FICHA TÉCNICA



Título obra Una gota de miel

Autoría Shelagh Delaney

Notas de autoría Jesús Cárdenas y Carlos Rafael Sillé / traducción

Dirección Xavier Rojas

Elenco Berta Moss, Jacqueline Andere, Luis Bayardo, Carlos Nieto, Carlos Rafael Sillé

Escenografía Jorge Contreras

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Una gota de miel”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 13 mayo 1962, p. 3.




Título obra Las brujas de Salem

Notas de Título El crisol (título original)

Autoría Arthur Miller

Notas de autoría Marcel Aymé / adaptación francesa; Luisa Josefina Hernández y Emilio Carballido / traducción

Dirección Dolores Bravo de Serret (Lola Bravo)

Elenco Rogelio Quiroga, Raúl Zermeño, Leticia Gómez, Ignacio Montero, Liza Willert, Teresa de la Fuente, Aura Rivas, Julia Marichal, Vicente Cabello

Escenografía David Antón

Vestuario Antonio López Mancera

Grupos y compañías Compañía de Teatro Popular del INBA

Espacios teatrales Teatro Nuevo Ideal

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Una gota de miel”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 13 mayo 1962, p. 3.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Una gota de miel

Mara Reyes

Una gota de miel. Teatro del Granero. Autora, Shelagh Delaney. Traducción, Jesús Cárdenas y Carlos Rafael Sillé. Dirección, Xavier Rojas. Escenografía, Arquitecto Jorge Contreras. Reparto: Berta Moss, Jacqueline Andere, Luis Bayardo, Carlos Nieto y Carlos Rafael Sillé.

Esta obra, la primera de la joven de veintidós años que es Shelagh Delaney –y escrita a los dieciocho– fue bien recibida por la crítica europea y hay motivo para ello, dadas sus cualidades dramáticas.

La autora nos muestra las vidas de una mujer –Helena– y de su hija adolescente, ligadas por el vínculo sanguíneo y sobre todo por un afecto ambivalente. Son como dos polos imantados que por un lado se repelen y por otro se atraen. Cada una es independiente y a la vez dependiente de la otra. La hija, como una segunda Helena, va repitiendo la vida de la madre en otro nivel.

En el primer acto la autora toma en primer plano la figura materna que va viviendo su vida en línea ascendente y la abandona al llegar a su clímax para fijar en el segundo acto toda la atención en la hija que va viviendo como en una paralela –en relación a la madre– su primera experiencia emocional. No es una casualidad que Josephine se encuentre sola por vez primera en el momento decisivo de su vida: el parto; pues al fin se convertirá en mujer, por sí misma, sin que intervenga en ese momento ni el afecto y resentimiento hacia la madre, ni ningún otro afecto. Ella está sola consigo misma en su gran hora. Es el momento en que la autora acota: “Ella ha encontrado el sabor de miel de la vida”. Ni es tampoco casualidad que la obra termine en el momento en que se cierra este ciclo intermedio en una gran cadena de ciclos, pues otro se abre al dar fin la obra, pero se adivina que continuarán cerrándose y abriéndose otros nuevos hasta el infinito.

Los hombres que pasan por la vida de ambas, son incidentales, están destinados desde un principio a sólo dejar huella sin que puedan pervivir como ligas afectivas.

En cuanto a la puesta en escena, Xavier Rojas anótase un triunfo más a su favor. La utilización del trío de jazz que pide la autora no viene al caso en absoluto, ni por necesidades intrínsecas de la obra, ni para dar ambiente. Tal conjunto más que servir al espectáculo distrae, pues no tiene una función fundamental y es una de las leyes del teatro que todo aquello que no tenga un motivo justificado en la escena debe extirparse como un tumor. Pero fuera de este inconveniente, la dirección de Xavier Rojas se desenvolvió con justeza, con convencimiento. Supo llevar con toda precisión el planteamiento cíclico de la pieza y plasmar las situaciones en los niveles más realistas –requerimiento de este tipo de teatro.

Desde Jezabel de Anouilh –obra prohibida por la censura el mismo día de su estreno, hecho que hizo dar a José de Jesús Aceves un paso definitivo hacia su aniquilamiento– desde Jezabel decíamos, no habíamos vuelto a ver a Berta Moss en un papel tan ad hoc a su personalidad. La compleja Helena se hace comprensible, se capta a través de un gesto, de una sonrisa, de una actitud.

Jaqueline Andere puso en juego toda una gama de matices y puede adivinarse en ella a una actriz que iluminará nuestros escenarios, a menos que, como una vela, se derrita al calor del fuego fatuo de la pantalla cinematográfica.

Sobresale especialmente Luis Bayardo en un papel de grandes dificultades al que dio vida con equilibrio y sobriedad. Su personaje era un arma de dos filos que al menor descuido podía haberlo ensartado y Bayardo supo encontrar en todo momento la actitud precisa.

