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   Dentro de la reducida producción teatral de Jean Paul Sartre, se encuentra una obra en un acto más o menos largo que data de la primera época del autor: A puerta cerrada. Ahora se presenta nuevamente en el Teatro Coyoacán en un arreglo de escenas y una dirección de Ludwik Margules.
   La pieza, de corte bastante tradicional, requiere en una acotación previa: “Un salón estilo Segundo Imperio. Sobre la chimenea una figura de bronce”… De tal manera que no nos vamos a dar cuenta de que este lugar es el Infierno, sino hasta que, pasados unos diez o quince minutos de  la obra, uno de los tres personajes se atreve a mencionarlo. Al principio sólo nos enteramos de que primero un hombre  y después dos mujeres son introducidos en la sala por un criado y que, por alguna razón, no les es permitido abandonar el lugar.
   La amable compañía está constituida por un desertor, una infanticida y una lesbiana. Los tres saben de antemano que se van a hacer la vida insoportable y, ¡claro!, se la hacen. La lesbiana quisiera hacer el amor con la infanticida; la infanticida, no obstante su ninfomanía, la desprecia y quisiera hacer el amor con el desertor; el desertor obviamente no quiere hacer el amor con ninguna de las dos e intenta echar a la infanticida en brazos de la lesbiana. Nada de esto resulta ni resultará ad infinitum.
   A primera vista uno quiere deslindar responsabilidades tratando de averiguar el porqué de la presencia de estos tres en el Infierno. Pero uno se encuentra con que el criterio condenatorio es más bien arbitrario. Se encuentra que la lesbiana debió haber sido juzgada por una severísima liga de la decencia y las buenas costumbres; el desertor en cambio por una

Sartre en Coyoacán

Un infierno
tedioso y
demodé

por Héctor Mendoza

corte marcial; la infanticida por un juzgado de orden penal del tipo más común.

   Ante esta falta de la más estricta unidad en el orden condenatorio a juzgar por los hechos mismos, uno piensa que o bien ninguno de los tres dice la verdad al confesar sus pecados a los otros, o bien la causa de la condena responde a otro tipo de juicio que no es el directo y tradicional.
   Puesto que ninguno de los tres tiene una razón evidente para ocultar a los otros el motivo de su presencia irremediable en el Infierno, cabe hacer la suposición de que ignoren absolutamente la verdadera causa condenatoria.
   Esta verdadera causa tendrá que ser o bien la estupidez –los tres son bastante estúpidos–, o bien el exceso de aprensión –los tres pecan también en demasía por este lado y seguramente a consecuencia de lo primero. Si escogemos revisar la estupidez por sí sola habrá que tratar primero de definirla en cada caso, para después intentar un juicio condenatorio general.
   Inés, la lesbiana. Se sabe que la homosexualidad en la mujer –más inclusive

que en el hombre– lleva aparejadas para quien la padece un serie de dificultades sociales. Dificultades debidas al concepto moral establecido. Para aceptar su homosexualidad –Inés la acepta plenamente–, la mujer tendrá que ponerse firme en sus dos pies para poder enfrentar a la sociedad. Sin embargo, Inés parece perder esa fortaleza de pronto. Cuando su primo, a quien le ha robado la mujer, es muerto por un tranvía, va y le dice a su amante que ellas dos lo mataron. La amante consecuentemente abre la llave del gas sin que Inés se dé cuenta y ambas mueren. Es obvio que el único pecado de Inés, moralmente hablando, radica en la seducción de una mujer casada. Resulta, en cambio, más importante el pecado de estupidez en este caso: Inés no debió haber dicho jamás a su amante que el comportamiento de las dos, había matado al marido. Inés, al decir esto, es honesta –lo piensa efectivamente así–, pero también estúpida pues resulta evidente que si ella ha seducido, debería mantenerse en su papel de seductora y seguir ocultando a su amada los horrores de la vida homosexual. Esto viene a ser lo verdaderamente imperdonable en el caso de este personaje.

   Estelle, la infanticida. Es claro que este personaje es el único verdaderamente culpable en un sentido estricto. Estelle ha matado a la pequeña hija producto de su adulterio. Pero, ¿por qué la ha matado? Por estupidez crasa. Estelle no tiene dos dedos de cerebro. Estelle es una mujer centrada en su físico que obra por impulsos del tipo más primario. Que su amante posteriormente se haya volado la tapa de los sesos le es totalmente ajeno, no la toca, no acepta en forma alguna tal responsabilidad, ni siquiera ahora en el Infierno. El hecho de que tema a su amante,

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