FICHA TÉCNICA



Título obra Hay que enterrarlo parado

Autoría Gerard Paz, Francisco del Toro

Elenco Rafael Inclán

Escenografía Félida Medina

Espacios teatrales Teatro Principal

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Entre niños y adultos” en El Día, 02 febrero 1983, p. 26




Título obra El dedal mágico

Autoría Loris Salache

Dirección María Luisa Medina

Elenco Álvaro Tarcicio, Cristina Castillo

Grupos y compañías Compañía de teatro Urueta

Espacios teatrales Teatro Jesús Urueta

Referencia Malkah Rabell, “Se alza el telón. Entre niños y adultos” en El Día, 02 febrero 1983, p. 26




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Día

Columna Se alza el telón

Entre niños y... adultos

Malkah Rabell

Natural que los niños sean los espectadores más asiduos de una representación infantil como El dedal mágico, que presencié el domingo 23 de enero. Pero ¿será igualmente natural que "Adultos" –así con mayúscula– auténticos adultos presencien, aplaudan y se rían a carcajadas de un espectáculo llamado Hay que enterrarlo parado, que actualmente se presenta en el teatro Principal (ya definitivamente desprestigiado), y que tuve la desgracia de ver el domingo 30 del mismo mes? He visto muchas obras malas en el transcurso del año pasado en el género que dan en llamar vaudevilesco, y otros nombran "carpero", pero nada semejante a este "Enterrado" desde La pulquería. En este género a menudo se encuentran actores que conocen su oficio y podría en otra clase de papeles demostrar toda su capacidad. Como Alberto Rojas "El Caballo"; Polo Ortín, o Kippy Casado. Aquí no hay nada de tal. Ninguno es actor. La estrella del espectáculo es un señor llamado Rafael Inclán, que, según parece, es un cómico muy popular en el cine y en la televisión (nunca lo vi, gracias a Dios, o por lo menos no lo recuerdo), quien se dedica a hablar como un molino a viento y decir puras leperadas (como me lo explicó una señora muy amable sentada a mi lado y que tampoco se reía). Como hablaba tan de prisa no logré captar ningún chiste. En esta farsa –para llamarla de algún modo– de Gerard Paz y Francisco del Toro, había una graciosa ocurrencia. Al propio Rafael Inclán, le daba la oportunidad de representar dos papeles, de hermanos muy parecidos. Pero el actor cambió de traje y siguió hablando como un molino a viento, esta vez con acento cubano, de un cubano que llega directamente de los Estados Unidos. Su personaje seguía siendo igualito, igualito al otro, el hermano borracho que los vecinos adoraban como a un "ídolo", sin cambios interiores o por lo menos exteriores.

En cuanto al ambiente popular de la farsa, colocado en un vecindario de México, "quien sabe cuando", y que el Güero Castro considera "una verdadera joya de la literatura mexicana", sólo me parece una deformación caricaturesca de la vida del pueblo mexicano, sin llegar a mayores honduras, sin esa gracia popular que puede dentro de lo cómico sugerir lo trágico, con las dificultades y los problemas del pueblo que sabe reír de sus propios males.

Lo único que llamó la atención en esta representación, es la escenografía que, sorpresivamente pertenece a Félida medina, y le queda realmente grande a semejante "Enterrado".

La obrita infantil, El dedal mágico, que me tocó ver la semana anterior, fue en el minúsculo teatro Jesús Urueta, el cual, por más reducido que fuera su cupo no llegaba a llenarse. Luego los entendidos se quejan de la falta de repertorio infantil en la capital. A decir verdad, esta obrita de Loris Salache, nada tenía de extraordinario. Puesta en escena por la Compañía "de teatro Urueta" (¿recuerdan a esos jóvenes actores que se iniciaron en la misma sala con Hedda Gabler de Ibsen? son ellos), que busca toda clase de experimentos: clásicos, modernos o infantiles, usa, y a veces abusa, de morcillas locales y políticas que pueden divertir a los papás, pero muy poco a los niños. Y creo que había más papás en la sala que niños. Ha sido dirigida por María Luisa, que imagino es María Luisa medina, la Hedda Gabler –excelente– del drama ibseniano. A "María Luisa" aún le falta la experiencia en los dos campos tanto en el directivo como en el infantil.

De todo el grupo de actores, todos adultos, sólo dos me resultaban conocidos, y me alegré de volver a reencontrarlos en el escenario: Álvaro Tarcicio, el juez de Hedda Gabler y Cristina del Castillo, la Sra. Elvster de la misma obra. Aquí, el primero hacía un servidor de los reyes, y Cristina Castillo era la princesa, hija de los mismos monarcas. Ambos muy agradables físicamente, pero sin ninguna posibilidad de lucirse, aunque lo tomaban muy en serio y hacían todo lo que podían. Se ve que el espectáculo ha sido realizado con mucho cariño para el espectador infantil, pero con pocos conocimientos en tal género, y éste no deja de ser muy difícil, aunque parezca lo contrario.