A Carlos Nieto, a pesar de que su actuación fue digna, no acaba de borrársele cierto dejo de principiante que le resta calidad a su interpretación. Carlos Rafael Sillé, evidentemente da sus primeros pasos en el terreno teatral, pero lo hace con decoro.

Digna de mención es la traducción, pues tratándose de un lenguaje lleno de modismos, los traductores supieron encontrar las analogías correspondientes a nuestro idioma y a nuestro país, lo que hace que el diálogo logre su cometido al producir el impacto necesario en el espectador.

Correcta la escenografía. En suma, una obra, que aun cuando pueda tener imperfecciones produce una emoción. En pro o en contra, eso no importa.

Las brujas de Salem. Teatro Nuevo Ideal. Autor, Arthur Miller. Traducción, Luisa Josefina Hernández y Emilio Carballido. Dirección, Lola Bravo. Escenografía, David Antón. Vestuario, Antonio López Mancera. Reparto: Compañía de Teatro Popular de Bellas Artes.

El crisol, conocida en México primero como Prueba de fuego en la dirección que hizo de la obra Seki Sano en 1954 y ahora como Las brujas de Salem (título de la adaptación francesa que hizo Marcel Aymé) está basada en un suceso real, usado como pretexto para hacer un parangón con las persecuciones actuales realizadas so pretexto de los conflictos políticos (lo que entonces se llamaba “brujas” hoy pueden ser “comunistas”). Las brujas de Salem es una obra social, pero entendida como Arthur Miller lo hace: Él afirma que “el drama social de esta generación tiene que realizar algo más que el mero análisis de la situación social y la protesta contra sus imperfecciones. Debe ahondar en la esencia del hombre para descubrir sus verdaderas necesidades. El nuevo dramaturgo social debe ser un sicólogo investigador más profundo que sus antecesores, pero debe saber también cuán inútil sería aislar la vida de un hombre para su tratamiento dramático, pues ello haría imposible para siempre la tragedia.”

Para Arthur Miller sigue latente la pregunta que los griegos trataban de responden en su teatro: “¿Cómo debemos vivir?” No cómo debe vivir un individuo, sino “el hombre de la totalidad humana”. Como el mismo Miller confiesa: “La persecución por brujería fue un perverso testimonio del miedo que se produjo en todas las clases cuando el peso comenzó a desplazarse hacia una mayor libertad individual. Cuando se mira retrospectivamente la perversidad pasada, no cabe sino asombrarse de ella, como algún día se asombrarán de nosotros. Aún hoy es imposible a los hombres ordenar su vida social sin presión, y el equilibrio entre orden y libertad está aún hoy por obtenerse”.

Miller no presenta en su obra héroes sin tacha, seres perfectos perseguidos por monstruos. Sus personajes son hombres que han cometido faltas, imperfectos, que dudan, como John Proctor que antes de aceptar su martirio estaba decidido a claudicar en un afán de aferrarse a la vida, pero que aún dispuesto a llevar a cabo una indignidad, rechaza el que se le convierta en delator, y al fin prefiere morir. Y como el reverendo John Hale, que de acusador llega a dudar de su pretendida verdad y se confiesa defensor de aquellos que antes perseguía.

Se puede abundar más en el profundo significado de esta tragedia de Miller y en su calidad técnica, pero ello sería traspasar los límites periodísticos. Me contento pues con hacer notar que el llevar esta obra a nuestro pueblo –en un teatro accesible y a precios populares– es una labor digna del más caluroso aplauso. Y la propiedad con que ha sido puesta en escena por Lola Bravo y su compañía de Teatro Popular la hacen aún más meritoria.

La dirección de escena tiene aciertos numerosos y sólo en uno que otro detalle cabría la objeción –como el que el reverendo Parrish se suba en una mesa o el que en momentos se hable directamente hacia el público cuando los interlocutores permanecen detrás de aquel que tiene la palabra– pero son tan mínimos estos detalles que no deben siquiera tomarse en cuenta. Lo esencial es que Lola Bravo capta toda la significación de la tragedia y la proyecta en recia forma al espectador.

Rogelio Quiroga y Raúl Zermeño son dos actores de primera categoría que están al servicio del buen teatro. Sobresalen también Leticia Gómez, Ignacio Montero, Liza Willert, Teresa de la Fuente, Aura Rivas, Julia Marichal y Vicente Cabello.

La excelente traducción de Luisa Josefina Hernández y Emilio Carballido y la escenografía extraordinariamente lograda de David Antón, permitieron a Lola Bravo y a los actores desenvolverse mejor, lo que dio por resultado que el espectáculo en el teatro Nuevo Ideal, sea una manifestación altamente artística. Y he aquí que se ha ganado un nuevo teatro para el pueblo.