Carmen Farías

Escenografía Benjamín Villanueva

Notas de escenografía Dieter Gratwhol / fotografía

Música Mariano Ballesté

Vestuario Benjamín Villanueva

Grupos y compañías Compañía de Teatro Universitario

Espacios teatrales Teatro de la Universidad

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Olímpica”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 20 diciembre 1964, p. 4.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Olímpica

Mara Reyes

Olímpica. Teatro de la Universidad. Autor, Héctor Azar. Dirección, Juan Ibáñez. Escenografía y vestuario, Benjamín Villanueva. Fotografía, Dieter Gratwhol. Música, Mariano Ballesté. Reparto: Compañía de Teatro Universitario.

Desde sus primeras obras Héctor Azar se ha revelado como un escritor que se nutre de lo popular, de la tradición, de las circunstancias de vida netamente mexicanas. Toma del manantial no sólo lo que brota en la superficie, sino que se interna por los túneles del alma humana, encuentra las raíces de la conducta y orgulloso las hace aflorar, mostrándolas a los cuatro vientos. Olímpica no es una excepción en su dramaturgia, por lo contrario, es una reafirmación de esa su raigambre mexicana. Se trata de una obra, producto del ambiente de nuestra capital, en la que Azar no se conforma con el retrato costumbrista, ni con la simple interpretación de una realidad tantas veces convencional, el autor investiga en el interior humano, busca y rebusca en la casualidad de las frustraciones del hombre. Universaliza los problemas de determinadas clases sociales, así como de una y otra etapas de la vida, recurriendo a una especie de paráfrasis de los mitos de la antigua Grecia, sólo que actualizándolos y llegando a conclusiones como la de que en el trasfondo de todo ser humano –sea un mendigo, una solterona, un policía, un borracho–, se encuentra siempre un hálito de poesía que puede ser expresado o no, que puede quedar quizá oculto para siempre pero que no por eso es inexistente.

Sitúa la acción en esa plazuela llena de contradicciones, de paradojas, que se encuentra frente a la Alameda Central. Plazuela cruzada por niños –llevados en brazos por sus madres para ser bautizados en la iglesia de la Santa Veracruz, por mendigos y enfermos qua se encaminan a la iglesia de San Juan de Dios, por jóvenes y solteronas qua van en la misma dirección pues en dicha iglesia se venera también a San Antonio; por prostitutas que llegan al Hospital de la Mujer o al hotel del callejón; por borrachos que salen del restaurante cantina “El Paraíso” y por último por las dolorosas que se acercan a comprar coronas para los muertos (venta que se suprimió hace unos años). Todas las edades están ahí representadas... y todas las moralidades. Ahí sitúa Azar la vecindad con sus personajes característicos: la partera, la costurera, la bordadora, la inválida dueña del viejo edificio, la profesora, el “poeta”, y en la calle, los mendigos, las ociosas que a modo de coro griego –y hasta con nombres como Tiresias y Fedra– dan color a la plaza, comentan la acción, sufren no sólo sus dolores, sino los ajenos, auguran y consuelan, advierten los peligros, husmean por adelantado la tragedia y como en el coro griego, no pueden nada contra la fatalidad.

Hacer un análisis exhaustivo de cada personaje –que son muchos– sería salirse de los límites periodísticos ya que cada uno de ellos expone su personal forma de ver la vida. Cada personaje tiene ilusiones, frustraciones, ambiciones, “complejos” bien definidos y determinados. Y todos dentro de su pequeñez, tienen una grandeza lírica que los hace ser personajes de tres dimensiones, tanto en lo físico como en lo espiritual.

Muy digna de reconocimiento es la dirección de Juan Ibáñez que con este trabajo reafirma sus cualidades de realizador escénico que sabe penetrar en lo más profundo de las implicaciones sicológicas de los personajes.

El aplauso para la escenografía –barroca como la propia plaza donde se sitúa la acción– y para el vestuario debe prodigársele a Benjamín Villanueva, que supo hacer una mezcla entre lo irreal y lo real y balancear el naturalismo de las fotografías con las imágenes casi oníricas de los dibujos.

Los atridas, interpretados por Ignacio Sotelo –en el papel de Tiresias–, Gastón Melo y Jesús Calderón realizan conjuntamente con Marta Zavaleta y Leticia Gómez Rivera una muy buena interpretación. Su trabajo es excelente.

En verdad, lo mismo Virgilio Leos, que Gilberto Pérez Gallardo, Rosa Furman que Magda Vizcaíno, Beatriz Baz que Humberto Enríquez, Marisela Olvera que Fernando Delié y María del Carmen Farías que el resto de los actores, vuelcan en sus respectivos papeles toda su capacidad de sentir, de emocionarse, de vibrar, de sufrir, de gozar, hasta conseguir dar vida propia a sus respectivos personajes.