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Reestreno de Orinoco

Tanto como hemos esperado la reposición de la bella comedia de Emilio Carballido, Orinoco, para poder admirarla en un teatro más céntrico y agradable que el Comonfort, donde ocupó el escenario durante muchos meses. Y cuando por fin nuestro sueño se hace realidad, resulta que no todo es color de rosa.

Actualmente, reestrenada la obra por la compañía de "El Instituto Mexicano del Seguro Social", en el teatro Reforma, el foro de este último se hace demasiado reducido e incómodo para la escenografía creada por Ernesto Bautista para un escenario más amplio y para otro sistema de luces, para una iluminación más rica en colores. En su nuevo contexto la escenografía perdió mucho de su belleza original. Ya no poseía la sugestión inicial este barquichuelo de mala muerte, estilizado como si fuera encerrado en un torso humano, uniendo así simbólicamente el destino del hombre con el destino de un barco. Una embarcación que navega por el amplio Orinoco y lleva como pasajeras, según dice el "Diario de a Bordo", a "dos putas"; que una mañana espléndida en pleno río, al levantarse, se encuentran solas, absolutamente solas. La tripulación había misteriorsamente desaparecido.

Y aquí, a la vez que se inicia el drama de las dos protagonistas, también empieza el drama de la puesta en escena. Para quienes hemos visto y gozado a Orinoco en su primera versión, con sus dos intérpretes Gemma Cuervo y María Luisa Merlo, que lograron constituir una mancuerna chispeante de temperamento y gracia, la reposición se resintió mucho del cambio de pareja, que pone en lugar de María Luisa Merlo a Rosa María Moreno. Esta última, excelente actriz, a quien desde mucho no tenemos la oportunidad de ver en el teatro, ocupada, según parece en la televisión, tenía en la época de su brillantez artística, un don especial para la comedia, y una gracia igualmente muy personal para crear personajes extravagantes. Mas, para el papel de Mina en Orinoco es físicamente inapropiada. Cierto que tratase de una mujer envejecida para su oficio de cabaretera, pero la actriz misma ha de tener toda la vitalidad necesaria para bailar, cantar y sostener un constante diálogo temperamental con su compañera. Esta vitalidad física le falta ya a Rosa María Moreno, quien ni canta, ni baila, y sobre todo usa un tono tan bajo que la mitad de sus diálogos se han perdido. En lugar de parecer una cabaretera va cansada, da la impresión de una gran dama venida a menos, siempre a punto de desmayarse. Todo ello dio como resultado que la otra mitad de la mancuerna, Gemma Cuervo, para mantener el interés del público y el "calor" del escenario, para alzar el tono general de sus escenas, tuvo que sobreactuar como para rellenar los huecos. Desde luego, con ello es espectáculo perdió mucho.

No me gusta hacer comparaciones. Ni es ético hacerlas. Pero sí repito de que María Luisa Merlo estaba más apropiada para el papel de Mina, es porque no puedo estar de acuerdo en que una actriz huésped abandone una compañía donde se valoraba su capacidad artística y donde la necesitaban, para dedicarse a una estúpida y frívola comedia de teatro comercial, donde sólo ganan sus intereses monetarios. Después los actores se muestran furiosos porque la crítica toma más en consideración la dedicación al buen teatro. Ojalá lo hicieran todos. Lamentablemente también entre esos "villanos" de la crítica los hay –y muchos– cuyos corazoncitos están al lado del más frívolo de los teatros comerciales.

En cuanto a la obra, dice su autor Emilio Carballido: "...Orinoco fue escrito en Venezuela, está dedicada a una actriz venezolana: no se pretende exactamente que sus dos personajes sean venezolanos. Su lenguaje fue corregido por un dramaturgo de allá, el cual no lo encontró inepto, y cambió rigurosamente 14 palabras. A él mi gratitud, es Roman Chalbaud".

Y así, con sus 14 palabras cambiadas, la comedia de nuestro mejor comediógrafo se halla tan a sus anchas en México como en Venezuela, sin ningún tono falso, aunque uno de sus personajes hable con acento español y el otro a la mexicana. También está a sus anchas. el director, Julio Castillo, que le da el tono justo a esa tierna historia de dos mujeres que son como dos símbolos: uno del optimismo y de la alegría de vivir, que siempre y en todas partes ante las peores desgracias alza la cabeza y valientemente espera días más hermosos. ¡Aún más hermosos!; y el otro, el del pesimismo, siempre convencido de las peores catástrofes, interpretando con los colores más oscuros todos los sucesos de la vida. Si algo me pareció exagerado en la puesta en escena, es tanto cambio de trajes extravagantes, típicos de dos "artistas" ambulantes que se dirigen a un campo petrolero para actuar en su prostíbulo. Con uno o dos cambios hubiese sido suficiente; en tanto resulta muy sugestiva la música de fondo de esta bella, tierna y humana comedia.