FICHA TÉCNICA



Título obra Troilo y Crésida

Autoría William Shakespeare

Notas de autoría Luisa Josefina Hernández / asesoría literaria; Emilio Carballido / revisión del texto; Jorge Alberto Manrique / investigación histórica y sociológica

Dirección Dagoberto Guillaumin

Elenco Juan Manuel Díaz, Mauricio Davison

Escenografía Jorge López Aguado y Félida Medina

Notas de escenografía Arnold Belkin / supervisión de producción

Notas de coreografía Carlos Gaona / asesoría coreográfica

Notas de Música Leonardo Velázquez / asesoría musical

Vestuario Jorge López Aguado y Félida Medina

Grupos y compañías Centro de Experimentación Teatral

Espacios teatrales Teatro Comonfort

Eventos Inauguración del Teatro Comonfort y del Centro de Experimentación Teatral

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 7 noviembre 1965, pp. 4 y ?.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO 2

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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Troilo y Crésida

Mara Reyes

Teatro Comonfort. Autor, William Shakespeare. Dirección, Dagoberto Guillaumin. Escenografía y vestuario, Jorge López Aguado y Félida medina. Grupo: Centro de Experimentación Teatral.

Se ha estrenado el Teatro Comonfort, primer local del INBA que se destinará exclusivamente al arte teatral, con la puesta en escena de Troilo y Crésida de Shakespeare, representación de la que me declaro incompetente para hablar por dos razones: la primera, que escuché la mitad de los diálogos durante las tres horas que permanecí en la sala; la segunda, que el viento helado que corría por el interior me obligó a abandonar el teatro antes de que se iniciara el tercer acto (quinto en el original). Pero lo que presencié sí me permitió apreciar las deficiencias de la nueva sala –un cine reacondicionado–, se trata de un galerón no sólo frío e inhóspito, sino totalmente antifuncional. Es factible predecir lo difícil que será el éxito de cualquier espectáculo en este nuevo teatro.

La pésima acústica mata cualquier intento de matiz en la voz que o bien se oye apagada o resuena y empasta las palabras haciéndolas confusas. El proscenio, infiltrado en la sala, en lugar de facilitar el movimiento lo entorpece. Los letreros de “no fumar” de las salidas de emergencia teatrales, quedan junto a la cabeza de los actores como una burla al espectáculo. No es posible ni el ilusionismo, ni la magia, con tales letreros. Es un teatro pues, que carece de lo más indispensable: visibilidad y acústica. Más le valdría al actual director del INBA, señor José Luis Martínez, derrumbar dicho local y en el mismo terreno –que es lo más valioso por el punto en que se encuentra que permite la afluencia de numeroso público–, construir un verdadero teatro.

Es lamentable que tantos esfuerzos sean estériles, ya que fue una obra que se preparó casi durante ocho meses y en la que trabajó entusiastamente todo el equipo de personas que han demostrado muchas veces su capacidad. Dagoberto Guillaumin, el director, llamó a colaborar con él a diferentes asesores técnicos: a Luisa Josefina Hernández, para la investigación literaria, a Emilio Carballido para la revisión del texto; a Jorge Alberto Manrique para la investigación histórica y sociológica; a María Douglas para que instruyera en dicción a los actores; a Leonardo Velázquez para la música; a Carlos Gaona para la coreografía, al pintor Arnold Belkin para que supervisara la producción, etc.

Guillaumin decidió trasponer la época del vestuario y en lugar de ataviar a los actores con los trajes propios de griegos y troyanos, lo hizo con uniformes militares y vestidos de noche actuales, con el objeto sin duda, de hacer resaltar el mensaje pacifista que la obra contiene, vigente en todas las épocas y en la nuestra más que en otras.

De entre los actores sobresale Juan Manuel Díaz que desempeña el papel de Ulises. En general se advierte que todos los actores, jóvenes en formación (la mayoría de ellos se prepara en la Escuela de Arte Teatral del INBA), ponen lo mejor de ellos mismos para sacar adelante sus respectivos papeles. Sería injusto, por las condiciones adversas en que se realizó la representación, tratar de desprender de ella las virtudes o defectos de cada actor, ya que en otras circunstancias el resultado podría haber sido diferente. Sólo de uno de los actores me atrevo a mencionar que descubre un “vicio teatral” en ciernes. Mauricio Davison, cuya manera de hablar, grandilocuente y llorona, puede convertirse fácilmente en un defecto que una vez arraigado le será imposible corregir.

Es una lástima que el primer esfuerzo del Centro de Experimentación Teatral (que es el primero de tres centros: el de Teatro Clásico y el de la Vanguardia Teatral), [columnas añadidas a partir del original de la autora] [p. 5] que es uno de tantos empeños del dinámico Héctor Azar, no haya tenido la coronación del éxito que todos deseábamos. Sería interesante verificar la impresión que produce el montaje de esta obra en otro teatro más propicio a la experiencia artística.