FICHA TÉCNICA



Título obra Un joven drama

Autoría Fernando Sánchez Mayans

Dirección Óscar Ledesma

Elenco Virginia Gutiérrez, Alfonso Meza

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Julio Jiménez Rueda

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Un joven drama y Un fénix demasiado frecuente”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 6 marzo 1966, p. 3.




Título obra Un fénix demasiado frecuente

Autoría Christopher Fry

Dirección Óscar Ledesma

Elenco Marta Galindo, Virginia González, Alfonso Meza

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Julio Jiménez Rueda

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Un joven drama y Un fénix demasiado frecuente”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 6 marzo 1966, p. 3.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Un joven drama y Un fénix demasiado frecuente

Mara Reyes

Teatro Jiménez Rueda. Dirección, Oscar Ledesma. Escenografía, David Antón. Un joven drama. Autor, Fernando Sánchez Mayans. Reparto: Virginia Gutiérrez y Alfonso Meza. (Un fénix demasiado frecuente). Autor, Christopher Fry. Reparto: Marta Galindo, Virginia González y Alfonso Meza.

Un joven drama. Fernando Sánchez Mayans, en esta su tercera obra, se aventura fuera de los estrictos límites del realismo y nos presenta un drama configurado en dos planos: real y suprarreal.

La estructura de la obra llama la atención por la perfecta simetría de su trazo, una simetría conseguida a base de un paralelismo parcial. Encontramos por una parte, la vida de una prostituta, deslizándose tranquila sobre una capa superficial de la realidad. Y por otro, la vida de un escritor que se dirige decididamente hacia la irrealidad. Del encuentro de ambos viene el quiebre de sus vidas, para continuar ya no en el plano real, sino irreal. Vemos que en Luz, el suceso [que] cambia su vida es ajeno a ella, es externo; no así el de Carlos, quien actúa por una fuerza que emana de una necesidad interior de favorecer la creación artística, sacrificando la vida real de una mujer, sólo que al cometer su crimen, su creación lo convierte también a él en personaje. Ni Luz ni Carlos podrán volver al plano de la realidad del que han salido, ella, porque su propia muerte se lo impide, él, porque ha traspasado la barrera de la realidad, su trayectoria se dirige verticalmente hacia los planos más profundos de la irrealidad.

La dirección de Oscar Ledesma está plenamente conseguida en el plano de la realidad, pero quizá le faltó acentuar la sugerencia del plano suprarreal. Plano al que favorecen en cambio esos gigantescos retratos masculinos que adornan la casa del amor falaz, de la escenografía, un tanto impresionista, de David Antón, y que no está igualmente logrado en la acción, lo que podría traer como consecuencia que el espectador poco avezado, tomara la obra como el simple relato de un crimen, cometido por un enajenado, cosa que desvirtuaría la clara intención subjetivista del autor. Es posible que la culpa de esto no sea del director, sino de Alfonso Meza, quien encarna el papel de Carlos y que, a pesar de que se descubre como un futuro actor de muchas posibilidades, todavía no domina su técnica, por lo que sus medios expresivos no responden siempre al fin que se propone alcanzar.

Virginia Gutiérrez acertó plenamente en la composición de su personaje, es una actriz que tiene todo lo que hace falta para serlo y que sabe aprovecharlo y proyectar el mundo interior de cada personaje que interpreta.

Volviendo a David Antón, es necesario recalcar que se trata de una de las más bellas, sugerentes y eficaces escenografías con que los escenarios de nuestra capital se han “vestido” últimamente.

Un fénix demasiado frecuente. Una constante en Christopher Fry, es el símbolo del “Fénix”, esa ave que muere en la hoguera y resucita en sus cenizas, aunque en otras de sus obras no se exprese con el mismo nombre el mismo símbolo [sic]. Una de sus preocupaciones es la de destacar cómo la vida contiene una energía y un vigor tales en el hombre, que éste puede resucitar de entre sus propios escombros. Tal es el contenido latente y manifiesto de esta obra, en la que se mezcla a este aserto filosófico, una gran dosis de ironía, al presentar a una viuda que, en trance de seguir al esposo a la tumba, por su propia voluntad, en ella descubre un nuevo objeto para su amor y renace a la vida, gracias al cuerpo inerte del esposo que le sirve para que su nuevo amor no sea ajusticiado por una ley severa.

La belleza del lenguaje, la paradójica composición de las situaciones, la exquisitez de su sátira, hacen de esta pieza un arquetipo del teatro poético satírico de nuestro tiempo.

Con la dirección escénica de esta obra Oscar Ledesma se gana el aplauso. Su montaje no padece carencia ni sobra de nada. Hay equilibrio de elementos. Sabe dar el matiz de farsa a los momentos “trágicos” y el toque macabro a los de “felicidad”. Ledesma consiguió una atmósfera en la que la poesía se mueve con toda naturalidad sobre la escena, en la que los actores van dibujando, en medio de un juego de contraposiciones, un cuadro en el que la vida es la figura, y la muerte, el fondo del que aquélla resalta.

La actuación de Marta Ofelia Galindo constituyó una sorpresa. Nunca antes había tenido oportunidad de ver en la escena a esta joven actriz y su trabajo no me pareció el de la aprendiza que promete, sino el de quien, después de una formación rigurosa, presenta la consecución de un estudio. Su personaje está hecho, vivo, no en formación. Y eso, para mí, es una revelación. Sus dotes para la farsa se ponen de manifiesto a lo largo de toda la obra. Con otro género de comicidad, dada más en cuenta gotas, porque así lo requería su papel, interpreta Virginia Gutiérrez su personaje de Dynámene, al que da las proporciones precisas de dolor, ternura y picardía, en suma, su exacta dimensión.

Si en la obra de Sánchez Mayans, Alfonso Meza no pudo conseguir toda la profundidad que un personaje lleno de implicaciones de orden subjetivo, le exigía, en cambio, en el soldado Tegeo Chromis, se encontró completamente a sus anchas. Había mucha soltura en su actitud, matiz en su discurso, finura en su expresión. Su técnica susceptible de perfeccionamiento, fue suficiente para permitirle la correcta interpretación de este personaje que por ser más simple en su corte se hallaba dentro del campo de sus posibilidades y no fuera de él.

La escenografía de esta comedia poética, también de David Antón, fue resuelta a base de proyecciones de carácter expresionista, de muy buen gusto.